Cierta mañana

Mamá levantó la almohada. Un caballito de azúcar se ocultó bajo las sábanas. Suspiró fastidiada y de un manotazo arrancó la sábana. Sí. Ahí estaban: mariposas de papel, caballos alados, peces de colores, pequeños elefantes verdes, flores de cristal, insectos metálicos.
Mamá ladeó la cabeza, puso las manos en la cintura y un coraje viejo le fue iluminando la mirada.

—Gabriel —gritó de repente—, Gabriel, escuincle del demonio, ¡otra vez soñando con los ojos abiertos!

Virginia del Río
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 310

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