Visita al psicoanalista

Me encuentro recostado, sin quererlo, en un sofá, analizando las grietas del techo y formando figuras con ellas. Admiro, a través del ventanal, las nubes que flotan. Me asombro de su intensa blancura que contrasta con el claro azul del cielo. ¿Por qué se mueven tan rápido si en el consultorio el tiempo transcurre tan lentamente?

Desganado, adormecido, el psicoanalista interrumpe mis pensamientos con un forzoso: “¿En qué piensas?”

¡Odio la intromisión! Considero que pierde su tiempo con mi caso y que está consciente de ello.

¿Cómo explicarle que he encontrado una gallina en el techo?

Silencio. Prefiero no responder, sino crear figuras con las grietas del techo gris. Es divertido: además de la gallina, su polluelo, un borrego, un papalote…

Sin darme cuenta, grito. Emito un alarido, largo, estridente, insoportable, agudo… interminable. Me incorporo estupefacto.

El psicoanalista se despabila rápidamente. No sale de su asombro cuando mira, perplejo, como del techo se desprenden la gallina, su polluelo, el borrego, un papalote…

María Luisa Pérez Tovar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 297

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