FELIZ 2014

Valadés bebé (2)

Edmundo Valadés (Bebé)

Este Mayo de 2014, se cumplirán 50 años de la aparición del No. 1 de “EL CUENTO, Revista de imaginación” , en su segunda etapa (Mayo de 1964). En esta etapa, Edmundo Valadés agregó textos breves haciendo una analogía a lo que hacía la revista Selecciones del Readers Digest.

La visión de Valadés en “El Cuento” al incluir tales textos, no se quedó en el relleno gracioso o asombroso que persiste en la revista estadounidense. Fueron fragmentos de obras clásicas que ante el “ojo literario” de Edmundo, se leían como entes autónomas y con calidad literaria innegable.

A los pocos años de vida de la revista, y ante la dificultad de encontrar nuevos textos, el maestro convocó a los lectores a enviar textos breves. Para ese propósito creó los concursos de cuentos brevísimos. La respuesta de los lectores fue numerosa, animosa y caótica: no existía un canon establecido para los “minicuentos”, y nació en el “correo del lector”, (sitio en la revista donde hubo interacción con sus lectores, y con la celeridad que permitían las comunicaciones en esos tiempos)  un gran taller literario que tras decenios acompañó el nacimiento de cientos de escritores, ahora importantes poetas, novelistas y cuentistas, a lo largo de toda América y España.

Este año, un ciento de esos escritores se han hermanado homenajear a la revista y su creador. En poco tiempo informaremos lo que ahora se esta gestando.

Como un regalo de año nuevo, desde este día publicaremos 6 entradas con el fin de acelerar la culminación del proyecto de cubrir la totalidad de los 145 números.

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En el circo

Por una fracción de segundo, la linda trapecista llegó hasta la barra del trapecio que su compañero le había enviado. Al ir precipitándose al vacío, su instinto de conservación la hizo asirse a los hilos que teje el destino. Allí permaneció hasta que fueron en su auxilio.

Marinés Vargas
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 301

Alberto Ruy Sánchez

Alberto Ruy Sánchez

Alberto Ruy Sánchez Lacy

(Ciudad de México, 7 de diciembre de 1951)

Alberto Ruy-Sánchez Lacy nació en la ciudad de México el siete de diciembre de 1951. Hijo de padre y madre originarios del norte de México, de Sonora. Está casado con la historiadora Margarita de Orellana. Tienen dos hijos, Andrea (nacida en 1984) y Santiago (en 1987) Vivió en París ocho años, donde estudió entre otros profesores con Roland Barthes, Gilles Deleuze, Jacques Rancière, terminó un doctorado y se hizo editor y escritor. Desde 1988 codirige con Margarita De Orellana la revista Artes de México, que en dos décadas obtuvo más de ciento cincuenta premios nacionales e internacionales al arte editorial.

     En 1987, con su primera novela, Los nombres del aire recibió el más importante premio literario mexicano, el Xavier Villaurrutia, y se convirtió inmediatamente en un libro de culto, que desde entonces no ha dejado de ser reimpreso cada año. En él inicia una exploración poética y narrativa del deseo que continúan las novelas En los labios del agua (1996), que recibió en su edición francesa el prestigioso Prix des Trois Continents; Los jardines secretos de Mogador (2001), Premio Cálamo/La otra mirada (Zaragoza, 2002); La mano del fuego: un Kama Sutra involuntario (2007). Y Nueve veces el asombro (México, 2005).

      De los 20 títulos que componen su obra de narrador, poeta y ensayista destacamos también: Los demonios de la lengua (1987, nueva edición aumentada: 1998), Con la literatura en el cuerpo: historias de literatura y melancolía (1995) La inaccesible (1990), Diálogos con mis fantasmas (1997), Una introducción a Octavio Paz (1990), Premio José Fuentes Mares.

     Sus libros más recientes son La página posible, Elogio del insomnio y Decir es desear.

     Su obra ha sido traducida a varios idiomas y distinguida además por la Fundación Guggenheim en Nueva York, el Sistema Nacional de Creadores en México,  la Universidad de Louisville en Kentucky, la Fundación Tinker a través de la Universidad de Stanford en California, y el Gobierno de Francia que lo condecoró  como Oficial de la Orden de las Artes y de las Letras. En 2006 se le otorgó el Premio Juan Pablos al Mérito Editorial, la máxima distinción que un editor puede recibir en México por su trayectoria profesional. Con frecuencia imparte conferencias en Europa, África, Asia y América. Ha sido varias veces profesor invitado en Stanford University, en Middlebury College y durante cinco años dirigió el seminario taller de Creative Non Fiction en Banff Center for the Arts en Canadá.

      Sobre el autor y su obra se puede consultar en especial el sitio ALBERTORUYSANCHEZ.COM.

      Su blog: CUADERNO ABIERTO, es uno de los blogs literarios más frecuentados, con asiduos de 126 países y más de 42 mil seguidores sólo de Facebook, donde en varias páginas se sigue su obra de escritor y editor. También puede ser seguido en su dirección de Tweeter: @AlbertoRuy [1]

Narciso

Narciso enamorado de Eco, atravesó el bosque de las ninfas Cosqueándola (origen mítico de la palabra buscándola) eróticamente. De no haberla buscado así, nunca hubiese puesto atención en el hombre del estanque. Narciso contempló detenidamente al personaje del agua, lo admiró, lo deseó, pensó lo que podrían decirse, lo que podrían hacer o dejar de hacer, lo que disfrutarían juntos, todo lo que tenían en común: todo; se sintió como un reflejo del hombre del estanque.
Al primer beso ambos desaparecieron en ondas concéntricas.

Alberto Ruy
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 297

Sin decir adiós

Al salir de la casa, molesto por su terquedad, lo dejé pegado en el techo con los pies y las manos colgando. Era insoportable.

Cuando regresé, dispuesto a bajarlo al suelo, vi sólo un agujero allí donde había quedado. Era un agujero largo, un túnel que subía perforando los once pisos del edificio, a cuyo final se colaba un poco de luz y el color del cielo.

Deseché mi disgusto y reconocí su triunfo. Pero de todos modos, ese fue su mayor exceso desde que había logrado levitar.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 294

Olvidadizo

Soy así, un ser cubierto de defectos. Pero estoy por completo convencido de que el más sano y robusto de todos es el de mi distracción; este siempre me ha procurado grandes problemas. El último de ellos me hundió para siempre; nomás juzguen si no.

Estuvo lloviendo cuarenta días con sus cuarenta noches, en forma horrible. Y heme aquí, ahora que el cuerpo inflado y flotando con el agua hasta en las venas, recuerdo que yo, Noé, debía haber construido una barca…

Armando Rodríguez Dévora
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 293

Agustín Cortés Gaviño

Agustín Cortés Gaviño

Agustín Cortés Gaviño

Nació en León, Guanajuato, el 15 de febrero de 1946. Ensayista y narrador. Estudió derecho, lengua y literaturas hispánicas y la maestría en literatura iberoamericana en la UNAM. Ha sido profesor en la Escuela para Extranjeros, en la FFyL de la UNAM y en la Universidad de Guanajuato; miembro de los consejos de redacción de Xilote, Manatí y El Séptimo Sello. Colaborador de El Séptimo Sello, Manatí y Xilote. Becario del INBA, en crítica literaria, 1973.

Obra publicada

CuentoHacia el infinito, Imprenta Mexicana, 1968. || La prostitución del hada, Zendel, Lima, 1973. || Como un fantasma que buscara un cuerpo (…y otras cosas inverosímiles),Separata de la revista Xilote, Zenzontle, 1976. || El hombre que regresó de la chingada y otros regresos, Antorcha, 1978. || La parábola del obispo que quería ser papa y otros deslices semejantes, Universidad de Guanajuato (Serie Creación), 1997.

EnsayoLa novela de la contrarrevolución mexicana (La novela cristera), UNAM, 1977.

Poesía: Noctambulario, poemas 1969, Editorial Zendal, 1970.

Obra reunidaY otros regresos. Obra literaria reunida, Instituto Cultural de León/Azafrán y Cinabrio Ediciones, 2007 (Incluye los libros de narrativa: ¿De Dónde?Como un fantasma que buscara un cuerpoHacia el infinitoEl hombre que volvió de la chingada y otros regresosLa parábola del obispo que quería ser papa y otros deslices semejantes, y los poemarios Noctambulario y El flechador del cielo)[1].

La pesadilla

Dios dormía inquieto, se convulsionaba en su sueño sudaba y, de seguro, sufría.

Las bombas empezaron a caer, los hongos a levantarse, siniestros. El universo entero estaba en llamas, todo se derrumbaba entre gritos de rabia y ayes de agonía…

Dios abrió los ojos, jadeaba; suspiró aliviado, estaba despierto, la pesadilla había terminado.

Agustín Cortés Gaviño
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 286

El niño

Juanito estaba parado en la cornisa de un edificio. Cuatro pisos abajo, la gente se arremolinaba y miraba asombrada al niño que desafiaba a la altura con una sonrisa. Pasaron cuatro o cinco minutos y llegaron los bomberos y la escuadra de salvamento. Para entonces ya había aumentado el número de curiosos; algunos permanecían callados, otros gritaban. Juanito, disgustado ante el creciente bullicio, se alejó volando.

Roberto Castillo Udiarte
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 292

Omar Ospina García

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Omar Ospina Garcia

 Omar Ospina García, periodista colombiano residente en el Ecuador desde 1976, es actualmente Director/Editor de la Revista Cultural EL BÚHO, editorialista del diario HOY, de Quito, y colaborador de la Revista Mundo Diners. Fue miembro del Consejo Editorial de ambos medios, así como Jefe de Redacción de la revista Diners, profesor de Redacción Publicitaria durante cinco años en la Universidad San Francisco, de Quito, y participa como conferencista y expositor en paneles sobre temas culturales y de comunicaciones. Ha sido jurado en varios certámenes de literatura, periodismo, arte y cine, y Curador del Salón Mariano Aguilera de Arte Contemporáneo, en 2005. En 2000 obtuvo el Primer Premio –Entrevista– en el Premio Nacional de Periodismo “Jorge Mantilla Ortega”

Estudió Administración de Empresas y Filosofía y Letras en la Universidad del Valle, de Cali, Colombia (sin concluir), y un par de años de Letras en la U. Católica, de Quito. Sigue siendo “estudiante de todo y maestro de nada”.

Ha sido invitado por dos ocasiones como expositor al Encuentro Internacional de Literatura que se realiza en Cuenca cada dos años. También ejerce la crítica literaria y de cine y sus trabajos en estos temas se publican en el Ecuador en diversos medios de comunicación. Se considera, fundamentalmente, Cronista.

Ha editado en el Ecuador más de media docena de publicaciones relacionadas con el Arte, la Cultura y la Historia del país. Varios de sus cuentos han sido publicados en revistas y suplementos culturales de Colombia, Uruguay, Ecuador, México (Revista El Cuento) y Venezuela. En 2008 publicó Crónicas y Relatos, una antología de su trabajo periodístico. Tiene media docena de libros de Crónicas y Cuentos, en espera de editor… Y una novela inconclusa[1].


[1] Datos biográficos enviados por el propio Omar vía e-mail.

El concierto

Me removí inquieto en el asiento y miré en derredor los rostros extasiados y fijos en el escenario y me asaltó la idea de que estuviese sordo. Me sacó de la duda el shshshsh impaciente de mi vecino ante el intento de hablar y dirigí los ojos al banco del enorme piano de cola en el tablado, 20 metros delante de mí: estaba vacío, o al menos así lo observé yo. Y entonces resonó el aplauso estruendoso y la clamorosa petición de los asistentes: ¡otra! ¡otra!. Durante los tres minutos que duró aquello permanecí fijo en mi asiento y cuando el murmullo se fue apagando lentamente a la medida que la gente se sentaba de nuevo, mi vecino, rechoncho, blanco, canoso y de profundas entradas a los lados de la frente, me lanzó una mirada mezcla de curiosidad y desdén con sus ojillos extraños, oscuros y profundos bajo un marco sin cejas.

Otra vez el silencio reverente y diez minutos después, el aplauso ensordecedor y prolongado. Fui saliendo de la sala abriéndome paso por entre la gente mientras en mis oídos persistía el clamor de los aplausos mezclado con epítetos entusiastas y los comentarios admirativos. Ya en la calle saqué del bolsillo la parte del tiquete de entrada que me devolvió el portero y leí: Claus Von Wisherman Obras de Mozart – Bach – Wagner – Palco No. 3 asiento 35 Precio $200.00. Lo guardé nuevamente, tomé un taxi y me dirigí al Hotel. Llegué al dar las once y fui derecho al mostrador, “cuarto 520, la llave por favor”. La tomé cuando la voz delgada y clara, dijo: “un cuarto por dos días señor”, miré al dueño de la voz y los ojillos profundos, oscuros y sin cejas de un hombre semicalvo y canoso, mofletudo y de tez blanca me miraron con curiosidad.

Fue un impulso: “¿Le gustó el concierto?”. Le inquirí poniendo mi mejor sonrisa. La mirada, ahora extraña y con “aquel” brillo desdeñoso acompañó su voz: “¿Qué concierto señor? Acabo de llegar de Londres”. Creo que no alcanzó a oír mi: “perdone usted” pues se inclinó a firmar el papel que le tendía el muchacho detrás del mostrador.

Caminé hasta el ascensor y metí la mano al bolsillo del saco buscando la mitad de la entrada al concierto: no la encontré…

Omar Ospina García
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 284

La pérdida

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Y entonces Mando sintió miedo.

Miedo de no poderse explicar eso que ahora le ocurría. Pero si hacía tan sólo unos minutos que había salido de la cantina donde se pasó toda la tarde y ahora, ya en la calle, al tratar de saludar a su mejor amigo, notó que éste pasó sin reconocerle e ignorándolo por completo.

Mando tuvo un estremecimiento y sus sentidos se nublaron: y fue entonces cuando recordó algo y, con un gesto nervioso en la boca, temeroso de no llegar nunca, se arrojó en dirección de la cantina de donde acababa de salir. Y es que hasta entonces se acordó de que esa tarde, al entrar al bar, había dejado colgada de la percha del vestíbulo, su extraviada personalidad.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 282

Siga las instrucciones

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No me culpen, tuve una mala noche y es por eso que me levanté de mal humor.
Tenía que vestirme y comencé por tomar mi cabeza del buró y colocármela con sólo tres giros sobre el cuello. Los brazos pude atornillármelos con dificultad, pero por fin lo conseguí.

—¡Bah!, esta civilización automatizada, todo se consigue en lata y hasta nos dictan los tres pasos para ser felices.

Mientras pensaba esto, eché una ojeada al folleto y con dos broches de seguridad, incorporé las piernas al resto de mi cuerpo. Tomé un sorbo de café y me sentí listo para el trabajo.

Me levanté y salí, al tiempo que aventaba a la cama el folleto que antes leía, y en cuya portada se apreciaba un título:

“Ármese usted mismo en sólo cinco minutos”.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 282

Recipiente

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Siempre he tenido problemas con mi conciencia, pues en cuanto comienzo a actuar desviadamente, recrimina mi actitud.

He tratado inútilmente de acallarla, pero sigue con su parlante silencio, acusándome, buscando el menor detalle para señalarme.

Soy muy sentimental y como en mi negocio la conciencia es un lujo y un peligro, es por eso que cada vez que tengo que ir a la fábrica —los obreros, salarios bajos, explotarlos— corro el ziper que tengo en la cabeza, meto la mano en ella y saco —a regañadientes— mi conciencia. Entonces, sintiéndola aún fastidiada, la introduzco al frasco con formol.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 281

En el 2227 D. C.

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G reflexionaba. Tenía que cambiar de aspecto porque ya…

Le hastiaba tanto esa apariencia suya, tan opaca, tan inadvertida para los demás, que optó por comprarse otra.

Sus pasos lo llevaron hasta un cartón publicitario que rezaba lacónicamente una frase:

“Se confeccionan cuerpos humanos a la medida”

G vaciló en la puerta. Sabía que todo era inútil, que no soportaría la desaprobación pública ni las consecuencias de su extravagante deseo.

Y no es que fuera un cobarde. Es que habría reflexionado y comprendido con un gesto de amargura que él pertenecía a la aún discriminada clase social de los espectros.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 281

Homicidio

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Aquél día era el último para el universo y el hombre que ahora asistía para presenciar el holocausto final, era también el último de su raza.

Pacientemente vio, cómo, una a una, las distantes galaxias se extinguían con rumor grave y lejano y cómo las estrellas apagaban su brillo y los planetas explotaban con grotescas convulsiones.

Finalmente contempló el sol, que rojo y enfermizo, se hinchaba ahora como un enorme grano y reventaba con estruendo sordo y apagado.

El hombre, visiblemente fastidiado, volvió atrás la cabeza, recogió su sombra del suelo y se la echó al hombro, al tiempo que pensaba que ya no tenía razón de ser. Entonces se la llevó a la mano y con gesto de enfado la estrujó hasta reducirla a una pequeña bola que después arrojó al bote de basura más cercano.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 280

El engaño programado

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El sonido se prolongó por instantes y las cintas grabadoras frenaron su marcha.

Tomé de la computadora la tarjeta perforada y leí en aquellos redondos caracteres: —Usted morirá día 9 de este mes.

El impacto fue terrible. Estaba mi condena a muerte en aquél pedazo de cartón.

Traté de verificar los circuitos y la memoria del cerebro electrónico, pero éste seguía lanzando, una tras otras, tarjetas con la muerte impresa en ellas.

Me decidí entonces. El fallo de la máquina estaría equivocado al menos si yo me suicidaba ahora, tres días antes; así ella erraría y yo lograba dejarla en ridículo.

Cuando me pegué el tiro, el artefacto se estremeció levemente y excretó una nueva tarjeta…

—Corrección; el No. 9 se imprimió al revés. Usted muere día 6 no 9 de este mes.

Aterrado me di cuenta que había fracasado: moriría en la fecha computada.

Airosa, la máquina emitió un suave susurro que me pareció más bien una risita de satisfacción.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 280

El guaco

Chicomuselo, entre los ríos Tachinula y Yayagüita, tiene una fauna a cual más extraña: iguanas doradas que devoran rayos de sol desde la candente arena de las playas ribereñas; loros que una vez al año, en marzo, vuelan en parvadas y repiten frases obscenas; tucanes que al bañarse en los ríos los tiñen con los colores de su plumaje y monos saraguatos que se roban a los niños maleducados.

Allí conocí al Guaco.

Ya me lo habían advertido: “Si escuchas al Guaco, cállate y no respires si puedes, ni lo busques con la mirada; mantente quieto y piensa en otras cosas”.

Pero yo no pude concentrarme en algo distinto. Desde que salí de la Casa Grande para ir a pescar macabines (peces carnívoros) río arriba, pensé en Guaco.

“Es un pájaro, seguramente es un pájaro… o quién sabe qué será”, se explicaron antes de partir.

Todo el camino pensé en él. (Nunca lo hubiera hecho).

Antes de llegar al río escuché su voz: “Guaco, Guaco, Guaco”.

Me callé un momento, pero luego, respiré más aprisa y lo busqué ávidamente entre las ramas de los amates. Para descubrirlo imité su voz y grité: “Guaco, Guaco, Guaco”, hasta quedar tendido, inmóvil, a la orilla del río.

Son unos pájaros amarillos y tienen dientes diminutos y afilados en lugar de pico. Quien repite su nombre para imitarlos, se pudre por dentro en el mismo instante y emana un olor pestilente que los atrae por millares.

Uno de ellos se me paró en el entrecejo y pude ver como después de hundir sus dientecillos en mi piel, gritaba con su voz ronca: “Guaco, Guaco, Guaco”…

Leopoldo Borrás
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 277

La iniciación

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Fernando había forzado la aleta con el destornillador y había abierto la puerta del Renault. Había desconectado la luz roja del freno, había encendido el motor con un puente de alambre. Con tira emplástica y cinta aisladora, trocitos blancos, trocitos negros. Pacho había cambiado los números de la patente; había convertido el cinco en tres, el ocho en seis, el siete en nueve. El viento empujaba las olas violentamente contra los muelles y multiplicaba el estrépito de la rompiente en todo el ámbito de la ciudad vieja. Aulló la sirena de un barco; por un par de segundos, ustedes quedaron paralizados y con los nervios de punta. El Gato Romero miró el reloj. Eran las dos y media exactas, de la mañana.

No habías comido nada desde el mediodía y sentías mariposas en el estómago. El Gato te había explicado que es mejor con la panza vacía, que conviene también vaciar los intestinos, por si entra el plomo, sabés. El viento, viento de enero, soplaba caliente como desde la boca de un horno, y sin embargo un sudor helado te pegaba la camisa al cuerpo. La sueñera te paralizaba la alengua y los brazos y las piernas, pero no era sueñera de sueño. Se te había resecado la boca, sentías una flojedad tensa, una dulzura cargada de electricidad. Del espejito del Renault colgaba un diablo de alambre, que se bambolea con el tridente en la mano.

Después no reconociste tu propia voz cuando te escuchaste decir: “Si te movés, te quemo”, dejando caer como martillazos una sílaba detrás de la otra, ni tu propio brazo cuando hundiste el caño de la Beretta en el cuello del policía de guardia, ni tus propias piernas cuando fueron capaces de sostenerte sin temblar y luego fueron también capaces de correr sin darse por enteradas de una de ellas, la pierna izquierda, tenía un agujero calibre treinta y ocho que te atravesaba el tensor del muslo y manaba sangre. Fuiste el último en salir, vaciaste tres peines de balas antes de meterte a automóvil en marcha y en cada curva todo se caía y se levantaba y volvía a caer y a levantarse, las gomas mordían los cordones de las veredas, huían hacia atrás las hileras de los árboles y las caras de los edificios y el centelleo de los faroles; arrojados por el viento, los pedazos del mundo se atropellaban y se confundían y volaban en ráfagas oscuras. Y sólo entonces, cuando te quedaste hecho un ovillo y jadeando en el asiento de atrás, descubriste, extenuado y sin asombro, que la primera vez de la violencia es igual a la primera vez que se hace el amor.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 273

Garúa

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Había sido la última oportunidad. Ahora lo sabía. De todos modos, pensó, hubiera podido ahorrarme la humillación de la llamada y el último diálogo, diálogo de mudos, en la mesa del café. Sentía en la boca un sabor a moneda vieja, y piel adentro una sensación a cosa rota. No sólo a la altura del pecho, no: en todo el cuerpo: como si las vísceras se le hubieran adelantado a morir antes de que la conciencia lo hubiera resuelto. Sin duda, tenía todavía muchas gracias que dar, a mucha gente, pero se le importaba un carajo. La garúa lo mojaba con suavidad, le mojaba los labios, y él hubiera preferido que la garúa no lo tocada de esa manera tan conocida. Iba bajando hacia la playa y después se hundió lentamente en el mar sin sacarse siquiera las manos de los bolsillos, y todo el tiempo lamentaba que la garúa se pareciera tanto a la mujer que él había amado y había inventado, y también lamentaba entrar en la muerte con el rostro de ella abarcando la totalidad de la memoria a su paso por la tierra: el rostro de ella con el pequeño tajo en el mentón y aquel deseo de invasión en los ojos.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 272

Mujer que dice Chau

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Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También me llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ese fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevó los besos cuando te ibas (no estabas nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 272

Para rezar en caso de necesidad

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Hoja de tabaco que en humo te conviertes por la virtud que tú tienes y la que Lucifer te ha dado, quiero que penetres en el alma y en cuerpo de Carolino Sánchez. Que si caminando va, vea mi sombra. Que si con otra está, sienta odio y fastidio por ella y se arrastre desesperado de amor a mis pies. Yo te juro, Tito Peñalver, hueso por hueso y músculo por músculo, hasta llegar a tu miembro, para que tu naturaleza no se pueda desarrollar con ninguna otra mujer. Te juro de la cabeza a los pies por la hora de tu nacimiento, por el agua que te echaron y por la sal que te dieron a comer. Treintaitrés mil gotas de sangre tiene Casiano Macuto, el hombre que yo amo: con tres lo ato, con tres lo bebo, con tres el corazón le parto y el capataz del infierno lo ha de traer. Si tiene cabeza, que me piense; si tiene ojos, que me vea; si tiene nariz, que me huela; si tiene pies, que los pies lo traigan a la puerta de mi casa y caiga de rodillas ante mí y me suplique. Que no tenga placer si no está a mi lado, ni en la cama pueda dormir, ni en la mesa pueda comer. Santa Cruz de Cuernavaca, abogada contra rayos, centellas, tempestades, erisipela, mal de orina, paludismo, apoplejía, nube de ojos, nostalgia, dolor de muelas, flujo, quiebra de negocios, gota coral, hernia o muerte repentina, en vos confío. Consuelo de cojos, mancos, tullidos, ciegos y sordos, en vos confío. Santa Teresita, en vos confío, Espíritu de los tres mutilados, en vos confío. Espíritu del cabrito negro, en vos confío. Ánima sola, nadie te quiere, yo te quiero. Nadie te llama, yo te llamo. Nadie te necesita, yo te necesito. Estando en el infierno, Anima sola, montarás el caballo más brioso. Cabalgando irás al Monte del olivo y cortarás del árbol elegido tres ramas y se las pegarás por los cinco sentidos a Pedro Zamora para que no tenga un momento de sosiego, para que no pueda en silla sentarse, ni en cama acostarse con mujer alguna, ni blanca, ni china, ni rubia, ni negra, y corra detrás de mí como un perro rabioso y llegue a mí humillado como una mansa oveja, y se eche a mi lado. Espíritu del caballito del diablo, monta sobre tus alas a Chico Moraes dondequiera que esté, y tráemelo. Espíritu de las campanas, que Nicasio Blanco no oiga en sus oídos otro nombre sino el mío. Que sueñe conmigo, que escuche mis pasos. Hijo de puta, venid. Hijo de puta, venid. Hijo de puta, venid. Alfiler, alfiler, Santa María furiosa, os pido que me deis o me lo prestéis para que el alfiler penetre en el corazón de Nacho Salinas y no le dé tranquilidad mientras no venga humillado a mis pies. Gallo que canta, gato que maulla, Satanás, Satanás, Satanás, en vos creo, en vos creo, en vos creo. Yo te conjuro, Teófilo Prieto, por los nueve meses que tu madre te llevó en el vientre. Yo te conjunto vena con vena, nervio por nervio, como reducido te tengo a mí; yo te maldigo: que no podrás estar con mujer porque tus partes se han de secar y tus fuerzas se han de agotar por completo como se le agotaron al Divino Señor.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 271

Sueño tranquilo

Se lo dije a mi secretario, pero sonrió con sarcasmo y entró a su habitación.

No tenía alternativa, porque era muy tarde para continuar velando. Tomé un cuchillo filoso y el perol más grande que encontré; le corté el cuello a mi secretario y llené el recipiente con su sangre.

Luego volví y deposité mi cargamento en el interior de un viejo ropero vacío.

Al apagar la luz, los oí aletear e introducirse al mueble. Entonces lo cerré y me acosté a dormir, libre de aquella amenaza.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 270