El compadre Molina

Antes de venir a verte, maté al compadre Molina. No te asustes, dentro de lo que cabe creo que no padeció. Nomás se le fruncieron los labios y luego se fue padelante sin soltar un pujido. Allí mismo, frente al estero de las mojarras, hice un pozo bien hondo y lo enterré amortajado con el suadero de su caballo. ¿Tas oyendo? No me veas con esos ojotes de vaca recién parida, al fin y al cabo el difunto ya descansa en paz y a mí no me queda otra que volver con los carrancistas del general Patiño; si me quedo aquí, capaz que me afusilan. Me vine de Coahuila pensando en el gusto que te iba a dar, pero apenas me acerqué al pueblo, me dieron el chisme. ¡Qué lástima! Más de tres veces el compadre Molina me sacó de apuros; no se rajaba nunca, ni con pesos ni con el máuser y menos si se les ponía enfrente una vieja franjolina como tú. No, no te arrecholes en ese rincón, no te voy a pegar, aunque me gustaría amarrarte a las trancas del chiquero y que tragaras lo mismo que los puercos.

Agarra tus tiliches y lárgate que ya no aguanto las ganas de reír a carcajadas por el último favor de mi amigo. No sé cómo diantres te metiste con él. ¿Recuerdas la llaga que el compadre traía más enconada que el piquete de un pinolillo? ¿Te acuerdas de sus dolores de cabeza y de lo amolado que estaba por las riumas? Ojalá que sí, porque ora te va a pasar lo mismo; él ya no tenía remedio: se hubiera muerto de esa enfermedad que pegan las pirujas.

José Luis Velarde
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 254

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