Greguería

123-124 top
Yo no sé cuál será peor: si la mosca del sueño o la mosca que no tiene sueño.

Ramón Gómez de la Serna
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 209

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La mosca y la mirada

Ahora la mirada del autor se posa sobre la mosca, que frota sus manos como satisfecha por la feliz conclusión de un buen negocio.

Previsiblemente la mosca levanta el vuelo y, liviana, contradictoria, cambia de rumbo con trayectoria de mosca, inexplicable para el entendimiento humano. Tan inexplicable que ignora —la mosca— el cuerpo de la magnífica rubia que yace sobre la alfombra. Tampoco —sigue la mosca— el leve movimiento de la persiana de juncos, algo que inquieta al autor porque sospecha —el autor— que el criminal sigue ahí, escondido. Pero el insecto duda, ahora, entre el frasco de mermelada de frambuesas y un palo de salchichas con chucrut. El autor, quien aún no ha cenado, demora sus ojos un instante sobre el plato de salchichas, el instante preciso en que él —el autor— aparece recortado en la mira de una brillante Smith y Wesson plateada.

Cuando la mosca se decidió por la mermelada fue que estalló el disparo.

Horacio J. Godoy
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 207

José Luis XVI

Nada es más amable y peculiar que existir cada noche, antes de dormir. José Luis XVI no se acostumbra a ordenar sus pensamientos y por eso tarda un poco más. Generalmente, cuando el momento empieza a desprenderse del tiempo, no logra fijar una imagen y entonces echa a andar su carrusel. Se deja ir en una especie de cubismo y se ahoga en los muslos de Ana, en los pechos de Bertha, en la boca atrevida de su tía Rosario, en la sirvienta que se monta con el plumero en la mano, en la vecina bajándose las medias y en la maestra de inglés que cruza la pierna bajo el escritorio.
Emite un gemido de carne húmeda y se arquea como si lo atravesara un punzón al rojo vivo. Abre los ojos con expresión de súplica y, en ese momento ya no puede recordar lo que sintió. Su mente se queda quieta y sus manos le recorren el vientre. Juega con los grumos en las yemas de los dedos y de pronto, como una baba que se estira, llega a su cabeza la idea de haber nacido para nada. Se le ocurre, con la respiración profunda pero pausada, que una de sus células es del tamaño del universo y, que en millones de planetas y recámaras iguales, se encuentran millones de Joseluises XVI sospechando que cuando mueran, lo cual puede ser ahora, verán con claridad que se vive un solo segundo: el necesario.

Federico Traeguer M.
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 203

El pensador

Junto a las casas bien llenas de gente y de cosas, se alza la pequeña montaña de los niños. Durante la tarde se llena do colores, juegos y gritos; y algunos pleitos. Pero cuando cae la noche llega el pensador.

El pensador lleva melena negra, enredada, que en ocasiones tapa sus ojos. No se le ve al subir, sólo cuando ya se ha acomodado en la cima. Pasa horas enteras mirando fijamente hacia el cielo. Cuenta las estrellas, quizá. Debe saber de astrología. De pronto, algo lo distrae, y esta distracción se convierte en un nuevo objeto de reflexión.

El pensador amanece ahí, en lo más alto de la montaña de los niños. Como despertando de un gran sueño, se rasca la oreja y baja lentamente, meditando cada uno de sus pasos. Al llegar al pie de la montaña, resuelto al fin, el pensador sale corriendo en bulliciosos ladridos, tras la bicicleta del repartidor de periódicos.

Varinia Herrera
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 202