Pleamar

“Viejo Océano, eres el símbolo
de la identidad”.
Conde de Lautreamont

Un tiempo, un tiempo unívoco e incontrastable necesitaba Martín para reponerse de aquella fatalidad de tanto sol. Sentía —era una sensación recurrente— la perpetuidad de aquellos movimientos escénicos entumeciéndole las pantorrillas, estrechándole las manos, limitándole el habla. Caminaba fastidiado, con cierto desasosiego, pero no representaba. No esta vez que la constante de su soledad lo devolvía —como a esos guijarros que depositaba el mar— a pensamientos únicos, originales.

El mar estaba laxo y en gran retirada arrojaba la resaca espumosa, lívida, cediendo al viento. Nuevamente al mar, ese imaginado telón azulenco de flamígeros destellos (brevísimos), lo remitía al impulso último de toda actuación.

Avanzó entonces hasta donde la playa formaba una curiosa depresión rectangular, acaso un escenario, y quedó ensimismado en un montículo macilento, inorgánico, que apenas se cubría de arena. Permaneció unos segundos hasta que el viento fue renovando las partículas que ocultaban lo que adivinó había sido un pez. Se agachó, lo tomó con la mano derecha hasta elevarlo a la altura de la línea del horizonte y memorizó una letra desconocido: “actuamos, nada tiene una convicción de vida”.

La tarde, por ese viento bajo y arrachado, esa ventisca suplicante tan común en aquellas playas, había comenzado a destemplarse. El aleteo sordo de los cormoranes se escuchó muy tenue. “Como un aplauso”, comparó Martín. Y suspendió su vista bien alto, igual que siempre y que todas las noches. El rumor se extendió lentamente. Comprendió al fin que la tarde se iba y que las articulaciones le dolían menos. Tomó aire y caminó hasta donde la arena se humedecía. La situación le pareció repetida, los detalles también.

“Todo habrá pasado”, pensó.

Y se internó para nunca más volver.

Juan Gabriel Bañez
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 244

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El espejo

Para los de la 181.

Era muy tarde, los rayos del sol penetraban por los vidrios opacos. La pesadez le corroía la cabeza. Intentó levantarse, le fallaron las fuerzas y dio con su humanidad en el piso de duelas sin pulir. Entre cáscaras de fruta y botellas vacías de cerveza, durmió otro rato. Casi se ocultaba el sol cuando volvió a despertar. Recordó que tenía que entregar su colaboración al diario, buscó entre sus hojas. Ahí estaba. Por enésima vez lo revisó. No le gustaba mucho, pero era todo lo que había hecho en la semana. Era un cuento pequeño, donde la trama versaba sobre un hombre que, al igual que él se hallaba desesperado y se había suicidado, colgándose de la viga de su casa, frente al espejo, para ver cómo se moría un cristiano.

Buscó ropa limpia, se bañó, rasuró, peinó y se arregló lo mejor que pudo. Tomó sus hojas escritas y por última vez se miró en el espejo. Cuando se retiró de él, su imagen pendía de una soga…

Simón Ramírez Romero
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 243

Homero Flores

Homero Flores

Ángel Homero Flores Samaniego

Físico por la Facultad de Ciencias de la UNAM; Maestro y Doctor en Ciencias con especialidad en Matemática Educativa por el Cinvestav del IPN (Depto. de Matemática Educativa). Profesor de Tiempo Completo Titular C en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM en el área de Matemáticas. Coordinador del Seminario de Evaluación Alternativa en Matemática (CCH). Responsable Académico del Proyecto de Investigación Educativa Aprender Matemática, Haciendo Matemática: Investigación en el Aula.

Además de su actividad como profesor de matemática e investigador en Educación Matemática, el profesor Flores ha incursionado en la literatura como cuentista y poeta. En este ámbito posee un libro de poemas: De paso por la tierra y un libro de cuentos para niños: Ángel, historias de un diablillo, ambos sin publicar.

Como colaborador de la revista MX Sin Fronteras se hizo cargo de la sección La Música del Otro Lado y publicó algunas historias de ciencia ficción en la revista Assimov en español de la cual fue integrante del comité editorial y traductor[1].


[1] Datos enviados por el propio autor por e-mail.

Olvido: una pequeña omisión

El veintitrés de diciembre fue tu cumpleaños. Él no lo recordó, menos aún al día siguiente. Acababa de despertar de una borrachera suicida, sobre un lecho de arena. El mar estaba intranquilo, vociferaba no sé qué maldiciones en su lenguaje líquido. De rodillas ante el horizonte esmeralda, mirando el mar picado, con el sol alto de mediodía lamiéndole la espalda desnuda, no podía recordar que un año atrás, en tu fiesta de cumpleaños, había conocido la sonrisa de tus ojos y el tacto suave de la piel de tu cuello. Esa noche se había combatido el frío con gruesos chaquetones y tragos de mezcal. Llegó a la casa donde te celebraban, un poco aterido y un mucho aturdido. Por primera vez te saludó con efusión y te estrechó en sus brazos; esa noche nació en su conciencia la decisión de hacer suyo tu cuerpo delgado, tu voz transparente. Esa noche primigenia, noche aquella de vientos helados, callejones oscuros y ademanes hostiles. Noche de pastorcillos de barrro, odas, andas; de borricos y niños Jesús, de posada final con olor a parafina líquida y pólvora quemada. Noche olvidada en la noche del tiempo. ¿Cómo recordarla con la perspectiva de una navidad atea en la playa?

La fogata estaba casi apagada, era sólo un montón de brasas coronadas por un penacho de llamas. Se encontraba al lado de Silvia, sentado en la arena seca. Miraba adormilado el cielo oscuro, tachonado de estrellas. Como lo hizo contigo tantas veces, recorrió con la mirada el cuerpo de Silvia, sus piernas desnudas, la falda descansando en el nacimiento de los muslos. Miró su cara, sus ojos cerrados, su expresión tranquila. Adivinó en la penumbra la dura protuberancia de los senos. Un deseo creciente se apoderó de él. Posó la mirada en el bulto informe de la falda. Como lo hizo contigo tantas veces pero sin compararte con ella, imaginó la tibieza húmeda de sus entrañas en ese sitio. Más tarde hicieron el amor. Caminaron un trecho por la playa, ella chapoteaba en el agua, el abrazaba su cintura. Permanecieron desnudos uno al lado del otro, bajo la claridad naciente del alba. La sensación de los labios de Silvia recorriendo su pecho y su vientre permaneció mucho tiempo. No se fue cuando comenzó a acariciarla con las manos llenas de arena, ni cuando ella le pidió que lo hiciera con cuidado cuando la penetró de nuevo; no desapareció cuando rodaron abrazados, sobre la aspereza de lija de su lecho, ni cuando en tu kilométrica ausencia el insomnio te mantenía con la luz encendida, escuchando el silbido del viento al pasar entre las ramas de la jacaranda del patio, al filtrarse por las rendijas de la ventana; pensando en lo sola que pasaste los últimos días, pensando en él, en la tarde anónima en que hicieron el amor en la penumbra de su cuarto, con el llanto apelotonado en tu garganta, el olor de sus cuerpos sudorosos y el placer que te atenazaba las entrañas al presentarse por vez primera con toda su intensidad. Nadaron un poco, ya cuando la playa comenzaba a poblarse de bañistas ruidosos. Se despidieron frente al hotel, no pensó en ti cuando la vio marcharse; no te pensó, ni aún en ese momento, cuando te bañabas después de no dormir en toda la noche y haberte masturbado, llorando en silencio, pensando en él.

Homero Flores Samaniego
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 237