Pesadilla

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“Acababa de llegar de Londres. Entré en el comedor y vi a mi anciana tía sentada, trabajando delante de su mesa. La lámpara estaba encendida. Me acerqué a mi tía y le toque el hombro. Profirió un grito ahogado y, al ver que era yo, se levantó, me echó los brazos al cuello y me besó:

—¡Hola, pequeño! —me dijo— ¡Creí que no volvería a verte nunca más! —Lanzó un suspiro y apoyó su vieja cabeza sobre mi pecho—. ¡Estoy tan triste, Willie! Sé que pronto moriré. No volveré a ver el invierno. Hubiera deseado que tu pobre tío se hubiese ido primero a fin de que se hubiera ahorrado el dolor de mi muerte. Las lágrimas brotaron de mis ojos y comenzaron a correr por mis mejillas. Entonces me di cuenta de que había soñado, porque mi tía llevaba ya dos años de muerta y, apenas había reposado en el dulce sueño de la muerte, mi tío se había vuelto a casar”

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 105

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Sueño

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Sentada ante mí con las piernas entreabiertas, columbro la vía para cumplir mi sueño de cosmonauta: arribar a Venus.

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 103

Dos escaleras y un vértice

Primero te veo el torso, semidesnudo, envuelto en algo que parece el “top” de un leotardo. El rostro —tu rostro— no lo veo. Desciendes alejando tu vista de donde ni siquiera sospechas que te admiro. Pienso a la velocidad del deseo. Tu bajas, yo subo, los dos electrónicamente. Pero algo falla, las escaleras se juntan en un vértice que no es ni el tuyo ni el mío, ni mucho menos —ahora lo sé— el nuestro.

Un error de cálculo y ya no te miro. Me dan ganas de seguirte pero me llevas bastante ventaja. Y, además, me vería un poco raro subiendo para bajar inmediatamente.

Me pongo algo triste y pienso que si alguien me preguntara si esto es un cuento yo posiblemente respondería que no, que es tal vez sólo una pequeña desgracia entre las muchas de esta urbe.

Carlos Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 101

Milagro

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Era una ciudad de la tierra, y niño hacía con sus amigos los estériles trabajos de las travesuras. Y así uno y otro día. Una mañana, cansado de los mismos juegos, propuso jugar “Tinguibidoo”. Dos niños juntaron los brazos para formar la silla, y una vez formada, fue Vicente quien se sentó en ella, y precedido de rezos dieron vueltas en torno de un templo imaginario. Pasados los brazos de cansancio, quisieron bajarlo; pero el santo de mentiras ya era verdadero. Convertido en madera, sus carnes estaban rígidas. Desde ese día se le veneró en mi tierra.

Andrés Henestrosa
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 93

José Vasconcelos

José Vasconcelos

José Vasconcelos

(Oaxaca 28/02/1882 – México, D. F. 30/06/1959)

 Fue discípulo de Justo Sierra y formó parte del Ateneo de la Juventud, que en torno a 1910 se enfrentó al positivismo y al dictador Porfirio Díaz, impulsando una corriente crítica y de renovación ideológica y política.

En su Estética, expone su teoría sobre la evolución del universo y la reestructuración de su sustancia cósmica, en los órdenes físico, biológico y humano. Comprometido con el movimiento revolucionario, apoyó a Francisco I. Madero en el Partido Antireeleccionista y más tarde a los presidentes Venustiano Carranza y Álvaro Obregón. Al parecer, Vasconcelos fue quien redactó el lema maderista: “Sufragio efectivo no reelección”.

Ejerció como rector de la Universidad Nacional, a la que convirtió en institución revolucionaria. En 1921 fue nombrado por el presidente Obregón, Secretario de Educación y durante tres años, hasta su enfrentamiento con él y su posterior exilio en Estados Unidos, llevó a cabo ‘una verdadera cruzada nacional’ en favor de la educación popular. Hizo todo lo posible para impulsar la educación indígena, la rural, la técnica y la urbana; creó redes de bibliotecas, misiones culturales, escuelas normales y Casas de Pueblo, que convirtió en centros educativos básicos. Apoyó la obra de los primeros muralistas y construyó el Estadio Nacional como lugar de espectáculos populares.

En 1925 publicó La raza cósmica, obra en la que se expone algunas de sus reflexiones sobre el indigenismo.

En 1929 regresó a su país como líder de un movimiento político apoyado por las masas que se enfrentaban al callismo dominante. Falló su intento de obtener la presidencia por lo que regresó a su retiro personal. En su obra filosófica se reivindica la intuición emotiva, opuesta a toda forma de intelectualismo y a la que sitúa en la base de su sistema metafísico (Tratado de metafísica, 1929). Entre sus obras destacan: Ulises Criollo (1935), La tormenta (1936), El desastre (1938), y Breve historia de México (1937).

José Vasconcelos falleció el 30 de junio de 1959 en Ciudad de México.

Cargos

9º Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (9 de junio de 1920-12 de octubre de 1921)

1º Secretario de Educación Pública (1921-1924)[1]

El baile

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La sensación del barco era una chilena estupenda recién casada con un yankee buen mozo y grandote; jóvenes los dos, ricos y bellos. Si no me equivoco, fueron más tarde los personajes de un drama que ocupó a la presa de escándalo no sé cuántas semanas. Mató ella al marido en una disputa y el juez la interrogó en la audiencia pública:

—Dice Ud. que la noche anterior al crimen se hallaba ya muy preocupada; sin embargo, hay testigos de que esa noche la pasó Ud. bailando…

—Señor Juez; no bailó con la cabeza sino con los pies—, contestó la chilena.

José Vasconcelos
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 89

Mentalizado

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Un yoga tenía que ir a algún sitio y no teniendo dinero le preguntó al jefe de la estación si podría ir gratis. El jefe de estación se negó y el yoga se sentó en el andén. A la hora de salir, el tren no pudo arrancar. Se creyó entre la locomotora tenía algo y enviaron a buscar mecánicos que hicieron cuando pudieron, pero el tren no arrancaba. Finalmente, el jefe de la estación les habló del yoga a los empleados. Se le rogó que subiera al tren y éste arrancó en el acto.

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 91

Asalto de película

No intentes ningún truco —dijo— y desde ahí conocí que esto se estaba desarrollando en una forma demasiado familiar. Sonreí, por un momento no supe qué decir y evoqué escenas de películas. Pensé que en casos como estos sólo saben dos tipos de reacciones.

Me explicaré, uno en su papel de asaltado (porque esto es un asalto) puede estarse quieto o rebelarse. Esto, de acuerdo al tipo al que pertenezca el objeto del atraco; héroe o cobarde. El héroe finge, aguanta quieto —un poco solamente— y de repente zas, patada a la pistola —o cuchillo dependiendo del caso—, rodillazo en la panza —ayy— y un golpe de canto en la parte superior del cuello. Para lo anterior es indispensable que el salteador esté agachado doliéndose del abdomen. Si está solo, lo pateas en el suelo —una vez, no está bien visto el ensañarse— y si son dos los malditos al otro lado sólo le echas una mirada de gallito bravo y, por supuesto, huye cobarde y que no te vuelva a ver porque no te la perdono…

La otra reacción es la que yo pensé adoptar; el primer paso es el mismo, aguantar. Sólo que aquí se aguanta hasta el final, te dejas quitar el dinero sin protestar y tratas de que no te den un chingadazo. Yo debí estar pensando todo esto a la velocidad en que se piensa en el metro. También debí haber sonreído porque el malo gritó de qué se ríe ese cabrón pendejo pues que no me oyó.

Sí lo había oído —y obedecido además— pienso al sentir el cuchillo que sale de mi abdomen seguido de sangre, de veras, roja y mía, mientras que el hombre aquel, quien seguramente nunca se quedaba hasta el final de la función, espera tranquilo que me derrumbe para quitarme la cartera.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 86

Enigma

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En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.

En un instante, el único instante que podía cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida y mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto. Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte o mi esclavitud
.
Cerré los ojos y asesté el golpe. ¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 78

Ardid

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Wms, un irlandés, durante algún tiempo estuvo en Nueva Zelanda. Un día estaba cazando con un amigo suyo empleado de banca que no tenía permiso de caza. De repente vieron a un policía. El empleado creyó desvanecerse pensando ser detenido, pero Wms le dijo que conservara la calma y echó a correr. El policía lo persiguió y así llegaron a Awkland. Una vez allí Wms se detuvo, llegó el policía y le pidió el permiso que Wms le entregó inmediatamente. El policía le preguntó por qué corría, a lo cual él contestó: “Pues verá, usted es irlandés igual que yo, y si me promete no decir una palabra se lo diré: el que no tenía permiso era el otro.” El policía soltó la carcajada y dijo: “Es usted un gran tipo; vamos a echar una copa.”

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 83

Denis de Rougemont

Denis de Rougemont

Denis de Rougemont

(Neuchâtel, 1906-Ginebra, 1985)

Escritor suizo en lengua francesa. Vinculado al personalismo de E. Mounier, desarrolló una densa producción ensayística articulada en dos grandes temas: el amor (El amor y Occidente, 1939; Como tú mismo, 1961; Los mitos del amor, 1967) y el europeísmo (La aventura occidental del hombre, 1937; Carta abierta a los europeos, 1970; El futuro es asunto nuestro, 1977). Fundador de la revista Esprit (1932), órgano del movimiento personalista, y presidente del comité ejecutivo del Congreso para la Libertad de la Cultura (1951-1966), De Rougemont se guió siempre por su firme compromiso intelectual humanista[1].

El diablo

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Después de cenar, sintiendo la atmósfera favorable, éramos seis felizmente concordes, sugerí que jugáramos a preguntas y respuestas. Este juego, puramente telepático y poético, se juega por parejas, en el mayor silencio. Uno escribe tres preguntas y otros, al mismo tiempo, tres respuestas. Luego se hace a la inversa. Y por fin, cada cual lee en voz alta, uno sus preguntas y otro sus respuestas.

De aquella velada recuerdo tres réplicas notables.

Estaba allí Jean-Paul de Dadelsen, mi colaborador más íntimo en el Centro Europeo de Cultura, y de quien dije, después de su muerte prematura en 1957 que era “el único gran poeta luterano en lengua francesa”. Una de las preguntas era: ¿Qué sucedería si Jean-Paul llegase a ser Papa? Respuesta: “El Papa sería luterano.

Segunda réplica: ¿Qué es la mística? Respuesta: es un pequeño jardín cerrado que se abrirá en Pascua. Como es sabido, el hortus clasus es un símbolo fundamental del misticismo, sobre todo del flamenco y renano). Pero es la tercera contestación la que me ha movido a evocar aquí aquella velada memorable. Uno de nosotros había escrito: ¿Qué sucedería si el diablo entrase a esta habitación? La respuesta que leyó su pareja fue Que todas las luces se apagarían. Y todas las luces se apagaron.

Denis de Rougemont
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 78

Curioso

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Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no puede revelar.

Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.[1]

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 77


[1] El cuento No. 131,repite el mismo texto que en la página 57, aparece con el nombre “Memoria”

Romance

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El Duque de York, hermano de George III, vino a Mónaco en su yate y cayó gravemente enfermo. Pidió al príncipe reinante si podía albergarlo y éste accedió, pero se negó a recibir a la querida que traía a bordo. Ella tomó una casa en Roquebrune y cada día iba a un sitio a ver si la bandera seguía ondeando en palacio. Un día la vio a media asta y supo que su amante había muerto. Se arrojó al mar.

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 75

Antes… ayer

Un día despertó, estiró los brazos y vio a su lado una mujer que no le era del todo desconocida. Se levantó, y mientras el agua y el jabón le bajaban por su asombro, pensaba…

—Apúrate papá, voy a llegar tarde a la universidad.

Es mi hija —se dice en voz alta— y siente que la vida le ha jugado sucio.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 73

Edad media

Milena despertó sobresaltada; con desmesura pretendía definir, sin conseguirlo, las sombras de la noche.

Otra vez la misma pesadilla del vivir extemporáneo, aquel sueño que la perseguía desde su niñez. Se vistió entre tumbos y atropellos para salir de su habitación. La antorcha que sostenía en alto iluminaba levemente el corredor: comenzó a caminar, a hurgar en todos los rincones del castillo; del torreón a las mazmorras, de la capilla a la atalaya. Bajó hasta la explanada y desde el cerco amurallado miró el foso, resguardo ideal de su integridad.

Todo estaba intacto, igual que los días, que los meses, que los años anteriores. Poco a poco se tranquilizó; volvió a sentirse dueña absoluta de su tiempo, de su feudo. Desanduvo la ruta recorrida con el silencio nocturno tras de sí, quebrantando únicamente por el roce de la saya al caminar. Se recostó y se quedó dormida.
Afuera, sólo el siglo XX…

Rocío Santamaría Ambriz
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 65

Juan Rulfo

Juan Rulfo

Juan Rulfo

(Sayula, México, 1918 – Ciudad de México, 1986)

 Escritor mexicano. Juan Rulfo creció en el pequeño pueblo de San Gabriel, villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos, y sufrió allí las duras consecuencias de las luchas cristeras en su familia más cercana (su padre fue asesinado). Esos primeros años de su vida habrían de conformar en parte el universo desolado que Juan Rulfo recreó en su breve pero brillante obra.

En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 empezó a viajar por algunas regiones del país en comisiones de servicio y publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias.

En los quince cuentos que integran El llano en llamas (1953), Juan Rulfo ofreció una primera sublimación literaria, a través de una prosa sucinta y expresiva, de la realidad de los campesinos de su tierra, en relatos que trascendían la pura anécdota social.

En su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), Rulfo dio una forma más perfeccionada a dicho mecanismo de interiorización de la realidad de su país, en un universo donde cohabitan lo misterioso y lo real, y obtuvo la que se considera una de las mejores obras de la literatura iberoamericana contemporánea.

Rulfo escribió también guiones cinematográficos como Paloma herida (1963) y otra novela corta magistral, El gallo de oro (1963). En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura de México, y en 1983, el Príncipe de Asturias de la Letras[1].

El viaje

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Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se necesitara, por si acaso encontráramos alguna dificultad. Éramos muy amigas.

Juan Rulfo
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 59

Informe

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Cuando Forun compró Una rosa para Emily, Faulkner proporcionó la siguiente información sobre sí mismo, a principios de 1930: “Nacido macho y soltero a temprana edad en Mississippi. Dejó la escuela al cabo de cinco años en el séptimo grado. Consiguió empleo en el banco del abuelo y aprendió el valor medicinal de su licor. El abuelo creyó que lo había hecho el conserje. Éste fue tratado severamente. Vino la guerra. Le gustó el uniforme británico. Se alistó a la comisión R. F. C. como piloto. Se estrelló. Costó 2,000 libras esterlinas al gobierno británico. Desistió. Costó 84.30 dólares al gobierno británico. Dijo el Rey: “Bien hecho”, regresó a Mississippi. La familia le consiguió un empleo: administrador de correos. Dimitió por acuerdo mutuo por parte de dos inspectores, acusado de arrojar todo el correo recibido a la basura. Nunca se comprobó cómo dispuso del correo saliente. Los inspectores se llevaron un chasco. Cobró 700 dólares. Marchó a Europa. Conoció a un hombre llamado Sherwood Anderson. Dijo: ¿Por qué no escribir novelas? A lo mejor no tengo que trabajar. Lo consiguió. Soldier´s Pay. Lo consiguió. Mosquitoes. Lo consiguió. Sanctuary, que aparecerá el año próximo. Actualmente vuela de nuevo. 32 años de edad. Posee una máquina de escribir que maneja él mismo.

W. Faulkner
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 60

Memoria

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Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no se pueden revelar.
Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 57

Perdimos nuestro sol

“Cuando Cem Anahuac fue destruido, vino el acabamiento, quebraron e hicieron añicos a los príncipes y macehualtin; entonces escondimos los libros teñidos, enterramos Dioses y cantares. La antigua palabra, el aliento que está atado, lo que se guarda, lo que está en la petaca de esteras dejó de oírse. Nuestros sacerdotes fueron muertos y sus templos convertidos en cerritos de piedras; ellos mismos se quitaron la vida cuando sus fuerzas no les alcanzaron para impedir que los teules ultrajaran a los Dioses y a los mexicah; luego, los que sobrevivieron se ocultaron, ya no comieron, ya no hablaron, se descarnaron, se secaron, sus huesos se quedaron en las cuevas y en la gran laguna, se sacrificaron para que los Señores del Gran Cielo los perdonan y les concedieron su permiso para llegar al Tlalocan. Quedaron humillados, ya no fueron dignos, la tristeza ya no los dejó, los espíritus malignos se burlaron de ellos, se carcajeaban de sus sufrimientos, hacían mitote con su dolor, se los llevaron a los montes, los desaparecieron en la noche, en la luna trasconejada, los arrastraron a la región de la podredumbre, provocaron su perdición. Los naguales convertidos en animales se los comieron… mucho sufrieron… el macehual no se dio cuenta, no las pudo ayudar. Los ancianos sabios se llevaron el conocimiento, ya no supimos leer el Tonalpohualli, saber del destino, adivinar el tiempo. Las fiestas se olvidaron. Nos persiguieron hasta que nuestro rostro y corazón se perdió, quedamos borrados, como manta vieja y remendada así estamos, ya no se halló la gente en paz, ya no volvió a ser nuestro el día, perdimos nuestro sol, nos quedamos en la región oscura. Fuimos espina y brote, somos ahora flor marchita, solo vivimos para levantar la ciudad de los nuevos Tlatoanis. Nos fuimos como en un gran sueño, nuestra alma voló, se extinguió en el firmamento. Ya no sacrificamos, ya no cantamos, ya no ofrendamos corazones y sangre. Los Dioses nos castigaron y nos cerraron la puerta de los cielos y los tzitzimine, los demonios, nos llevaron al inframundo.

Todo esto pasó en el año Cé Acatl. Desde entonces estamos así, acabados como en plaga”.

Así hablaron nuestros abuelos.

Florencio López Ojeda
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 110