Los ojos

El hombre entró en la habitación con pasos lentos, se acercó a ella, arrastró una silla hacia él, se sentó y comenzó a mirarla fijamente. Aquella idea de tanto tiempo empezaba a torturarlo nuevamente. Pasaron unos minutos, la impaciencia se adueñó de él; se llevó las manos a la rodilla y cerró fuertemente los puños. Una gota de sudor rodó desde la sien hasta la barbilla mientras se mordía con desesperación los labios; por un momento trató de calmarse mirando a través del cristal de la ventana, pero fue inútil. Su mirada volvía irremediablemente al sitio donde se encontraba ella; aquellos ojos rasgados, de color indefinido, con su mirada enigmática no hacían otra cosa que mirarlo sin descanso. ¿Qué podrían tener aquellos ojos que le hacían perder el control sobre sí mismo?

Él se levantó suave y con ligero temblor; ya no podía dominar sus deseos. Se acercó a ella con la respiración cada vez más agitada, tragó en seco y sintió que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Con mano temblorosa le acarició la mejilla, fue acercando sus labios cada vez más a los de ella, sus ojos comenzaron a tornarse delirantes, se abalanzó y sus manos locas no sabían ya a dónde ir. Desesperadamente su cuerpo se movía; un gemido entrecortado rompió con aquella escena.

El hombre se dejó caer en el asiento y estalló en sollozos; se llevó las manos a la cara mientras la miraba: inerte, destrozada. Sólo sus ojos quedaron como mudo testigo, aquellos ojos enigmáticos, de color indefinido, aquellos ojos que conformaron su mejor obra de arte.

Dayámi Gil Sardiñas
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 19

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En boca cerrada

Recuerdo las palabras de mi padre que tanto me decía cuando yo era niño: “En boca cerrada no entran moscas”. Ahora que soy mayor me he dado cuenta de su error: lo que pasa es que él nunca las probó con chile piquín.

Rodolfo Farcug
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 18

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

(Ruán, Francia, 1821 – Croisset, id., 1880)

Escritor francés. Hijo de un médico, la precoz pasión de Gustave Flaubert por la literatura queda patente en la pequeña revista literaria Colibrí, que redactaba íntegramente, y en la que de una manera un tanto difusa pero sorprendente se reconocen los temas que desarrollaría el escritor adulto.

Estudió derecho en París, donde conoció a Maxime du Camp, cuya amistad conservó toda la vida, y junto al que realizó un viaje a pie por las regiones de Turena, Bretaña y Normandía. A este viaje siguió otro, más importante (1849-1851), a Egipto, Asia Menor, Turquía, Grecia e Italia, cuyos recuerdos le servirían más adelante para su novela Salambó.

Excepto durante sus viajes, Gustave Flaubert pasó toda su vida en su propiedad de Croisset, entregado a su labor de escritor. Entre 1847 y 1856 mantuvo una relación inestable pero apasionada con la poetisa Louise Colet, aunque su gran amor fue sin duda Elisa Schlésinger, quien le inspiró el personaje de Marie Arnoux de La educación sentimental y que nunca llegó a ser su amante.

Los viajes desempeñaron un papel importante en su aprendizaje como novelista, dado el valor que concedía a la observación de la realidad. Flaubert no dejaba nada en sus obras a merced de la pura inspiración, antes bien, trabajaba con empeño y precisión el estilo de su prosa, desterrando cualquier lirismo, y movilizaba una energía extraordinaria en la concepción de sus obras, en las que no deseaba nada que no fuera real; ahora bien, esa realidad debía tener la belleza de la irrealidad, de modo que tampoco le interesaba dejar traslucir en su escritura la experiencia personal que la alimentaba, ni se permitía verter opiniones propias.

Su voluntad púdica y firme de permanecer oculto en el texto, estar («como Dios») en todas partes y en ninguna, explica el esfuerzo enorme de preparación que le supuso cada una de sus obras (no consideró publicable La tentación de san Antonio hasta haberla reescrito tres veces), en las que nada se enunciaba sin estar previamente controlado. Las profundas investigaciones eruditas que llevó a cabo para escribir su novela Salambó, por ejemplo, tuvieron que ser completadas con otro viaje al norte de África.

Su primera gran novela publicada, y para muchos su obra maestra, es Madame Bovary (1856), cuya protagonista, una mujer mal casada que es víctima de sus propios sueños románticos, representa, a pesar de su propia mediocridad, toda la frustración que, según Flaubert, había producido el siglo XIX, siglo que él odiaba por identificarlo con la mezquindad y la estupidez que a su juicio caracterizaba a la burguesía.

De esa misma sátira de su tiempo participa toda su producción, incluido un brillante, aunque inacabado, Diccionario de los lugares comunes. La publicación de Madame Bovary, que supuso su rápida consagración literaria, le creó también serios problemas. Atacado por los moralistas, que condenaban el trato que daba al tema del adulterio, fue incluso sometido a juicio, lo cual lo decidió emprender a un proyecto fantasioso y barroco, lo más alejado posible de su realidad: Salambó, que relataba el amor imposible entre una princesa y un mercenario bárbaro en la antigua Cartago.

Su siguiente gran obra, La educación sentimental (1869), fue, en cambio, la más cercana a su propia experiencia, pues se proponía describir las esperanzas y decepciones de la generación de la revolución de 1848. Su última gran obra, Bouvard y Pécuchet, que quedaría inconclusa a su muerte, es una sátira a la vez terrible y tierna del ideal de conocimiento de la Ilustración.

La abundancia de los trabajos que posteriormente se han dedicado a Gustave Flaubert, y en particular a su estilo, confirma el papel central que desempeñó en la evolución del género novelístico hasta la mitad del siglo XX[1].