El engaño programado

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El sonido se prolongó por instantes y las cintas grabadoras frenaron su marcha.

Tomé de la computadora la tarjeta perforada y leí en aquellos redondos caracteres: —Usted morirá día 9 de este mes.

El impacto fue terrible. Estaba mi condena a muerte en aquél pedazo de cartón.

Traté de verificar los circuitos y la memoria del cerebro electrónico, pero éste seguía lanzando, una tras otras, tarjetas con la muerte impresa en ellas.

Me decidí entonces. El fallo de la máquina estaría equivocado al menos si yo me suicidaba ahora, tres días antes; así ella erraría y yo lograba dejarla en ridículo.

Cuando me pegué el tiro, el artefacto se estremeció levemente y excretó una nueva tarjeta…

—Corrección; el No. 9 se imprimió al revés. Usted muere día 6 no 9 de este mes.

Aterrado me di cuenta que había fracasado: moriría en la fecha computada.

Airosa, la máquina emitió un suave susurro que me pareció más bien una risita de satisfacción.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 280

El guaco

Chicomuselo, entre los ríos Tachinula y Yayagüita, tiene una fauna a cual más extraña: iguanas doradas que devoran rayos de sol desde la candente arena de las playas ribereñas; loros que una vez al año, en marzo, vuelan en parvadas y repiten frases obscenas; tucanes que al bañarse en los ríos los tiñen con los colores de su plumaje y monos saraguatos que se roban a los niños maleducados.

Allí conocí al Guaco.

Ya me lo habían advertido: “Si escuchas al Guaco, cállate y no respires si puedes, ni lo busques con la mirada; mantente quieto y piensa en otras cosas”.

Pero yo no pude concentrarme en algo distinto. Desde que salí de la Casa Grande para ir a pescar macabines (peces carnívoros) río arriba, pensé en Guaco.

“Es un pájaro, seguramente es un pájaro… o quién sabe qué será”, se explicaron antes de partir.

Todo el camino pensé en él. (Nunca lo hubiera hecho).

Antes de llegar al río escuché su voz: “Guaco, Guaco, Guaco”.

Me callé un momento, pero luego, respiré más aprisa y lo busqué ávidamente entre las ramas de los amates. Para descubrirlo imité su voz y grité: “Guaco, Guaco, Guaco”, hasta quedar tendido, inmóvil, a la orilla del río.

Son unos pájaros amarillos y tienen dientes diminutos y afilados en lugar de pico. Quien repite su nombre para imitarlos, se pudre por dentro en el mismo instante y emana un olor pestilente que los atrae por millares.

Uno de ellos se me paró en el entrecejo y pude ver como después de hundir sus dientecillos en mi piel, gritaba con su voz ronca: “Guaco, Guaco, Guaco”…

Leopoldo Borrás
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 277

La iniciación

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Fernando había forzado la aleta con el destornillador y había abierto la puerta del Renault. Había desconectado la luz roja del freno, había encendido el motor con un puente de alambre. Con tira emplástica y cinta aisladora, trocitos blancos, trocitos negros. Pacho había cambiado los números de la patente; había convertido el cinco en tres, el ocho en seis, el siete en nueve. El viento empujaba las olas violentamente contra los muelles y multiplicaba el estrépito de la rompiente en todo el ámbito de la ciudad vieja. Aulló la sirena de un barco; por un par de segundos, ustedes quedaron paralizados y con los nervios de punta. El Gato Romero miró el reloj. Eran las dos y media exactas, de la mañana.

No habías comido nada desde el mediodía y sentías mariposas en el estómago. El Gato te había explicado que es mejor con la panza vacía, que conviene también vaciar los intestinos, por si entra el plomo, sabés. El viento, viento de enero, soplaba caliente como desde la boca de un horno, y sin embargo un sudor helado te pegaba la camisa al cuerpo. La sueñera te paralizaba la alengua y los brazos y las piernas, pero no era sueñera de sueño. Se te había resecado la boca, sentías una flojedad tensa, una dulzura cargada de electricidad. Del espejito del Renault colgaba un diablo de alambre, que se bambolea con el tridente en la mano.

Después no reconociste tu propia voz cuando te escuchaste decir: “Si te movés, te quemo”, dejando caer como martillazos una sílaba detrás de la otra, ni tu propio brazo cuando hundiste el caño de la Beretta en el cuello del policía de guardia, ni tus propias piernas cuando fueron capaces de sostenerte sin temblar y luego fueron también capaces de correr sin darse por enteradas de una de ellas, la pierna izquierda, tenía un agujero calibre treinta y ocho que te atravesaba el tensor del muslo y manaba sangre. Fuiste el último en salir, vaciaste tres peines de balas antes de meterte a automóvil en marcha y en cada curva todo se caía y se levantaba y volvía a caer y a levantarse, las gomas mordían los cordones de las veredas, huían hacia atrás las hileras de los árboles y las caras de los edificios y el centelleo de los faroles; arrojados por el viento, los pedazos del mundo se atropellaban y se confundían y volaban en ráfagas oscuras. Y sólo entonces, cuando te quedaste hecho un ovillo y jadeando en el asiento de atrás, descubriste, extenuado y sin asombro, que la primera vez de la violencia es igual a la primera vez que se hace el amor.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 273

Garúa

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Había sido la última oportunidad. Ahora lo sabía. De todos modos, pensó, hubiera podido ahorrarme la humillación de la llamada y el último diálogo, diálogo de mudos, en la mesa del café. Sentía en la boca un sabor a moneda vieja, y piel adentro una sensación a cosa rota. No sólo a la altura del pecho, no: en todo el cuerpo: como si las vísceras se le hubieran adelantado a morir antes de que la conciencia lo hubiera resuelto. Sin duda, tenía todavía muchas gracias que dar, a mucha gente, pero se le importaba un carajo. La garúa lo mojaba con suavidad, le mojaba los labios, y él hubiera preferido que la garúa no lo tocada de esa manera tan conocida. Iba bajando hacia la playa y después se hundió lentamente en el mar sin sacarse siquiera las manos de los bolsillos, y todo el tiempo lamentaba que la garúa se pareciera tanto a la mujer que él había amado y había inventado, y también lamentaba entrar en la muerte con el rostro de ella abarcando la totalidad de la memoria a su paso por la tierra: el rostro de ella con el pequeño tajo en el mentón y aquel deseo de invasión en los ojos.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 272