El sobreviviente

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Acababa de pasar la Segunda Guerra Mundial y a una popular taberna de Londres llegó un excombatiente, cojeante y aún uniformado, que se sentó junto al ventanal y pidió una cerveza. Se la sirvieron y el hombre estuvo allí cerca de dos horas, mirando la calle sin llevar un solo momento el vaso a sus labios. Intrigado, el tabernero se acercó a decirle:
—Buenas tardes, soldado. Usted no es de aquí ¿verdad?

—No —dijo el otro—. Soy escocés. Casi todos los chicos de mi batallón eran de aquí, de este mismo barrio.

—¿Los está usted esperando?

—No, murieron todos. Pobres muchachos, qué buenos amigos eran.

—Perdone que me meta en lo que no me importa. Pero he observado que lleva mucho tiempo sin tocar la cerveza… ¿Hay algo que no marcha?
—Todo marcha. Le aseguro que me siento a gusto. Mire usted, los chicos de que le habló me contaron muchas veces que para ellos no habría mayor felicidad, una vez terminada la guerra, que venir a esta taberna y pasar la tarde sentados ante un vaso de dorada y espumosa cerveza, sólo mirando a la calle. Y es lo que he venido a hacer, antes de volver a casa.

—Pero… ¿Por qué no se toma usted la cerveza? Yo me siento muy honrado en convidársela… y otras más, si quiere.

—…Oh, ¿sabe usted? Esto destruiría el buen rato que estoy pasando.
A mí nunca me ha gustado la cerveza.

Anónimo. Narrado hace muchos años en español en la BBC de Londres.
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 51

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