El armario

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De cada gancho un día colgado. “Cada día —me decía el viejo— se viste con un traje y un color diferentes: verde, azul, rosa —hay días, en efecto gobernados por la cursilería—, gris, negro…” Abundaban los ganchos en su armario y había seis o siete trajes adquiridos con esfuerzo, una bata a cuadros, tres pares de zapatos y una cajita de rapé donde guardaba etiquetas de puros finos y estampas pornográficas antiguas. Mostraba orgullosamente el mueble y lo acariciaba con cariño de abuelo preguntando: “¿No es hermoso?” Sí, lo era, con esa belleza esporádica que tienen de pronto todas las cosas comunes y corrientes.

Una mañana, el abuelo ya no volvió a la oficina. Al hacer la limpieza del cuarto, la sirvienta barrió y recogió los días tirados en el piso y encontró después al viejo metido en el traje negro, colgado del último gancho. Como el armario era estrecho y resultaba un problema sacar el cadáver, sirvió también de ataúd.

Luis Ignacio Helguera
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 277

La raya

Ahora ya estás tranquilo. Sí, ya lo estás no cabe duda, pero, ¿fue esa la solución o fue sólo “tu” solución? Debiste haberle hecho caso a tu mujer y no ser tan excesivamente meticuloso y cuidadoso más que los tuyos, de lo tuyo. Comprendo que reaccionaras como un animal herido cuando viste que la niña rayaba tu camioneta nueva, tan orgulloso como estabas de ella, con una corcholata de lado a lado, pero, era tu hija. ¡Tu hija! Y toma en cuenta que nunca antes le habías pegado ni le habías levantado la voz más allá del continuo mimo y consideración. Te le fuiste a la mano, a la mano que conservaba la corcholata aún; ¿le pegaste muy fuerte? (“para que no lo vuelvas a hacer”) ¿qué importa si fue fuerte o quedito? Si lo peor de todo fue la forma en que vio su dura culpa reflejada en tu enojo; en tu terrible primer enojo de padre. Una pobre y débil mortal ante la desatada furia de un Zeus ciego de ira lanzando sobre su infantil personalidad el rayo que castiga, que hiere, que destruye. ¡LA MANO!

La mano se le empezó a tullir y a secar y tú ¿arrepentido? O ¿sólo desesperado de la ineptitud de los médicos que la veían? Con ella en los brazos hallaste todos los hospitales en los que le hicieron todos los hospitales en los que le hicieron todas las radiografías, todas las punciones y todos los análisis habidos y por haber y médicos iban y médicos venían. No hubo especialista capaz de evitar la gangrena y acabaron ¿jardineros? segando de tu niña la manita en flor. “Papá” te dijo llorando cuando, fuera ya de la anestesia, se dio cuenta en la mutilación. ¡Pobre amigo mío, tú ya, para entonces, estabas tan cerca de la muerte como tu mano estaba cerca de la pistola! “Papá, papacito” y su voz era amor y sus lágrimas puñales de amor: “Diles que me vuelvan a poner mi mano y te prometo que ya no te vuelvo a rayar el coche nunca más”.

Adalberto Ramírez Melesio
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 267

Mortecina

Tengo un ataúd miniatura, con una tapa pequeñita que se levanta para ver el interior. Por fuera está forrada de raso negro. Lo saco cada día de muertos; el resto del año guardó el ataudcito en un cajón de mi closet, junto con cuatro velitas de pastel que me sirven de cirios. Las velitas las uso también en mi cumpleaños para adornar mi pastel. El día que cumplí cincuenta, mamá me hizo una fiesta con todas mis amiguitas. Una de ellas quiso llevarse una velita de recuerdo. Tuve que quitársela a mordidas. Cuando cumplí sesenta, otra amiguita escondió una vela entre sus senos. Le desgarré el vestido hasta dar con ella.

Mamá ya no quiere festejarme mi cumpleaños, dice que todas mis amigas son unas arpías. Me puse a llorar. Mamá me acarició el pelo y prometí pensarlo. Si supiera que lloro por otro motivo. Hoy en la mañana encontré el closet lleno de gusanos. El dedo que le corté a Elena en mi última fiesta, por romper una velita, se pudrió dentro del ataúd. Voy a enterrarlo en una maceta, sin que mamá se dé cuenta. Se enojaría mucho si descubriera quién rompió la vela.

Martha Cerda
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 265