Mentalizado

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Un yoga tenía que ir a algún sitio y no teniendo dinero le preguntó al jefe de la estación si podría ir gratis. El jefe de estación se negó y el yoga se sentó en el andén. A la hora de salir, el tren no pudo arrancar. Se creyó entre la locomotora tenía algo y enviaron a buscar mecánicos que hicieron cuando pudieron, pero el tren no arrancaba. Finalmente, el jefe de la estación les habló del yoga a los empleados. Se le rogó que subiera al tren y éste arrancó en el acto.

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 91

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Asalto de película

No intentes ningún truco —dijo— y desde ahí conocí que esto se estaba desarrollando en una forma demasiado familiar. Sonreí, por un momento no supe qué decir y evoqué escenas de películas. Pensé que en casos como estos sólo saben dos tipos de reacciones.

Me explicaré, uno en su papel de asaltado (porque esto es un asalto) puede estarse quieto o rebelarse. Esto, de acuerdo al tipo al que pertenezca el objeto del atraco; héroe o cobarde. El héroe finge, aguanta quieto —un poco solamente— y de repente zas, patada a la pistola —o cuchillo dependiendo del caso—, rodillazo en la panza —ayy— y un golpe de canto en la parte superior del cuello. Para lo anterior es indispensable que el salteador esté agachado doliéndose del abdomen. Si está solo, lo pateas en el suelo —una vez, no está bien visto el ensañarse— y si son dos los malditos al otro lado sólo le echas una mirada de gallito bravo y, por supuesto, huye cobarde y que no te vuelva a ver porque no te la perdono…

La otra reacción es la que yo pensé adoptar; el primer paso es el mismo, aguantar. Sólo que aquí se aguanta hasta el final, te dejas quitar el dinero sin protestar y tratas de que no te den un chingadazo. Yo debí estar pensando todo esto a la velocidad en que se piensa en el metro. También debí haber sonreído porque el malo gritó de qué se ríe ese cabrón pendejo pues que no me oyó.

Sí lo había oído —y obedecido además— pienso al sentir el cuchillo que sale de mi abdomen seguido de sangre, de veras, roja y mía, mientras que el hombre aquel, quien seguramente nunca se quedaba hasta el final de la función, espera tranquilo que me derrumbe para quitarme la cartera.

Juan Ramírez
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 86

Enigma

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En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.

En un instante, el único instante que podía cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida y mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto. Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte o mi esclavitud
.
Cerré los ojos y asesté el golpe. ¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?

Edmundo Valadés
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 78

Ardid

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Wms, un irlandés, durante algún tiempo estuvo en Nueva Zelanda. Un día estaba cazando con un amigo suyo empleado de banca que no tenía permiso de caza. De repente vieron a un policía. El empleado creyó desvanecerse pensando ser detenido, pero Wms le dijo que conservara la calma y echó a correr. El policía lo persiguió y así llegaron a Awkland. Una vez allí Wms se detuvo, llegó el policía y le pidió el permiso que Wms le entregó inmediatamente. El policía le preguntó por qué corría, a lo cual él contestó: “Pues verá, usted es irlandés igual que yo, y si me promete no decir una palabra se lo diré: el que no tenía permiso era el otro.” El policía soltó la carcajada y dijo: “Es usted un gran tipo; vamos a echar una copa.”

W. Somerset Maugham
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 83