Olvido: una pequeña omisión

El veintitrés de diciembre fue tu cumpleaños. Él no lo recordó, menos aún al día siguiente. Acababa de despertar de una borrachera suicida, sobre un lecho de arena. El mar estaba intranquilo, vociferaba no sé qué maldiciones en su lenguaje líquido. De rodillas ante el horizonte esmeralda, mirando el mar picado, con el sol alto de mediodía lamiéndole la espalda desnuda, no podía recordar que un año atrás, en tu fiesta de cumpleaños, había conocido la sonrisa de tus ojos y el tacto suave de la piel de tu cuello. Esa noche se había combatido el frío con gruesos chaquetones y tragos de mezcal. Llegó a la casa donde te celebraban, un poco aterido y un mucho aturdido. Por primera vez te saludó con efusión y te estrechó en sus brazos; esa noche nació en su conciencia la decisión de hacer suyo tu cuerpo delgado, tu voz transparente. Esa noche primigenia, noche aquella de vientos helados, callejones oscuros y ademanes hostiles. Noche de pastorcillos de barrro, odas, andas; de borricos y niños Jesús, de posada final con olor a parafina líquida y pólvora quemada. Noche olvidada en la noche del tiempo. ¿Cómo recordarla con la perspectiva de una navidad atea en la playa?

La fogata estaba casi apagada, era sólo un montón de brasas coronadas por un penacho de llamas. Se encontraba al lado de Silvia, sentado en la arena seca. Miraba adormilado el cielo oscuro, tachonado de estrellas. Como lo hizo contigo tantas veces, recorrió con la mirada el cuerpo de Silvia, sus piernas desnudas, la falda descansando en el nacimiento de los muslos. Miró su cara, sus ojos cerrados, su expresión tranquila. Adivinó en la penumbra la dura protuberancia de los senos. Un deseo creciente se apoderó de él. Posó la mirada en el bulto informe de la falda. Como lo hizo contigo tantas veces pero sin compararte con ella, imaginó la tibieza húmeda de sus entrañas en ese sitio. Más tarde hicieron el amor. Caminaron un trecho por la playa, ella chapoteaba en el agua, el abrazaba su cintura. Permanecieron desnudos uno al lado del otro, bajo la claridad naciente del alba. La sensación de los labios de Silvia recorriendo su pecho y su vientre permaneció mucho tiempo. No se fue cuando comenzó a acariciarla con las manos llenas de arena, ni cuando ella le pidió que lo hiciera con cuidado cuando la penetró de nuevo; no desapareció cuando rodaron abrazados, sobre la aspereza de lija de su lecho, ni cuando en tu kilométrica ausencia el insomnio te mantenía con la luz encendida, escuchando el silbido del viento al pasar entre las ramas de la jacaranda del patio, al filtrarse por las rendijas de la ventana; pensando en lo sola que pasaste los últimos días, pensando en él, en la tarde anónima en que hicieron el amor en la penumbra de su cuarto, con el llanto apelotonado en tu garganta, el olor de sus cuerpos sudorosos y el placer que te atenazaba las entrañas al presentarse por vez primera con toda su intensidad. Nadaron un poco, ya cuando la playa comenzaba a poblarse de bañistas ruidosos. Se despidieron frente al hotel, no pensó en ti cuando la vio marcharse; no te pensó, ni aún en ese momento, cuando te bañabas después de no dormir en toda la noche y haberte masturbado, llorando en silencio, pensando en él.

Homero Flores Samaniego
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 237

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s