Llaman…

¿Golpecitos en su ventana…? Despierta sobresaltado: ¿qué? ¿quién? Los ruidos cesan. Las cobijas amontonadas hacia la piesera se resisten pero al fin logra cubrirse nuevamente e intenta dormir. De pronto ve a la mujer que las últimas mañanas ha cruzado su camino. Él no ha encontrado la manera ni el valor para hablarle pero ha podido fijar sus rasgos, figura esbelta y grácil, sonrisa enigmática y, sobre todo, mirada entre dulce y lánguida que inspira fantásticos encuentros. Todo se hace más aparentemente por el color verde-gris de los ojos que aunque parecen distantes le son muy atrayentes. Repasa las facciones, los labios entreabiertos, el inferior carnoso y delicadamente prominente, como diciendo: ¡soy y quiero! ¿Y él?

Su respiración, pausada al principio, se hace rápida y profunda. La mujer se acerca, se magnifica y se vuelve palpable. La tersura de la piel se le adhiere a las palmas, la turgencia de las formas responde a su búsqueda, suaves vertientes, prominencias y oquedades se suceden voluptuosamente pero la cara… la cara no cambia, impasible la sonrisa y lejana la mirada. Sus manos se mueven solas, instintivas se encuentran, se frotan y como si otras manos las guiaran, lo alcanzan urgentes. Él la nombra, le dice cosas y reclama su atención, pero ella no parece darse cuenta.

Desconcertado llega apenas a un orgasmo vago y plañidero. Cansado, más no satisfecho, se lía en las cobijas y procura dormir, pero el color marino de los ojos se le viene encima vertiginosamente, le inunda el espacio y lo ahoga en la negrura de las pupilas dilatadísimas por la excitación… ¡golpean suavemente en su ventana del piso seis!

Daniel Vasconcelos
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 239

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Hermanas

—Cerrá esa puerta o se llenará de polvo la habitación—. Y qué, respondió Gabriela, pero de cualquier forma dio un portazo que hizo vibrar las chucherías colocadas pretenciosamente sobre el bargueño. La foto de Goyo giró un poco sobre su soporte y pareció dirigirle una irónica sonrisa.

Alcira volvió a colocarla de forma que quedara mirando hacia el ángulo menos transitado de la habitación, para no sentirse importunada por aquella mirada arrogante y comenzó el rito diario, tedioso, de quitar el polvo a los muebles, a los cuadros, a los adornos, a los marcos de las ventanas, a las puertas. Sobre los vidrios, por la mañana, quedaba siempre una pátina opaca que velaba un paisaje igualmente opaco, deslucido, monótono. Todo tenía el mismo color. En la piel y en la sangre… hasta el alma parecía habérseles impregnado de esa sustancia turbia, que, como el polvo en un líquido puro, borra toda transparencia.

Obstinadamente, Alcira barría, frotaba, pasaba el plumero, con la cabeza perpetuamente cubierta con un pañuelo de algodón atado en la nuca. Horas después el polvo volvería a cubrirlo todo con una persistencia maligna.

—¿Vendrá? —preguntó Gabriela, con un tono ausente, mientras roía la uña destrozada de su pulgar.

—¿Quién? —preguntó Alcira, deteniéndose un segundo con un tomo de su viejo diccionario en la mano.

—Goyo.

—Ni lo sueñes —replicó mientras volvía el diccionario desempolvado a su lugar. —Será mejor que lo olvides y empieces a pensar en que no te moverás de acá, si no es por tus propios medios.

—Pero cómo —pensó, sin llegar a decirlo, demasiado perezosa para pensar siquiera en hacer un esfuerzo.

Por la tarde las dos se ponían a trabajar en sus chucherías. De polvo y agua salían aquellas cosas minúsculas e imperfectas de las cuales vivían. El horno estaba en los fondos de la casa y formaba una unidad indestructible con las gallinas, el tendedero de la ropa, la higuera y el álamo, que en otro lugar hubiera tenido un resplandeciente tono verde o dorado, según fuera otoño o primavera. Pero ahora era invierno y estaba desnudo y seco, como un muerto.

A las siete tomaban un té con pan y manteca, o alguna otra cosa que hubiera quedado del mediodía. Luego venía Nicolás y retiraba las cerámicas esmaltadas, y siempre decía lo mismo: —Esto se acabará, chicas… vayan pensando en otra cosa—.

—Pensaremos, ya lo pensaremos —contestaba Alcira invariablemente, mientras guardaba la arcilla en un fuentón de lata y la cubría con arpillera húmeda. Luego limpiaba los pinceles y tapaba, uno a otro, todos los esmaltes.

—Algún día me dedicaré sólo a la escultura —solía soñar en voz alta mientras se dirigían a la estación, siempre a la misma hora, para ver pasar el tren de las ocho.

En pocos minutos recorrían el tramo que separaba la casa de la estación del ferrocarril. Y les gustaba estar así, sentadas una junta a otra, esperando.

A veces el tren demoraba y ambas sentían que una blanda agonía caía sobre ellas. Mudas, tiesas, fijaban sus ojos en esa niebla oscura, hecha el viento y polvo que velaba todas las cosas. Y cuando aparecía el brillante faro de la locomotora, a lo lejos, las dos sentían que un vago anhelo alimentaba sus vidas. Entonces Gabriela en un susurro soplaba sobre el helado cuello de Alcira un ¿vendrá? Que sonaba tan lento y ronco como el viento.

—Claro que no —respondía Alcira, aunque secretamente ella también esperaba. ¿Qué? No lo sabía y, sin embargo, la Era del Derroche llegaría a su fin. En algún momento cesaría su aliento y la rutilante burbuja iría a estrellarse sobre el polvo. En algún momento dejarían de creer y entonces abrirían las ventanas, para que la tierra, lenta, implacablemente, lo cubriera todo, todo.

María Alicia Escobar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 229

Edipo

Yocasta no quiere que la bese, pero cuando estamos solos corresponde furiosamente a cada uno de mis besos.

Ella me dice que el tiempo devorará su atractivo, y que voy a olvidarla entre sonrisas jóvenes, mórbidos cuerpos y las profecías de Teresías.

Yo no le temo a las esfinges, no hay acertijos que no pueda resolver, ni oráculos marcando mi camino. Incluso a veces he retado a los dioses; no me escucharon o quizá son ellos los que temen.

Yocasta respeta sus designios, así como desconfía tenazmente del futuro, yo le digo que en esta sucesión de presentes que vivimos, el azar es la única cosa digna de confianza.

Amo de Yocasta sus temores, la sonrisa impredecible, su cuerpo donde habitan los placeres y amo también sus ojos grandes, porque allí me reflejo olvidando junto a ella todas las dimensiones temporales.

Esta vez no habrá muertes, ni ceguera, ni ceguera, ni arrepentimientos posteriores. A fin de cuentas conocemos nuestra historia y hemos analizado exhaustivamente las teorías freudianas.

José Luis Velarde
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 226