Falla imposible

Obsesivamente se obligaba a ser puntual, muy puntual en todas sus tareas. Cumplía sus compromisos con el mismo rigor durante las veinticuatro horas. Tan exacto era, que al llegar a su última cita un minuto tarde, tuvo que atrasar su reloj sesenta y un segundos, para morir a tiempo.

Gonzalo J. González Calzada
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 301

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