Perdimos nuestro sol

“Cuando Cem Anahuac fue destruido, vino el acabamiento, quebraron e hicieron añicos a los príncipes y macehualtin; entonces escondimos los libros teñidos, enterramos Dioses y cantares. La antigua palabra, el aliento que está atado, lo que se guarda, lo que está en la petaca de esteras dejó de oírse. Nuestros sacerdotes fueron muertos y sus templos convertidos en cerritos de piedras; ellos mismos se quitaron la vida cuando sus fuerzas no les alcanzaron para impedir que los teules ultrajaran a los Dioses y a los mexicah; luego, los que sobrevivieron se ocultaron, ya no comieron, ya no hablaron, se descarnaron, se secaron, sus huesos se quedaron en las cuevas y en la gran laguna, se sacrificaron para que los Señores del Gran Cielo los perdonan y les concedieron su permiso para llegar al Tlalocan. Quedaron humillados, ya no fueron dignos, la tristeza ya no los dejó, los espíritus malignos se burlaron de ellos, se carcajeaban de sus sufrimientos, hacían mitote con su dolor, se los llevaron a los montes, los desaparecieron en la noche, en la luna trasconejada, los arrastraron a la región de la podredumbre, provocaron su perdición. Los naguales convertidos en animales se los comieron… mucho sufrieron… el macehual no se dio cuenta, no las pudo ayudar. Los ancianos sabios se llevaron el conocimiento, ya no supimos leer el Tonalpohualli, saber del destino, adivinar el tiempo. Las fiestas se olvidaron. Nos persiguieron hasta que nuestro rostro y corazón se perdió, quedamos borrados, como manta vieja y remendada así estamos, ya no se halló la gente en paz, ya no volvió a ser nuestro el día, perdimos nuestro sol, nos quedamos en la región oscura. Fuimos espina y brote, somos ahora flor marchita, solo vivimos para levantar la ciudad de los nuevos Tlatoanis. Nos fuimos como en un gran sueño, nuestra alma voló, se extinguió en el firmamento. Ya no sacrificamos, ya no cantamos, ya no ofrendamos corazones y sangre. Los Dioses nos castigaron y nos cerraron la puerta de los cielos y los tzitzimine, los demonios, nos llevaron al inframundo.

Todo esto pasó en el año Cé Acatl. Desde entonces estamos así, acabados como en plaga”.

Así hablaron nuestros abuelos.

Florencio López Ojeda
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 110

Ariel Muniz

Ariel Muniz

Ariel Muniz

(Minas, 1942 – León, 2005)

 Es un escritor uruguayo que vivió la mayor parte de su vida en México (desde 1977). Se desempeñó también como periodista cultural, guionista de historietas, profesor de literatura y director de Ciencias de la Comunicación en universidades mexicanas. Fungió como jurado en diversas competencias literarias.

Publicó libros de cuentos y ensayo en varios países americanos y europeos. Tiene en su haber una novela, editada en México y Uruguay, Una temporada en el edén. Entre sus libros se cuentan títulos como Las malas noticias, El juego de las máscaras sonrientes, Cuentos cruentos y Cada día del tiempo. Su prosa es elaborada y meticulosa, rica en modismos de su natal Uruguay. Su estilo, ágil y su ritmo, casi jazzístico, lo hicieron merecedor de varios premios internacionales.

Su último trabajo fue el de profesor de narrativa y modelos literarios en la Universidad Iberoamericana de León, Guanajuato. Fue bajo el sello de esta institución que publicó su libro de cuentos Los ojos del niño.

Se encontraba trabajando en la publicación de una novela y una recopilación de cuentos al momento de su muerte, el 10 de noviembre de 2005. El segundo de esos volúmenes fue publicado de manera póstuma por el Instituto Cultural de León bajo el título: “La construcción y otros cuentos” (2006).

Fue esposo de la también escritora e historiadora Célica Cánovas y padre de dos hijos: el músico Gabriel Muniz y el maestro en tecnologías, Pablo Muniz[1].

En el museo chino

“Y por aquí —dijo con pulcritud en guía chino— hay algo más interesante. Puede formularse como problema. Miren. En dos caras del biombo figuran el cadáver y la geisha que sirvió su último té. Ningún desconocimiento, ningún desvarío, excusan ese acto pavoroso. Pero cualquiera pudo gotear cianuro en la taza de porcelana. Hay muchos intereses en juego; tenemos la viuda reciente, se sabe de otro hombre o galán, dicen que el finado padecía cáncer, etcétera. Si observan las colaterales sedas pintadas, verán enroscados dragones, que equilibrados entre sí dan múltiples líneas de fuerza y que tienen algo de malditos, de hipócritas. ¿Cómo aclarar este enigma? ¿Podrá escoger Sin-Kuang, cuya misión es llevar culpables a la impaciente Terraza del Espejo de los Malos, donde quien pecó afronte su reflejo y sufra? ¿Cuál es la máscara del crimen resumiendo, resumiendo acá todo el problema?” Hubo un silencio nervioso entre quienes formábamos el grupo turista. De pronto —no pude evitarlo, tan veloz fue— Yenia, nuestra hija de cinco años, corrió al panel más grande, deslumbrada por el bordado carmesí que adornaba el kimono azul de la geisha. Tocó, su diminuto índice, facciones delineadas sobre un rostro triste, cubierto en polvos de arroz, sin hablar. El guía chino pudo habernos recordado que lo expuesto era intocable. No lo hizo, prefirió sonreír agradecido, fue hacia la tela, puso nuestra niña a un lado. Aferró por el cuello a la mujer, volteó dedicándonos una ceremoniosa reverencia y poco a poco se perdió, sin soltar su presa, tras el haz de bambúes inclementes metido entre las nieblas sin fin.

Ariel Muniz
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 101