El último libro de la sibila

125 top

Podría volver a contar lo que Fray Benito Jerónimo Feijóo nos dijo acerca de los nueve libros de la Sibila de Cumas en un texto escrito hacía 1712 con el título de “Magia y leyenda”, que luego modificó cuando redactaba sus “Cartas eruditas”. Pero pensándolo bien, conviene transcribirlo como prueba irrefragable, aligerando levemente su estilo, el más directo y descriptivo del siglo XVIII. He aquí la constancia:

La historia romana cuenta que habiendo llegado a Roma la Sibila de Cumas, en tiempos de Tarquino el Soberbio, aquella le presentó nueve libros, y pidió por ellos trescientos escudos. El príncipe se burló por parecerle excesivo el precio, y la Sibila quemó tres, y por los seis restantes pidió la misma cantidad; despreciando Tarquino nuevamente tan extravagante demanda, quemó otros tres, insistiendo en que por los tres que quedaban le diese la misma suma, y amenazando con arrojarlos al fuego como los demás en caso de ofrecerle menor precio. En fin: concibiendo el príncipe, en tan extraña resolución, algún alto misterio, dio los trescientos escudos por los tres libros que, como cosa sagrada, colocó bajo la custodia de dos patricios en el Capitolio[1], y estos libros eran consultados por los romanos cuando la República se veía ante algún peligro; hasta que incendiándose el Capitolio en tiempos de Sila, ochenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, tuvieron los tres libros la misma desgracia que los otros seis.

Lo que no nos dice Fray Benito Jerónimo Feijóo, es que, en realidad, uno de los tres libros que habían quedado, se salvó del incendio. Era el último (y lo refiere Ajiajarilbj en el siglo XVII). Abierto por Sila, el libro sólo contenía estas líneas:

La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria.

Juan Jacobo Bajarlía
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 89


[1] Estos dos patricios o sacerdotes, los duumviri sacris faciendis (que Feijóo no nos cuenta por olvido o por no creerlo necesario) fueron aumentados a diez, los decemviri, en el año 367 a. J. C. Posteriormente, a quince, los quindecemviri, por decreto de Sila.

Anuncios

Cabalgata infernal

125 top
Cuando se le ve o se le oye acercarse, es conveniente echarse de bruces en el suelo, o invocar a San Miguel, o dibujar un círculo mágico en torno a uno mismo.

Frederik Koning
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 87

Luciano de Samosata

Luciano de Samosata

Luciano de Samosata

(Samosata, Siria, c. 125 – Atenas?, 192)

 Escritor griego. De origen humilde, fue escultor y abogado y se dedicó luego a recorrer mundo dando conferencias. Se estableció en Atenas (163-185) y acabó de nuevo como sofista ambulante. Además de ejercicios de retórica (Elogio de la mosca) y del escrito autobiográfico El sueño o Vida de Luciano, es autor del tratado Cómo ha de escribirse la historia, de numerosos escritos más o menos filosóficos (La pantomima, El pescador), de diálogos satíricos y morales (Diálogos de los dioses, Diálogos de los muertos, Diálogos de las cortesanas, Caronte, Prometeo, La asamblea de los dioses), de diálogos literarios (El parásito), de libelos (El maestro de retórica), de novelas satíricas (Historia verdadera, Lucio o el asno) y de parodias trágicas (El pie ligero, La tragedia de la gota). Imitado por Erasmo y por Quevedo y muy leído por los renacentistas, Luciano de Samosata es un gran crítico y el creador del diálogo satírico.

Pocos hechos de la inquieta vida de Luciano de Samosata han sido establecidos con certeza y todos ellos se han reconstruido aproximadamente de los escritos que de él se conservan, constituidos por conferencias y libelos, diálogos y narraciones. La cronología de sus obras es muy confusa y se desconocen la fecha y circunstancias de su muerte. Se sabe que nació en los márgenes del Imperio romano, a orillas del Éufrates, donde Oriente se tocaba con Occidente.

Según refiere en su obra autobiográfica El sueño o Vida de Luciano, en su adolescencia fue aprendiz en el taller de un escultor, tío suyo. Como reñía frecuentemente con éste, pronto le abandonó y se trasladó a Asia Menor, donde adquirió una educación literaria y se familiarizó particularmente con las obras de Homero, Platón y los antiguos poetas cómicos. Llegó así, aunque su lengua natal era el arameo, a dominar la lengua y la cultura griegas, y empezó su carrera de sofista errando de ciudad en ciudad.

Después de recorrer Grecia viajó a Italia y Galia. Muchas de sus conferencias sobre temas mitológicos y sus prólogos retóricos pertenecen a esta época. En el año 159 llegó a Roma como embajador de Samosata, y unos años después dio fin a su vida errante para establecerse en Atenas, donde amplió considerablemente sus conocimientos sobre la literatura y el pensamiento griegos. Así, a los cuarenta años, Luciano dejó las conferencias públicas para dedicarse a la filosofía y a escribir ensayos críticos y satíricos sobre la vida intelectual de su tiempo.

Llegado a su madurez artística y tomando como referente las sátiras de Menipo, creó un nuevo género literario, los diálogos satíricos, fundiendo los elementos caricaturescos de la comedia con el diálogo a la manera platónica. Sus escritos descuellan por el estilo chispeante, el ingenio mordaz, el refinado humorismo y la sofisticada, y a menudo amarga, crítica de la hipocresía de la vida intelectual de su tiempo. Pertenecen a esa época sus dos obras más conocidas, Diálogos de los dioses y Diálogos de los muertos, cuya demoledora ironía se apoyaba en el empleo de un griego ático de gran pureza. La primera de ellas era una parodia de la mitología helénica, en tanto que la segunda mostraba la vanidad de las glorias humanas por medio de conversaciones entre vivos que adoptaban el punto de vista de los muertos.

Se cree que en el año 162 Luciano acompañó al emperador Lucio Aurelio Vero a Antioquía, donde residió durante algún tiempo. Tras una breve visita posterior a su ciudad natal, el escritor volvió a Atenas. Allí compuso entre otras obras Muerte de Peregrino (filósofo de cuyo suplicio fue testigo en los Juegos Olímpicos del año 165), Timón, El acusado de doble acusación y Cómo ha de escribirse la historia, una brillante burla de la tendencia de los historiadores a convertirse en meros apologistas. En los últimos años de su vida, Luciano desempeñó un alto cargo como funcionario en Egipto. Incapaz de adaptarse al mismo, sin embargo, regresó de nuevo a su amada Atenas y reanudó su actividad como escritor.

Resulta imposible enumerar todas las obras que componen su rica producción. Chanzas como Elogio de la mosca y El juicio de las vocales y escritos como El sueño pertenecen al período sofístico. De la etapa en que se dedicó a los estudios filosóficos forman parte Nigrino, que exalta la vida contemplativa y censura, a la manera platónica, la sociedad romana, comparando la fastuosidad y turbulencia de los romanos con la vida callada y culta de los atenienses; Nave, en el que hace burla de la costumbre de fabricar castillos en el aire; Anacarsis o De los gimnasios, donde Solón señala la utilidad del ejercicio físico, y Hermótimo, que muestra su alejamiento de la filosofía al ilustrar el principio escéptico de la vanidad de toda especulación filosófica. Esta etapa crítica culmina con la Historia Verdadera, considerada como una de las más antiguas novelas fantásticas, en la que describe un imposible viaje que empieza en el mar, continúa en los cielos, e incluye las visitas al estómago de una ballena y a los campos del Elíseo.

Otras obras suyas son La subasta de los filósofos, El pescador o los resucitados, Icaromenipo, El sueño o el gallo, Descenso al Hades, Caronte y los cuatro grupos de diálogos breves, de corte satírico y moral, que, pese a su comicidad, están impregnados por el sentimiento de la caducidad y vanidad de los bienes mundanos: Diálogos de los dioses, Diálogos marinos, Diálogos de los muertos y Diálogos de las cortesanas. En ellos la parodia se transforma en un medio de reflexión sobre los valores heredados.

Sin duda una de las figuras más originales de la cultura griega posclásica, la obra de este escritor constituye una de las fuentes principales de la literatura satírica europea; fue uno de los autores preferidos por el Renacimiento y el siglo XVIII, y maestros del género como François Rabelais y Jonathan Swift manifestaron profunda admiración por su genio.

Luciano de Samosata no perteneció a ninguna escuela filosófica; el platonismo, el cinismo y el epicureísmo le ofrecieron de vez en cuando motivos sustanciales y formales para sus composiciones literarias, pero no un sistema de doctrinas morales y especulativas. El mismo autor definió en El pescador o los resucitados su naturaleza y la esencia de su vida con las siguientes palabras: “Odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios; y a toda la raza de los malvados, que son muchísimos, como sabes… Pero conozco también perfectamente el arte contrario a éste, o sea el que tiene por principio el amor: amo la verdad, la belleza, la sencillez y cuanto merece ser amado. Sin embargo, para muy pocos debo ejercer tal arte, en tanto que para muchos debo ejercer el opuesto; y así, corro el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de conocer demasiado el otro[1].”

Los selenitas

125 top

Los selenitas nacen de varones. No conocen la existencia de mujeres. Los descendientes no se conciben en el vientre sino la pantorrilla que va ampliándose hasta el nacimiento del nuevo ser. El embarazo termina con una incisión en esta pantorrilla, y el niño nace muerto. Pero se le infunde la vida poniéndolo con la boca abierta contra el viento. Conjeturo que a este modo de parir los griegos han llamado gastroknemia. Hay además una raza de hombres denominados dentrites[1] que nacen de la manera siguiente: se les corta el testículo derecho que luego se planta. De este sembrado surge un árbol de carne, semejante a un falo, con ramas y hojas, cuyos frutos son verdaderas bellotas de un codo de largo. La zona sexual es postiza y de marfil para todos los ricos. De madera para los pobres.

Cuando los selenitas envejecen, no mueren. Se disuelven como el humo y se reabsorben en el aire. Se alimentan del olor de las ranas asadas, y beben aire prensado en una copa, que se convierte en un líquido semejante al rocío. Los selenitas no tienen orificios corporales. No expelen ni orina, ni excrementos. Los adolescentes, a falta de estos orificios, se entregan a sus amantes utilizando el tobillo por debajo de la pantorrilla, lugar en que presentan una hendidura peculiar.

La hermosura reside en la calvicie. Odian a los seres pilosos. La barba les crece por debajo de las rodillas. Sus pies sólo tienen un dedo enorme y gordo, sin uña. Sobre las nalgas les crece una cola en forma de col que no se desintegra cuando caen de culo. Los ricos visten trajes de cristal que se pliegan fácilmente. Los demás, tejidos de cobre.

Tienen ojos postizos que sacan y ponen a voluntad cuando tienen necesidad de ver. Si los llegan a perder, piden prestados los ojos del vecino. Pero los ricos tienen muchos de reserva. Sus orejas son de hojas de plátano. Sin embargo, los hombres que han nacido bellotas, las tienen de madera.

Luciano de Samosata
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 85


[1] Denutrites, arborescentes. Hombres en forma de árboles.