Insensatez

Caminaba yo por el Paseo de la Reforma cuando algo me golpeó la pierna izquierda. Vi una cabeza rodar por la acera y detenerse ante un árbol. Fui hacia ella, estaba inconsciente. Busqué alrededor a alguien que la reclamara. Esperé ahí mucho tiempo y luego la levanté y caminé al lugar desde donde supuse que había llegado a mí.

Llevaba yo la cabeza la vista, pero nadie la reconoció. Se hacía tarde, así que la envolví con mi saco y me la llevé a casa; ahí la limpié, le curé las magulladuras, la peiné y la recosté sobre mi cama.

Me puse a observarla mientras dormía. Era muy bella. Empecé a imaginar cómo se vería sobre su cuerpo; no podía ser gorda, ni muy baja; la cabeza tenía el porte de una mujer delgada y alta, con un caminar seguro, sensual. Manos largas.

De pronto abrió los ojos, unos ojos muy verdes, brillantes. Me acerqué a ella y le pregunté cómo se llamaba, pero no se acordó. No se acordaba de nada. Le expliqué cómo había llegado hasta mis pies. Le hablé del golpe que se había dado contra el árbol y de mi decisión de llevármela conmigo. También le dije que tenía el propósito de colocarla sobre su cuerpo y cuidarla mientras eso ocurría. Ella me miraba desconcertada, fruncía el ceño y apretaba la boca para no soltarse a llorar. No pudo contenerse: lloramos los dos.

Con el tiempo nos hicimos buenos amigos; platicábamos, oíamos música, nos poníamos al sol y yo leía cuentos o poemas. Podíamos pasar horas enteras discutiendo o cantando, ella sabía todas las canciones que le pedía y hasta inventaba otras. También había días de nostalgia. Se esforzaba por recordar y yo le hacía preguntas para ayudarla.

Era una excelente compañía, pensaba que sería estupendo quedarme con ella, pero al verla tan ausente, esforzándose tanto, tenía que volver a mi antigua idea de ayudarla, aunque me daba cuenta de lo mucho que ya la quería y de que al devolverla la extrañaría demasiado.

Un día en la mañana, la cabeza, no sé por qué, dijo su nombre. Busqué en el directorio telefónico. Hablé con su padre y prometí llevársela por la tarde. Ese día lo aprovechamos al máximo. Compramos dos botellas de Beaujolais y queso holandés para nuestra comida de despedida. Escuchamos Schubert, a Edith Piaf y a Los Beatles. De nuevo lloramos.

Llegó la hora. Otra vez el ceño fruncido. Silencio. Fui caminando y de lejos vi a su padre parado a la puerta muerto de frío, esperándonos. Nos hizo pasar. Nunca le dirigió la palabra a su hija. Me preguntaba detalles del suceso y lamentaba lo mucho que ella lo había hecho sufrir al no seguir sus consejos. Decía que él se daba cuenta de que su hija tenía la cabeza cada vez más floja. Sabía que tarde o temprano la perdería. Lo repitió muchas veces hasta que le propuse colocar la cabeza en su sitio.

Su padre sacó del closet el cuerpo vestido con traje sastre obscuro y zapatos bajos. En la mano izquierda había un anillo.

Mientras su padre se encargaba de ajustar la cabeza, yo pensaba cómo haría para volverla a ver. Cuando su padre terminó, ella se levantó, nos besó a los dos y saltó por la ventana. Abajo vimos rodar la cabeza, los brazos, las piernas, poco a poco, cada parte hasta el río.

Adriana Serdán
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 225

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