Afortunadamente

El pueblo, donde crecí terminaba en el panteón, luego del cual comenzaba otro pueblo más pequeño. Cuando los hombres de este último regresaban del cine que estaba en el nuestro —casi a la media noche—, solían apresurar el paso y cantar frente al panteón.
Tal vez a causa de aquellas serenatas nunca tuvimos aparecidos, ni oímos aterradoras historias de fantasmas. Tuvimos, eso sí, un puñado de espléndidos cantantes del miedo, y un atento auditorio que nunca les aplaudió.

Fernando de J. García de León
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 23

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