Milagro

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Era una ciudad de la tierra, y niño hacía con sus amigos los estériles trabajos de las travesuras. Y así uno y otro día. Una mañana, cansado de los mismos juegos, propuso jugar “Tinguibidoo”. Dos niños juntaron los brazos para formar la silla, y una vez formada, fue Vicente quien se sentó en ella, y precedido de rezos dieron vueltas en torno de un templo imaginario. Pasados los brazos de cansancio, quisieron bajarlo; pero el santo de mentiras ya era verdadero. Convertido en madera, sus carnes estaban rígidas. Desde ese día se le veneró en mi tierra.

Andrés Henestrosa
No. 131, Octubre-Diciembre 1995
Tomo XXVI – Año XXXI
Pág. 93

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