Mujer que dice Chau

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Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También me llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ese fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevó los besos cuando te ibas (no estabas nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 272

Para rezar en caso de necesidad

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Hoja de tabaco que en humo te conviertes por la virtud que tú tienes y la que Lucifer te ha dado, quiero que penetres en el alma y en cuerpo de Carolino Sánchez. Que si caminando va, vea mi sombra. Que si con otra está, sienta odio y fastidio por ella y se arrastre desesperado de amor a mis pies. Yo te juro, Tito Peñalver, hueso por hueso y músculo por músculo, hasta llegar a tu miembro, para que tu naturaleza no se pueda desarrollar con ninguna otra mujer. Te juro de la cabeza a los pies por la hora de tu nacimiento, por el agua que te echaron y por la sal que te dieron a comer. Treintaitrés mil gotas de sangre tiene Casiano Macuto, el hombre que yo amo: con tres lo ato, con tres lo bebo, con tres el corazón le parto y el capataz del infierno lo ha de traer. Si tiene cabeza, que me piense; si tiene ojos, que me vea; si tiene nariz, que me huela; si tiene pies, que los pies lo traigan a la puerta de mi casa y caiga de rodillas ante mí y me suplique. Que no tenga placer si no está a mi lado, ni en la cama pueda dormir, ni en la mesa pueda comer. Santa Cruz de Cuernavaca, abogada contra rayos, centellas, tempestades, erisipela, mal de orina, paludismo, apoplejía, nube de ojos, nostalgia, dolor de muelas, flujo, quiebra de negocios, gota coral, hernia o muerte repentina, en vos confío. Consuelo de cojos, mancos, tullidos, ciegos y sordos, en vos confío. Santa Teresita, en vos confío, Espíritu de los tres mutilados, en vos confío. Espíritu del cabrito negro, en vos confío. Ánima sola, nadie te quiere, yo te quiero. Nadie te llama, yo te llamo. Nadie te necesita, yo te necesito. Estando en el infierno, Anima sola, montarás el caballo más brioso. Cabalgando irás al Monte del olivo y cortarás del árbol elegido tres ramas y se las pegarás por los cinco sentidos a Pedro Zamora para que no tenga un momento de sosiego, para que no pueda en silla sentarse, ni en cama acostarse con mujer alguna, ni blanca, ni china, ni rubia, ni negra, y corra detrás de mí como un perro rabioso y llegue a mí humillado como una mansa oveja, y se eche a mi lado. Espíritu del caballito del diablo, monta sobre tus alas a Chico Moraes dondequiera que esté, y tráemelo. Espíritu de las campanas, que Nicasio Blanco no oiga en sus oídos otro nombre sino el mío. Que sueñe conmigo, que escuche mis pasos. Hijo de puta, venid. Hijo de puta, venid. Hijo de puta, venid. Alfiler, alfiler, Santa María furiosa, os pido que me deis o me lo prestéis para que el alfiler penetre en el corazón de Nacho Salinas y no le dé tranquilidad mientras no venga humillado a mis pies. Gallo que canta, gato que maulla, Satanás, Satanás, Satanás, en vos creo, en vos creo, en vos creo. Yo te conjuro, Teófilo Prieto, por los nueve meses que tu madre te llevó en el vientre. Yo te conjunto vena con vena, nervio por nervio, como reducido te tengo a mí; yo te maldigo: que no podrás estar con mujer porque tus partes se han de secar y tus fuerzas se han de agotar por completo como se le agotaron al Divino Señor.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 271

Sueño tranquilo

Se lo dije a mi secretario, pero sonrió con sarcasmo y entró a su habitación.

No tenía alternativa, porque era muy tarde para continuar velando. Tomé un cuchillo filoso y el perol más grande que encontré; le corté el cuello a mi secretario y llené el recipiente con su sangre.

Luego volví y deposité mi cargamento en el interior de un viejo ropero vacío.

Al apagar la luz, los oí aletear e introducirse al mueble. Entonces lo cerré y me acosté a dormir, libre de aquella amenaza.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 270

Experiencia

Yo no conocía el mar. Me habían contado que era hermoso, que su brisa contenía yodo, y fuente de inspiración de numerosos poetas y músicos, fue un tiempo.

Visité una playa cercana movido sólo por la curiosidad. Numerosas mujeres cubiertas con diminutas prendas exponían sus cuerpos a los rayos del sol corriendo el riesgo de sufrir serias quemaduras —ignoro el motivo que las impulsaba a hacerlo—; parejas entrelazadas de hembras y varones besaban sus bocas, no sabiendo que con ellos sus organismos se transmitían mutuamente millones de microbios, peligrosos para su salud; mucha basura regada por toda la playa, así como turistas vestidos en forma estrafalaria, restaban estética al espectáculo de la vista del mar.

Abandoné mi posición de observador, para sumergirme en el agua. Noté que algunas personas me miraron extrañadas, pero decidí no hacerles caso, pensando que tal vez les llamaría la atención el que yo no usara traje de baño. Nadé todo el día —lo recuerdo bien.

Hoy, después de más de un año de estar recluido en nuestro hospital, lo supe: nosotros los robots no podemos mojarnos.

Armando Rodríguez Dévora
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 269