Mortecina

Tengo un ataúd miniatura, con una tapa pequeñita que se levanta para ver el interior. Por fuera está forrada de raso negro. Lo saco cada día de muertos; el resto del año guardó el ataudcito en un cajón de mi closet, junto con cuatro velitas de pastel que me sirven de cirios. Las velitas las uso también en mi cumpleaños para adornar mi pastel. El día que cumplí cincuenta, mamá me hizo una fiesta con todas mis amiguitas. Una de ellas quiso llevarse una velita de recuerdo. Tuve que quitársela a mordidas. Cuando cumplí sesenta, otra amiguita escondió una vela entre sus senos. Le desgarré el vestido hasta dar con ella.

Mamá ya no quiere festejarme mi cumpleaños, dice que todas mis amigas son unas arpías. Me puse a llorar. Mamá me acarició el pelo y prometí pensarlo. Si supiera que lloro por otro motivo. Hoy en la mañana encontré el closet lleno de gusanos. El dedo que le corté a Elena en mi última fiesta, por romper una velita, se pudrió dentro del ataúd. Voy a enterrarlo en una maceta, sin que mamá se dé cuenta. Se enojaría mucho si descubriera quién rompió la vela.

Martha Cerda
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 265

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