El sobreviviente

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Acababa de pasar la Segunda Guerra Mundial y a una popular taberna de Londres llegó un excombatiente, cojeante y aún uniformado, que se sentó junto al ventanal y pidió una cerveza. Se la sirvieron y el hombre estuvo allí cerca de dos horas, mirando la calle sin llevar un solo momento el vaso a sus labios. Intrigado, el tabernero se acercó a decirle:
—Buenas tardes, soldado. Usted no es de aquí ¿verdad?

—No —dijo el otro—. Soy escocés. Casi todos los chicos de mi batallón eran de aquí, de este mismo barrio.

—¿Los está usted esperando?

—No, murieron todos. Pobres muchachos, qué buenos amigos eran.

—Perdone que me meta en lo que no me importa. Pero he observado que lleva mucho tiempo sin tocar la cerveza… ¿Hay algo que no marcha?
—Todo marcha. Le aseguro que me siento a gusto. Mire usted, los chicos de que le habló me contaron muchas veces que para ellos no habría mayor felicidad, una vez terminada la guerra, que venir a esta taberna y pasar la tarde sentados ante un vaso de dorada y espumosa cerveza, sólo mirando a la calle. Y es lo que he venido a hacer, antes de volver a casa.

—Pero… ¿Por qué no se toma usted la cerveza? Yo me siento muy honrado en convidársela… y otras más, si quiere.

—…Oh, ¿sabe usted? Esto destruiría el buen rato que estoy pasando.
A mí nunca me ha gustado la cerveza.

Anónimo. Narrado hace muchos años en español en la BBC de Londres.
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 51

La cigarra en el hormiguero

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Gartenaere (Africa Fabeln) recogió en el país de la tribu lukolela, en Africa Central, el siguiente “Tratadito sobre la poesía”:
“Cierta vez las hormigas encontraron (o creyeron encontrar) el cadáver de la cigarra.

—Vaya —exclamaron sarcásticamente—, al fin se ha muerto esta holgazana, este parásito de la sociedad, que con su canto no nos dejaba trabajar tranquilas y daba un pésimo ejemplo a nuestros hijos. Llevémosla hasta el hormiguero para que todas las hormigas vean a dónde conduce una vida de puro jolgorio. Luego nos la comeremos.

Cargaron con el cadáver y no sin sortear muchos peligros y vencer numerosos obstáculos lograron instalarlo dentro del hormiguero. Toda la comunidad de las hormigas acudió a contemplar a aquel gigante caído. Lo contemplaban en silencio, con odio y codicia. Y ya iban a devorarlo, cuando la cigarra, que no estaba muerta sino desvanecida, volvió en sí. Como no sabía dónde se hallaba, como la obscuridad del hormiguero no le permitía enterarse (lo único que sentía era un feo olor y mucho frío) hizo la sola cosa que sabía hacer: se puso a cantar. Fue una catástrofe. Los tabiques empezaron a desmoronarse, los techos caían como si fuesen de papel, las galerías se inundaron y al fin todo el hormiguero se abrió al igual que una fruta podrida y mató a las hormigas que, aturdidas por el ruido, no atinaron a escapar.

La cigarra vio allá arriba un poco de luz, un poco de cielo, se calmó, se calló, agitó las alas y echó a volar”.

Marco Denevi
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 49

De gnomos, unicornios y niños

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Mi unicornio azul
ayer se me perdió
S. R.

Habíanlo secuestrado.

Fueron los gnomos. Sí: esos mismos que llegaron a la ciudad en el otoño del 43 sin que nadie supiera. Gnomos azules, negros y amarillos; rojos, verdes y ocres apoderándose de la ciudad a través de las azoteas, las ventanas, quicios, cerraduras, llaves de cristal, llaves de oro, libros místicos, libros mal escritos, máquinas de escribir sin acento, acentos sobreesdrújulos en las palabras graves, palabras de ensoñación, palabras de aburrimiento… En los sitios más inimaginables habitaban los gnomos y se reproducían en orgías de estruendo y sobriedad.

Entonces en un llamado telefónico exigían no avisar a las autoridades y fijaron las condiciones para la devolución: entregar treinta monedas en la avenida de la Desolación, justo en el segundo del vésper: cualquier error arriesgaría la vida de mi unicornio azul.

Y cumplí. Cumplí en silencio y pleno de mi terror. Entregué las monedas sin demandar contrarrecibo, sin reproche alguno, aceptando sus condiciones de niños perversos cuya única tarea vital en este universo es envejecer y embromar al mundo.

Pero ellos no cumplieron entonces. Tomaron el dinero del rescate y desaparecieron justo cuando concluyó el vésper para dar inicio a una noche sin luna.

Cuando regresé a casa, él estaba allí; rodeado por mis dos hijos que lloraban de alegría y trataban de curarle de todas sus heridas y sufrimientos. Mi unicornio azul, allí, a mitad de la sala, sin su cuerno de marfil, otra vez entre nosotros.

Eduardo Osorio
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 46