El desconocido

Me veo tendido de espaldas sobre la cama. Y a un lado de mí, con mi bata, mi gorro de dormir, mi perfume, y haciéndole el amor a mi mujer, está otro hombre. ¡Dios todopoderoso…!, y las palabras se estrellan con los dientes, se astillan, en mil ecos que retumban con los dientes, se astillan en mil ecos que retumban en las paredes húmedas del paladar y de la lengua. ¡Virgen santa…!, y la mano se derrite en sustancias temblorosas mientras se acerca para voltearlo y ver su cara. Pero el desconocido no advierte mi presencia. Nada existe para él fuera de ese cuerpo abandonado a la lujuria; ah, ese cuerpo vagabundo que ha conocido hasta los más remotos confines de mi piel. No, pero ¿qué haces? Muerdes el cuello de Rosalía exactamente como yo lo hago; ¿cómo descubriste que palabras obscenas dichas al oído, entre suspiros y mordiscos, son el ingrediente supremo de nuestro goce? El tipo es un perfecto desconocido para mí, pero coincidimos extraordinariamente: la misma talla, el mismo fuego en las manos, la misma habilidad en las artes amatorias, y, hasta el gusto por la misma mujer. Con la aguja del latido clavada en el costado izquierdo, despierto. Sigilosamente me acomodo la lado de mi mujer, y comienzo a acariciarla sin hacer caso de las protestas del desconocido que en ese momento abre los ojos.

Benito Ramírez Meza
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 225

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Encuentro

Me gustaría volver a encontrar a Beatriz.

A encontrarla con su hijito, que ya debe tener como catorce años.

A encontrarla con su hermana.

Con su hermana, que como Beatriz, son tan especiales de fieles a un solo hombre, aunque ya no convivan con él.

Con Beatriz, maternal, luchadora, kioskera. Cambiando de negocio, de trabajo, por necesidad.

Encontrarnos con quienes viajé a Córdoba en unas vacaciones, ablandando mi autito.

Con su hermano, compinche de ideas y venidas.

Con mi antigua y permanente rutina de compartir con ellos, mates, bizcochitos, una mesa familiar, cuando vivía solo.

Con mi mala costumbre de no retener amistades al pasar de los años. De no saber, por ejemplo ahora, por donde andan.

Encontrarme como proyecto, con cierta calma, paz o expansividad, que significan conservar lo que se quiere o se ha querido.

Con la suma de emociones, no la pérdida.

Con puertas que se pueden tocar, abrir, entornar: no cerradas o desconocidas.

Con calideces: no rabias por formas de ser, que se comprenden y disculpan para no sufrir.

Con soledades espontáneas como ésta, pero vacías o llenas de pena.

Eso les decía al principio.

Quisiera encontrarme conmigo.

David Ciechanover
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 224

Mi salud

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El pelo me crecía de prisa por la noche y yo amanecía envuelto en él como dentro de un nido. Pero una mañana desperté calvo. Al día siguiente comenzó a levantárseme la piel. Cada día pierdo un dedo, un diente, una oreja… y así sigo. Esto no puede durar mucho, pero mi salud es perfecta.

A. F. Molina
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 217

La primera vez

Las cucarachas, cada día crecen más las cucarachas. Antes eran chiquitas y asustadizas, huían al verme. Pero eso era antes, cuando yo aún me levantaba de la cama. Eran cucarachas rinconeras, salían exclusivamente de noche, como las putas de mis tiempos. Y yo las despreciaba igual que a ellas y las aplastaba con el zapato. Viejas descaradas, se burlaban de mí porque pasaba a su lado sin verlas, lanzando un escupitajo a sus pies. Y ellas todas pintarrajeadas y con los vestidos pegados a la carne desnuda. Las odiaba tanto como a las cucarachas; las odiaba de esquina en esquina, de noche a noche, de rincón en rincón. Después fueron saliendo más temprano. A plena luz del día salían las cucarachas de sus nidos y las putas de sus burdeles. Yo ya caminaba despacio y no me tenían miedo, ni siquiera se movían al verme pasar cojeando frente a ellas. Y cada vez eran más. Ya no aparecían en las esquinas y en los rincones, sino que se untaban de a dos, a media calle, a buscar clientes o se me atravesaban en cualquier parte de la cocina.

Enseguida invadieron la planta alta y las putas comenzaron a parecer señoritas. Una de ellas me ayudó a bajar del camión y no me enteré hasta que me entregó una tarjeta. Cuando las cucarachas empezaron a parecer putas decidí extinguirlas con un insecticida en aerosol que únicamente me provocó urticaria en aerosol que únicamente me provocó urticaria: continuaron yendo y viniendo a su antojo.

A causa de la urticaria me vendaron y a causa de la venda me salieron llagas y se me infectaron; y a causa de todo vine a dar al hospital. Mi vecino de cama está aquí por un navajazo que le dio una de aquellas mujeres. Él también se rio de mí el día que le conté que nunca tuve tratos con ninguna porque me daba asco el sexo. Desde entonces siempre que va al baño regresa con una sonrisa de triunfo, mientras yo me debato entre mis excrementos. Detrás de él vienen las cucarachas amaestradas. A una orden suya vuelan sobre mí y la mayor se posa en mi cara inmóvil y se pasea por ella. La siento caminar por mi piel sudorosa, rodear mis labios, subir por mi nariz para mirarme a los ojos y hundirse luego entre mi pelo. Las demás se meten bajo las cobijas y me cubren el cuerpo totalmente. Desde que me paralicé hacen lo mismo todos los días. Yo trato de gritar y no puedo, mas, si pudiera, nadie haría caso porque las enfermeras son unas putas ciegas que no las ven. —Cuáles cucarachas, a ver, cuáles, —me contestaban— al oírme gritar: Quémenlas, por el amor de Dios.

Hoy en la mañana escuché que estaba muerto. Una enfermera me tomó el pulso y dijo: “Está muerto”. No lo sé, no hay diferencia entre estar muerto o paralizado por el terror. Pero es la primera vez que las cucarachas se meten por mi boca abierta.

Martha Cerda
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 214