La muerte viaja a caballo (cuento al estilo del Far West)

El abuelo sintió que la muerte se aproximaba. Entonces se armó con su gastada escopeta. Parapetándose tras la ventana. Entre los alisos, por el pedregoso camino paralelo al río, surgió el jinete en un frenético galopar. Traería el polvo y la sed y el sudor y el hambre de una larga jornada. Cuando estuvo a tiro de escopeta, el abuelo apretó los dientes y disparó. El caballo se paró en seco. El jinete se llevó las manos al pecho, se dobló lentamente y cayó mordiendo el polvo, de espaldas al sol. Corrimos a recoger al caído. Mi tío, con la sucia punta de la bota volteó de un golpe el rostro del jinete, y en la tarde de verano, de frente al sol, brilló la destrozada cara del abuelo.

Ednodio Quintero
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 198

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Dante

Sentado de costado, Dante se pasó una mano por sus cabellos y con la otra tamborileaba sobre la mesa de la cocina. Todo su aspecto decía de cansancio, de agobio. Veía al piso con la mirada fija del obseso.

—Dale, pibe… contame todo… es mejor que hablés ahora. Eso lo tiene en cuenta el juez, ¿sabés?… mirá, pibe, que es mejor… ¿Y? ¿Qué hacemos, pibe, hablaás? —el oficial suspiró profundamente desalentado— ¿me escuchás? ¡Dale pibe, dale!

¿Hablar? —pensó Dante— ¿para qué voy a hablar?, si está todo dicho y hecho, ¿cuántas veces quise hablar?; mil veces y ¿quién escuchó, quién? Nadie. ¿Para qué hablar?. Cuántas veces le dije al viejo que no tomara más —no tome papá, no tome— y que le iba a ser malo, que iba a pasar una desgracia. ¿Y me escuchó? No. ¡Qué va a escuchar! Y todas las veces que hablé fueron iguales, no sirvieron de nada. El siguió tomando y cada vez más, y fajando a la vieja cuando llegaba en curda, y yo encerrándome en la pieza para no escuchar los gritos de la vieja y escuchando igual —No te metás, decía ella, encima de la paliza lo defendía—… eso nunca lo entendí ¿Por qué lo hice? ¡qué sé yo por qué! No sé y no me importa el porqué, lo hice y basta, ahora es igual. Total, se me viene encima la cárcel, y ¿qué me importa?. Iba a pasar, yo sabía que iba a pasar y pasó, ¿viste? Pasó. Lo que sí… si la vieja no se cruza… ¡qué macana!, hubiera sido diferente…

—Esos son todos iguales —se impacientó el oficial— ¡mierda!

… si la vieja no se cruza —pensaba Dante— justo de lante, justo delante del cuchillo… era para él y ella se viene a cruzar…

Alberto Ruiz
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 197

La cita inesperada

Me había dicho que no volveríamos a vernos; que era la primera y la última vez. Que era peligroso. Lo decía sutilmente, como silbando las palabras. Yo tenía la certeza de que estaba mintiendo, o que con esa determinación decía lo contrario; estaba seguro porque mientras me hablaba apretaba mis manos, silabeando.

Al siguiente día, en la noche, cuando la velaban, una de sus íntimas amigas me susurró al oído: “Fíjate que hoy, precisamente hoy en la tarde, ella me había dicho que mañana en la noche tendría una cita contigo”.

Pablo Santillán Ledesma
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 192