Luces

Vaciarme en palabras, dibujarme en letras. Pero si me miro en fragmentos, me indago en pedazos. Me defino y a la vuelta de la esquina me descubro distinta. A veces me veo como un estallido de palabras que rebotan huecas como los ruegos en las cúpulas de las iglesias, otras como un atajo de pelo obscuro que no se deja peinar, que se acomoda a su antojo, lacio, terco, enredado en la espalda y que se quiebra para no cubrirme ¿para no ahogarme?

Tengo la piel muy blanda por dentro y ahí atesoro lo querido en el desorden de los años, en los días de sol y de lluvia, de una tarde en Irlanda. Soy una historia de Coyoacán donde crecí atónita al descubrirme en las formas de las rocas y en los ojos de animales asustados.

Puedo decirte que tengo veintiocho años en el cuerpo y un infinito de noches de luna en vela para ver cómo nace el día, para ver algún día cómo nací yo, la mitad de Luz y Emilia, porque dicen que nací doble y que la otra parte de mí se ahogó para que yo viviera.

Con unos ojos sin fondo, de todos los colores, me gusta mirar el agua que resbala siempre diversa en las hojas de muchos verdes en las que no escribo. Tengo en la memoria el olor de la ropa limpia que evoca la noche previa al colegio de monjas agarradas, de pechos ocultos entre vendas de deseos, almas cautivas de los corredores de cemento en la vieja escuela de niñas ricas que rezan entre risas.

En mis dedos guardo el olor de la mano partida de mi nana que olía a ajo y a naranja cuando después del desayuno me llevaba a misa de ocho a San Antoñito. Me llevaba a la fuerza, porque la mañana del domingo me daba una horrible nostalgia y prefería hacerme bolita entre las sábanas a mirar la cara herida de sangre del cristo atrapado en el cristal. Y guardo también entre mis dedos la tibieza de una luz que recogí en unos muslos colmados de historia y de saber que me hicieron canto de agua, una luz que se fue con la noche y no regresó.

Tengo la nariz larga como la de los antepasados muertos en los retratos que mi abuelo colgó en la biblioteca, larga e intolerante al polvo de os libros, como la de mi padre, que me enseñó a apreciarlos a su manera y que con los años descubrí que no era la mía.

Pero lo que más me gusta de mi cara es mi boca golosa que ha probado los dones del mar y de la tierra sin agotarlos, mi boca desobediente que habla y habla, por lo que seguramente no engordo y ando como un hilo de viento. Me gusta ir dejando mis pasos regados por las calles, para que suenen, porque no quiero que me olviden y porque a mi último refugio debajo de la tierra quiero llevarme una cascada de recuerdos para hacerme así la ilusión de que viví mucho, de que viví.

Luz Emilia Aguilar Zinser
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 259

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