Imparcialidad

135 top

Mucha gente describe al autor clásico alemán, Shakespeare, como perteneciente a la literatura inglesa, porque, al nacer accidentalmente en Stafford-on-Avon, se vio forzado por las autoridades de su país a escribir en inglés.

Diario nazi Deutsher Weckruf, editado en Nueva York. Julio 1940
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 86

Luis Bernardo Pérez

Luis Bernardo Pérez

Luis Bernardo Pérez

Nació en la ciudad de México en 1962. Es licenciado en Filosofía por la UNAM y se desempeña como periodista cultural. Ha ejercido la crítica literaria y cinematográfica en periódicos como Excélsior, Ovaciones, La Jornada, Unomásuno y 1900. Es autor del libro de cuentos Fin de fiesta (Times Editores), donde exploró las posibilidades del género conocido como ficción súbita o minificción. Cultiva la literatura fantástica y de terror desde una perspectiva irónica y humorística. Sus relatos han formado parte de diversas antologías, entre ellas el volumen Relatos de brujas, vampiros y hombres lobo (Reader´s Digest). En 1998 ganó el Concurso de Cuento brevísimo, convocado por don Edmundo Valadés[1].

Cuando Luis Bernardo Pérez cumplió diez años, su tía Chela le regaló una máquina de escribir de carrete marca Olivetti. En aquel entonces nadie tenía computadora en casa porque eran muy caras, grandotas y difíciles de manejar. La máquina no era nueva, pues su tía la había usado durante años para escribir los horóscopos que publicaba en revistas y periódicos. De todas maneras, funcionaba bien y le sirvió para escribir (usando sólo dos dedos) sus primeros cuentos. Cuando terminaba de escribirlos, los fotocopiaba y engrapaba para vendérselos a cincuenta centavos a sus hermanos y a sus compañeros de escuela. Ahora ya no recuerda de qué trataban esos relatos, pero hace poco, durante la presentación de su libro El gato de humo y otros felinos extraordinarios, se le acercó un señor que dijo llamarse Rogelio. Le explicó que había sido su compañero en la primaria y que una vez había leído uno de sus cuentos y nunca se lo pagó. Entonces el señor sacó una monedita de cincuenta centavos y se la entregó[2].

 

Por amor al arte

En su juventud, el distinguido cirujano plástico soñó con dedicarse a la pintura. Le encantaba visitar las galerías y los museos, y pasaba horas enteras embobado frente a reproducciones de cuadros famosos. Inclusive se atrevió a comprar telas y pinturas y tomó algunas lecciones. Sus padres, sin embargo, supieron desalentar a tiempo tal inclinación y lo convencieron de estudiar medicina. Cuando al fin se estableció, empezaron a llegar hasta su consultorio mujeres de todo el mundo interesadas en corregir algún yerro de la naturaleza o borrar las líneas que el tiempo había comenzado a gravar sobre sus rostros. El cirujano conservó siempre algo de su antigua pasión por el arte y, a la menor oportunidad, intentaba plasmarla en su trabajo. A aquella dama le puso la delicada nariz de la Venus de Boticcelli; a esa otra, el mentón suave de una madona de Rafael y a la de más allá, los pechos frutales de las odaliscas de Ingres. Su carrera terminó abruptamente cuando entusiasmado con las vanguardias, intentó reproducir sobre la cara de una paciente las facciones de las señoritas de Avignon de Picasso.

Luis Bernardo Pérez
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 84

La vida no vale nada o sin mis millones pa’qué la quiero

Las dos otra vez; había llegado la hora de la salida y, con ella, el único acontecimiento que se repetía día a día con impresionante fidelidad en su vida: tomar el saco y la bolsa del viejo perchero de la oficina, salir a la calle, llegar al puesto de pronósticos de la esquina, sacar el peso del bolsillo y decir. “Mi tris, por favor” —“¿El mismo número de siempre señorita?— “Sí, el mismo”.

Así, tomó el saco y la bolsa del viejo perchero de la oficina, salió a la calle y, antes de llegar a la esquina, encontró a un viejo y querido amigo que le invitó un café.

La emoción de encontrarlo fue tan grande que se olvidó, por primera vez en cuatro largos años, de su constante esperanza de ganar.

Al día siguiente llegó al puesto. “Hasta que se le hizo, seño, ayer salió su número, y con bolsa acumulada. ¡Ciento cincuenta millones! Pero… ¡qué hace!… No. No puede atravesar ahora. ¡Señoooo! ¡Noooo!

Martha Elba de Lara Cardona
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 83