De hadas, moderno

Cuando llego su príncipe azul, se casaron, pero no vivieron felices; él tenía una amante.

Susana Ibarra-Puig
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 26

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Voyeurista

Desde que conoció a la anciana no ha dejado de ir a verla un solo día. Sabe que en cualquier momento podría no estar ahí, y entonces no tendría dónde buscarla. Por eso se alegra tanto cada vez que la encuentra. Se entusiasma al contemplarla, ansioso porque también ella lo mire, con esos ojos profundos que observan desde tan hondo, desde tan lejos.

Su figura retorcida, forrada con jirones de tela mugrosa, parece a punto de caer fulminada por los años, por la hambruna, por la pena, acaso por la mera voluntad de no seguir viviendo… quien podría saberlo, ¿las calles que desde hace años atestiguan su miseria?

Él se regodea observándola allá afuera, del otro lado del cristal, desde donde encorva la mano en dirección al vidrio. Nunca le ha dado una sola moneda. Nunca siquiera ha bajado el cristal. Se limita a contemplarla, contento de volver a verla, extrañado de que, a sus alrededores, en los carros contiguos, nunca haya nadie que muestre placer al mirarla.

Rodrigo Pérez Rembao
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 25

Afortunadamente

El pueblo, donde crecí terminaba en el panteón, luego del cual comenzaba otro pueblo más pequeño. Cuando los hombres de este último regresaban del cine que estaba en el nuestro —casi a la media noche—, solían apresurar el paso y cantar frente al panteón.
Tal vez a causa de aquellas serenatas nunca tuvimos aparecidos, ni oímos aterradoras historias de fantasmas. Tuvimos, eso sí, un puñado de espléndidos cantantes del miedo, y un atento auditorio que nunca les aplaudió.

Fernando de J. García de León
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 23

No basta sólo una mirada

Desde el primer día que se cambió al departamento de enfrente, él le había gustado, por eso no era casual que dejara abiertas las cortinas de la sala. Se podían ver a cada momento. Cada movimiento de ella era conocido por él; y tampoco ella lo perdía de vista.

Casi era rutina que por las mañanas se sonrieran mutuamente. Durante el resto del día los departamentos permanecían vacíos; pero al caer la noche, ambos regresaban y se buscaban las miradas. Con la luz encendida se podían ver más fácilmente.

Fue una noche de esas, tres meses después de haberse mirado por primera vez, que ella tomó la iniciativa, le mostró una botella de vino, le sonrió y lo invitó con señas para que viniera a su casa.

Mientras le esperaba, ella revisó todo: su camisón de encaje transparente, la luz tenue, música suave… en cualquier momento llegaría, así que dejó la puerta entreabierta y se recostó provocativamente en el sillón. Ya faltaba poco, sí, la puerta se fue abriendo lentamente, después se cerró de golpe. Por fin estaban juntos, él se colocó detrás de ella y empezó a acariciarle el cuello, y ella… no supo más, su cuello se rompió fácil y rápidamente.

María Guadalupe Rangel Dávalos
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 19