La iniciación

55 top
Fernando había forzado la aleta con el destornillador y había abierto la puerta del Renault. Había desconectado la luz roja del freno, había encendido el motor con un puente de alambre. Con tira emplástica y cinta aisladora, trocitos blancos, trocitos negros. Pacho había cambiado los números de la patente; había convertido el cinco en tres, el ocho en seis, el siete en nueve. El viento empujaba las olas violentamente contra los muelles y multiplicaba el estrépito de la rompiente en todo el ámbito de la ciudad vieja. Aulló la sirena de un barco; por un par de segundos, ustedes quedaron paralizados y con los nervios de punta. El Gato Romero miró el reloj. Eran las dos y media exactas, de la mañana.

No habías comido nada desde el mediodía y sentías mariposas en el estómago. El Gato te había explicado que es mejor con la panza vacía, que conviene también vaciar los intestinos, por si entra el plomo, sabés. El viento, viento de enero, soplaba caliente como desde la boca de un horno, y sin embargo un sudor helado te pegaba la camisa al cuerpo. La sueñera te paralizaba la alengua y los brazos y las piernas, pero no era sueñera de sueño. Se te había resecado la boca, sentías una flojedad tensa, una dulzura cargada de electricidad. Del espejito del Renault colgaba un diablo de alambre, que se bambolea con el tridente en la mano.

Después no reconociste tu propia voz cuando te escuchaste decir: “Si te movés, te quemo”, dejando caer como martillazos una sílaba detrás de la otra, ni tu propio brazo cuando hundiste el caño de la Beretta en el cuello del policía de guardia, ni tus propias piernas cuando fueron capaces de sostenerte sin temblar y luego fueron también capaces de correr sin darse por enteradas de una de ellas, la pierna izquierda, tenía un agujero calibre treinta y ocho que te atravesaba el tensor del muslo y manaba sangre. Fuiste el último en salir, vaciaste tres peines de balas antes de meterte a automóvil en marcha y en cada curva todo se caía y se levantaba y volvía a caer y a levantarse, las gomas mordían los cordones de las veredas, huían hacia atrás las hileras de los árboles y las caras de los edificios y el centelleo de los faroles; arrojados por el viento, los pedazos del mundo se atropellaban y se confundían y volaban en ráfagas oscuras. Y sólo entonces, cuando te quedaste hecho un ovillo y jadeando en el asiento de atrás, descubriste, extenuado y sin asombro, que la primera vez de la violencia es igual a la primera vez que se hace el amor.

Eduardo Galeano
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 273

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s