Homicidio

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Aquél día era el último para el universo y el hombre que ahora asistía para presenciar el holocausto final, era también el último de su raza.

Pacientemente vio, cómo, una a una, las distantes galaxias se extinguían con rumor grave y lejano y cómo las estrellas apagaban su brillo y los planetas explotaban con grotescas convulsiones.

Finalmente contempló el sol, que rojo y enfermizo, se hinchaba ahora como un enorme grano y reventaba con estruendo sordo y apagado.

El hombre, visiblemente fastidiado, volvió atrás la cabeza, recogió su sombra del suelo y se la echó al hombro, al tiempo que pensaba que ya no tenía razón de ser. Entonces se la llevó a la mano y con gesto de enfado la estrujó hasta reducirla a una pequeña bola que después arrojó al bote de basura más cercano.

Carlos J. Zazueta
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 280

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