Sueño tranquilo

Se lo dije a mi secretario, pero sonrió con sarcasmo y entró a su habitación.

No tenía alternativa, porque era muy tarde para continuar velando. Tomé un cuchillo filoso y el perol más grande que encontré; le corté el cuello a mi secretario y llené el recipiente con su sangre.

Luego volví y deposité mi cargamento en el interior de un viejo ropero vacío.

Al apagar la luz, los oí aletear e introducirse al mueble. Entonces lo cerré y me acosté a dormir, libre de aquella amenaza.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 270

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