Experiencia

Yo no conocía el mar. Me habían contado que era hermoso, que su brisa contenía yodo, y fuente de inspiración de numerosos poetas y músicos, fue un tiempo.

Visité una playa cercana movido sólo por la curiosidad. Numerosas mujeres cubiertas con diminutas prendas exponían sus cuerpos a los rayos del sol corriendo el riesgo de sufrir serias quemaduras —ignoro el motivo que las impulsaba a hacerlo—; parejas entrelazadas de hembras y varones besaban sus bocas, no sabiendo que con ellos sus organismos se transmitían mutuamente millones de microbios, peligrosos para su salud; mucha basura regada por toda la playa, así como turistas vestidos en forma estrafalaria, restaban estética al espectáculo de la vista del mar.

Abandoné mi posición de observador, para sumergirme en el agua. Noté que algunas personas me miraron extrañadas, pero decidí no hacerles caso, pensando que tal vez les llamaría la atención el que yo no usara traje de baño. Nadé todo el día —lo recuerdo bien.

Hoy, después de más de un año de estar recluido en nuestro hospital, lo supe: nosotros los robots no podemos mojarnos.

Armando Rodríguez Dévora
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 269

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Definición

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Definición

ESPAÑOL. (Artículo correspondiente a este pueblo en la Novísima Enciclopedia del Dr. Barbuta Chakán, escrita en arameo moderno y publicada en español arcaico por la Editorial Siglo XXXIII de Tegucijalpa)

Distingue al español su, en parte innata y en parte cultivada, general cobardía. Suave en sus maneras, comedido en sus dichos, prudente en sus acciones, contagia el español a toda cosa el secreto atractivo de su virilidad desfalleciente. Antiejemplo notorio de antiguas formas de vida masculina otroppo brutta, aún no en total desuso entre otros pueblos bárbaros, el español cultiva con esmero su pequeña estatura, su tierna indignidad, su liberal carencia de normas positivas. Gustan los virtuosos españoles de la pasión atenuada, de la jardinería y de los pájaros. Su juego predilecto es el del pensamiento y el juicio, aunque éste graciosamente lo deponen para favorecer con muy civil mudanza toda opinión contraria. Se visten con gabanes perfumados y llevan grandes anteojos, pues su afición a los matices y a la luz intermedia les ha dado una grata miopía. Tal virtud los preserva del soez realismo de otros pueblos. Jamás firman nada o niegan nada, por timidez innata o aprendida, y su lenguaje es tan delicado e indirecto que apenas consiste más que en la emisión de enigmas. El enigma es la fiesta nacional con que se han suprimido, siglos hace, regocijos antiguos más bien sanguinolentos. Todo discurso, elogio o baba pública se castiga con la general indiferencia. Los niños y las niñas practican desde la pubertad en jardines y escuelas las más entretenidas y diversas piruetas sexuales. Descreídos y abiertos, exentos de fibromas patrióticos, disfrutan los adultos de una vida longeva y apacible. Algunos especímenes de español del pasado se conservan hoy día como ejemplo y aviso de ya poco probables descarríos, en cotos especiales antaño reservados a la extinguida capra pirenaica. Por último, sin constitución política ni Estado, las mujeres dirigen, colosales y lácteas, ésta feliz república del mundo intraterrestre.

Por la Traducción, J. A. Valente
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 268

La Danta

La Danta es un animal común en las selvas de Chiapas. Muchos cazadores lo han encontrado en su camino. Todos coinciden en lo mismo: es de tamaño descomunal y se asemeja al tapir. Es inofensivo, pero muchos cazadores se han muerto de miedo al verlo solamente.

Y es que se aparece de pronto en la vereda y su cuerpo bloquea el paso al caminante.

Los ojos de La Danta son fosforescentes, tanto que, si se les ve fijamente, causan ceguera en cuestión de segundos. Sus patas tienen una particularidad poco común en los animales de pezuña: no dejan huellas y por eso nadie ha podido cazarle.

Los más viejos indígenas de la región han aconsejado siempre que al encontrar una Danta en el camino no hay que verla a los ojos, ya que entonces desaparece en un instante.

Por eso, quienes le han visto y no han muerto de miedo, prefieren no contarlo.

Los incrédulos dicen que la Danta existe sólo en la imaginación.

Leopoldo Borrás
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 267

El examen

Formaron una comisión y se presentaron al Director a exponer su queja. Sus hijas habían obtenido las mejores calificaciones en la escuela secundaria y no comprendían cómo era posible que reprobaran el examen de admisión. El Director las dejó hablar y cuando el reproche sólo quedó en sus miradas, se puso de pie y con una voz pausada y tranquila les dijo.

—Señoras. Debo recordarles que a la entrada de este plantel se halla un letrero de color blanco que dice. Escuela Preparatoria Himen, exclusivo para señoritas.
La comisión se disolvió.

Valente Cu.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 263

Secretos de los secretos

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Tómese azufre vivo, salitre, sal de nitro, iguales cantidades; y como cuatro onzas de cada uno, pulverizado todo, y mételo en una retorta de vidrio fuerte bien embetunada y cubierta de barro. Ponla después al fuego lento por espacio de dos horas y luego aumenta el fuego hasta que no haga ningún humo. Después del humo saldrá una llama fuera del cuello de la retorta, y habiendo cesado esta llama, verás el azufre precipitado al fondo de color blanquecino y fijo. Sácalo de allí añadiendo igual cantidad de sal de amonio y luego lo pulverizarás todo muy sutilmente y lo harás sublimar comenzando por un fuego lento aumentando siempre poco a poco hasta que pasen cuatro horas. Hecho esto sacarás del recipiente todo lo que sea sublimado, así como las heces que se encuentran en el fondo. Después incorpóralo todo junto, y vuelve a sublimar, continuando así la sublimación en sublimación hasta seis veces, tras lo cual el azufre del fondo de vaso lo recogerás y machacarás sobre una tabla de mármol, en sitio húmedo, y verás que se convierte en aceite, del cual pondrás seis gotas sobre una moneda de oro, fundida en el crisol y resultará un aceite compuesto, que colocado sobre el mármol, se congelará; y después pones una parte de este aceite en cincuenta de azogue preparado y purgado, obtendrás un oro excelente.

Secretos de la Naturaleza
Antonio Vanegas, editor (1880)
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 262

Antonio Vanegas

Antonio Vanegas

 

Antonio Vanegas Arroyo

(Puebla, 1850 – México, D. F., 1917)

Fue un célebre impresor y editor mexicano. Fue el editor más popular de gacetas callejeras, corridos, historietas, adivinanzas y publicaciones varias de su momento. Su imprenta estaba en la cerrada de Santa Teresa #1. Entre los artistas que trabajaba, se encontraba el célebre grabador mexicano José Guadalupe Posada.

Además, fue autor de varias obras de teatro, como “Variedades México 1900”, “Los sustos del valedor” y algunas piezas para niños. A su muerte, su hijo Blas continuó su labor[1].

Sahumerio Sultán

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No deje que la mala suerte entre a su negocio o a su casa; prenda un Sahumerio Sultán los martes y viernes de cada mes, o cuando menos los viernes y los días primeros de cada mes. Instrucciones: Después de haber aseado su casa (práctica conveniente aun cuando no se rece la oración), prenda el sahumerio con un cerillo en la punta del conito y paséese por toda la casa haciendo cruces en los rincones, al mismo tiempo rezando las siguientes oraciones martes y viernes: Primero se reza un Padre Nuestro, y después: Casa de Jerusalén, donde Jesucristo entró, el mal al punto salió, entrando a la vez el bien, yo pido a Jesús también que el mal se vaya de aquí, el bien venga para esta casa y sus habitantes por este sahumerio, amén… Al final, coloque usted el Sahumerio sobre un objeto que no permita pasar el calor, evitando quemar objetos. Después de haber visto la eficacia de estas maravillosas oraciones y este Sahumerio, visite su iglesia con frecuencia a dar gracias a Dios y recomiéndelas; se las regalan donde compra usted los conitos de Sahumerio Sultán.

Secretos de la Naturaleza.
Antonio Vanegas, editor (1880)
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 261

Un marido

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Soy enemigo de la injusticia. Me lo repito todos los días ante el espejo, en el cuarto de baño. Mi protesta ante una situación injusta no tiene límites… Perdón, los tiene. Lo admito noblemente, no soy capaz de arrodillarme en medio de la calle, rociarme con gasolina y prenderme fuego. Soy tímido, vergonzoso y mis alaridos de terror provocarían ciertamente la atención de todos. No me gusta llamar la atención. Hay otras maneras y otras formas. “Clic”, la radio no deja de hablar. Resulta más difícil hacer lo mismo con el televisor. Mi familia protesta. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Un amigo mío no soporta que nadie le contradiga. Su negativa la respalda con violentos puñetazos en la mesa, estrella botellas, vasos y platos contra la pared. ¿Sería yo capaz de hacer lo mismo?, me dije un día. ¿Por qué no? Y estrellé una jarra contra la pared. Estábamos todos sentados, ocupando un tresillo y el locutor decía estupideces. Hecha añicos, los cristales se esparcieron por la habitación. “¡Recoge!”, dijo ella, con voz seca y autoritaria. No tuvo la más mínima consideración hacia mi persona, hacia mi dignidad de padre. Delante de nuestros hijos tuve que recoger, uno por uno, todos los trozos de la jarra, arrodillado… Al estirar el brazo para recoger un trozo de cristal alejado, mi hija protestó: “Papá, agacha la cabeza que no me dejas ver…”.

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 257

La aventura

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Sonó el teléfono de mi despacho, era Ana. Me causó gran extrañeza porque jamás me había requerido directamente para nada. Era su marido quien trataba siempre conmigo. Una amistad íntima, fraterna, surgida hacía muchos años, que su posterior matrimonio no truncó ni enfrió. Ana estaba nerviosa, excitada… y yo no supe detenerla a tiempo. Tenía necesidad de desahogarse con alguien. Eso supuse al oír sus primeras frases. Luego, la confesión, de improviso, se tornó más íntima, más personal, más alusiva, más directa… ¿Estaba loca? Cuatro hijos a su cuidado y me proponía una huida… “! Compréndelo, Ana! No es posible…”. Pero Ana no quiso comprender nada y colgó. Aquella misma tarde hablé con su marido, le conté todo y no pareció sorprenderse. “Escucha —me dijo—, ¿por qué no aceptas?” Mi asombro fue tan grande que no pude replicar ni decir nada… “Pero si…”. El insistió: “Escúchame con calma. No dramaticemos. Ella necesita una aventura, un escape. Está harta de mí, del hogar, de los hijos… Sus nervios están desechos. Tú eres mi mejor amigo, tengo confianza en ti… Si no fuera así no me atrevería a decirte que, por supuesto, todos los gastos que ocasione vuestro viaje… —por cierto—, ¿a dónde iríais?— los pagaría yo… ¿Qué me dices a esto?”, “No sé balbucí—. Tendré que consultarlo con mi mujer…”

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 256

Alonso Ibarrola

Alonso Ibarrola

Alonso Ibarrola

(San Sebastián, España, 24 de mayo de 1934)

 José Manuel Alonso Ibarrola es escritor y periodista. Firma sus libros y reportajes con sus dos apellidos solamente.

Nació en San Sebastián el 24 de mayo de 1934. Tras finalizar en Madrid sus estudios de Derecho y Periodismo, realizó prácticas en el diario La Voz de España (San Sebastián). Tras obtener el título de periodista, rechazó un puesto en dicho diario ante su negativa a afiliarse al Movimiento Nacional, ya que este diario pertenecía a la prensa del Movimiento. Abandonó para siempre San Sebastián e inició su carrera periodística en el desaparecido diario La Gaceta del Norte de Bilbao el año 1960.

El año 1961 aparece su primer libro –“Depetris”-, que no encontró editor y cuya edición sufragó personalmente. Obtuvo una crítica excepcional. Éste fue el inicio de una carrera literaria, dedicada a los relatos cortos, que habría de durar 30 años, hasta 1991. Desde entonces hasta la fecha sólo ha escrito un relato “La residencia”. Años más tarde, colaboró en la revista Hermano Lobo, donde firmaba una sección fija titulada “Episodios de la vida nacional”, reunidas más tarde en un libro. La crítica le ha consagrado como uno de los escritores humoristas más originales de la segunda mitad del siglo XX. El, ya fallecido, escritor y periodista, Eduardo Haro Tecglen en un comentario aparecido en El País el 27 de enero de 2001, lo consideró un autor “casi clandestino” y el humorista viviente que más le gustaba junto a Elvira Lindo, comparándolo a los “grandes” Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flórez, Tono, Mihura, Edgar Neville o López Rubio.

En 1962 se trasladó a Madrid con el propósito de dirigir un gran semanario gráfico, Hoy día, que finalmente no llegó a publicarse por falta de financiación. En su plantilla figuraba ya un joven periodista llamado Manu Leguineche que, inició una vuelta al mundo con el propósito de enviar semanalmente sus impresiones. La revista no salió, pero Leguineche continuó su viaje y terminaría escribiendo su famoso libro “El camino más corto”.

Tras esta desilusión se dedicó al mundo de la publicidad como copywriter hasta que tuvo la oportunidad de dirigir el semanario España Económica, que el Gobierno franquista clausuró inesperadamente en año 1971. Un año más tarde dirigió el semanario Mundo Joven, que la empresa, dos años más tarde, decidió cerrar al considerarlo “excesivamente radical”. Su última portada estaba dedicada a las canciones de la Revolución Cultural china.

En 1975 asumió la dirección de la revista de economía Contrapunto, que desapareció en 1976, tras haber convencido a su dueño, Jesús de Polanco de la inviabilidad de la misma.

Su trayectoria experimentó entonces un cambio radical y decidió dedicarse a la crítica televisiva en dos semanarios líderes del mercado de prensa televisiva: Teleprograma y Supertele, de las que fue subdirector y director, respectivamente. Hizo muy popular la sección, “El defensor del telespectador” en ambas y las mantuvo hasta su prejubilación el año 1994.

Posteriormente, colaboró en el fenecido Diario Ya, de Madrid donde firmó durante tres años la columna “Yo, teleadicto”, hasta que un día, cansado y frustrado por lo que consideraba una labor inútil, arrojó el televisor a un contenedor de basura.[cita requerida] Lo comunicó a los alumnos de la Universidad Complutense de Madrid en un Simposio, donde fue presentado como “decano de los críticos de TV españoles”. Por esta condición, Televisión Española le entrevistó con motivo del cincuentenario del Ente para abrir la serie de entrevistas que a lo largo del año 2006 aparecieron en la pequeña pantalla.

A partir de 1994, se dedica de lleno a la literatura de viajes, colaborando en revistas como: Viajar, Geo, Tiempo, Grandes Viajes, Viajes y Vacaciones, Elle, Vogue, etc. y diarios como El País, La Vanguardia, Expansión, El Correo Español, El Mundo, El Diario Vasco, y el mencionado Diario Ya.

Ha obtenido tres veces el Premio Francia de Turismo y la “Medaille d’Argent du Tourisme”, por su contribución a un mejor conocimiento de Francia. Ganador del II Premio Periodístico Descubrir Italia, otorgado en 2006. En enero de 2008, en la FITUR celebrada en Madrid, le fue concedido un trofeo honorífico por su aportación al mejor conocimiento de Tahití y sus islas. Ha formado parte del Jurado del Premio de Periodismo y Fotografía “Tahití y sus letras”[1].

Aterrizaje forzoso

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Sólo se percibe un tenue zumbido en el interior del avión. Algunos pasajeros dormitan. Otros leen. Pronto aterrizaremos. Minutos antes, los altavoces nos han ordenado abrocharnos los cinturones de seguridad. El avión pierde altura. Diviso una casa perdida en el campo. ¿Algún día conoceré a sus moradores? No lo creo. Demasiadas cosas estúpidas, banales y superfluas inundan mi existencia y me impedirán conocerlos personalmente. Si tuviera tiempo…”Buenas tardes —digo interrumpiendo su comida. Están todos sentados en torno a la mesa—, pasaba por aquí arriba y me he dicho…” Sus miradas muestran estupor, asombro. No, no sería lógico. Dejemos las cosas como están. Diviso muy próxima la pista de aterrizaje. De pronto el avión da una sacudida y remonta bruscamente el vuelo. Me siento inquieto. Una voz, la de la azafata, a través del altavoz intenta tranquilizarnos. No ha dicho nada. Algo en el tren de aterrizaje. Dentro de unos minutos lo intentaremos nuevamente. Tengo miedo. Es inútil que grite, o que chille: ¡Quiero salir! Hay que esperar, quieto, silencioso, sin ver ni pensar en nada. ¿Habré llegado mi hora? ¡Qué estúpido resultaría morir ahora! Es imposible, no puede ser. Estas cosas se leen en los periódicos, les ocurren a los demás… Pero ¿a mí? Ridículo. El avión describe un amplio círculo sobre el aeropuerto. El cielo es de un azul intenso, y allí abajo está la tierra. ¡Dios mío!, qué bello es vivir. Yo quiero vivir, a costa de lo que sea. Seré pobre, seré bueno, amaré a mi mujer, no la engañaré nunca más. Perdóname, amaré a todos, también a Pedro, que me consta que me odia. Mañana mismo le abrazaré: “¡Hola, Pedro!”, le diré. ¿Mañana? No, hoy mismo. Desde este mismo instante lo prometo, cuando el avión toque tierra habrá nacido un hombre nuevo. Gozaré de todos los pequeños instantes de felicidad. Contaré los minutos, los segundos y daré las gracias por vivir. ¿A quién? A Dios, naturalmente. Sí, existe Dios, tiene que existir. ¿He dudado alguna vez? Sí, es cierto. Pero ahora creo… A mis labios acuden en tropel y con dificultad algunas palabras que no logran hilvanar una oración completa… El avión ha tocado ya con sus ruedas la pista de aterrizaje y aminora la velocidad ¡Viva!, grito, ¡Viva! Todos gritamos algo. Una señora gruesa me abraza. Algunos palmotean. Es un buen momento para besar a la azafata. La gran ocasión. Me enfundo el gabán. Estoy pletórico. ¿Dónde están los pilotos?, pregunto a la Compañía. No viajaré más en sus malditos aviones. Les romperé la cara a sus consejeros. Lo contaré a todos mis amigos. Con las vidas humanas no se juega. Imbéciles. Mañana formularé la oportuna reclamación. ¡Sin contemplaciones! ¡Caiga quien caiga!

Alonso Ibarrola
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 255

Alex Slucki

Alex Slucki

Alex Slucki

(Nace en el D.F., 1971)

 Publicó su primer libro de poesía Star Reacher en el año 1985.

  En 1989 y 1990 viajó con el grupo Viva la Gente como vocalista alrededor del mundo.

Estudió 8 semestres de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana, la carrera de actuación en el Esudio Dimitrios Sarrás, una especialización en Human Behavior de la Universidad de Newport y canto profesional con el maestro Ricardo Sánchez.

Publica su libro Rumbo de espejos (1991), con la Editorial Praxis. Obtuvo 1er lugar en el certamen de poesía de la Universidad Iberoamericana (1991).

Actor, director, guionista, compositor, terapeuta: participó en la obra de teatro La historia del zoológico, de Edward Albee (1994); escribió los guiones Maticespara la ITESM (1992) y Regina: Un musical para una nación que despierta (2003).  Dirigió la obra Vive como quieras (1995).  Ha producido su propio material discográfico: La promesa (2003) y Sunali (con Shammanik Quest, 2006).

En 1996 comenzó a transmitir individual y grupalmente los mensajes de los guías angelicales. A través de ellos publica el libro Huellas de luz: Reflexiones de los ángeles sobre el arte de ser humano.Estudia la tecnología Maharishi de Meditación Trascendental; aprende la técnica de sanación de Energía Universal, es facilitador de las técnicas de Transformación de Patrones Holográficos creados por  la maestra Chloe Faith Wordsworth. Alex desarrolló su propia técnica de sanación, liberación e integración de creencias no-coherentes basado en sus experiencias visionarias en terapias individual, misma que evolucionó en lo que ahora se llama Sistema de Transformación Integral, una escuela de conocimiento para una vida plena. A través de su trabajo con seres de luz, también ha publicado el libro The game of remembrance: The Akshmil Sessions.

Actualmente Alex Slucki y Jorge Medina manejan el sistema terapéutico Cielo-Tierra, una propuesta integral para la sanación de cuerpo, emociones, mente y alma. En septiembre del 2007 fue publicado su libro material: Revelaciones del Grial, en coautoría con la Dra. Malena Carrión (Edit. Alamah). Su más recinete material, ‘El color de tu destino’, fue publicado en abril del 2008. Alex Slucki y Jorge Medina han viajado con su proyecto Cielo-Tierra alrededor de países como: España, E.U., Guatemala, Canadá y distintas regiones de México. El más reciente proyecto de Alex es la unificación de la sanación, el conocimiento y la música[1].

Juicio erroneo

—Eres muy pequeña. No servirás.

—¿Cómo que no? Si para eso nací; para iluminar.

—Sí, pero vas a estar de sobra, porque nadie te notará.

—¡Eso es ridículo! Todas las estrellas servimos.

—Lo siento.

—¡No! ¡Por favor!

—No has sido la única.

Un hilo de luz se desplazó desde el cielo al horizonte en una aterradora caída sin rumbo. Y en su largo, triste trayecto, se pudo escuchar:

—¡Mira, papá! ¡Una estrella fugaz!

Alex Slucki
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 341

Confesión del hombre lobo

No es divertido ser un hombre lobo, no sé si haya más, pero yo no me divierto en lo absoluto. Es muy difícil acostumbrarse a la idea de que algunas noches salgo corriendo desnudo por las calles.

Es insólito pensar que violo mujeres descobijadas, acostadas en el pavimento, sucias por el lodo de las avenidas que es tan difícil de quitar, de la misma tierra de la que yo me embarro.

No es divertido el crujir de los huesos, el formidable golpetear de la sangre en las muñecas ni el espasmódico latir del corazón.

Es ingrato estar enamorado de la luna, y sentir que por su desprecio le salen a uno barbas y pelos hasta detrás de las rodillas. Es triste cantarle sin que responda, y el cantar se hace aullido de dolor, y se levanta la pata reprochándole su brillo, su redondez y su distancia, su tersura, su olor y su imagen.

Y dan ganas de sacar los colmillos y herir al que se atraviese y sentir su sangre en la lengua salpicando los ojos, hundiendo el hocico en su vientre, en el de la incauta inoportuna que viene a estorbar nuestro dolor de soledad.

Es triste estar enamorado de la luna, llorar de soledad, violar mujeres descobijadas y sentir la sangre viva correr por nuestras greñas, el frio del cemento en nuestras plantas, el arrastrar de nuestras garras, el olfatear de nuestra nariz.

Aún no me acostumbro a la oscuridad nocturna, los ojos se me irritan mientras la luna observa guardando las distancias, quisiera bajarla y arrastrarla en el lodo como lo hago con las descobijadas. Morderle su redondez blanca y sangrarla a ella como ya lo he hecho con mis propias entrañas, y sacarle las tripas y desmenuzarla con mis propias patas.

No es divertido ser un hombre lobo, sí, pero es inevitable.

Ricardo Muñoz Guevara
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 340

Sólo dibujos

A veces, los domingos son muy aburridos para un niño de siete años.

En el cuarto de Piero había una mesita toda cubierta de lápices de colores y hojas de papel. Piero cerró los ojos y tomó un lápiz. Entonces miró: era de color negro. Pero “¿qué es negro?”, se preguntó Piero.

Claro: una araña. Dibujó con mucho cuidado una arañita. Pero pasó algo muy raro: las patas de la araña se movieron muy lentamente, como si estuviera desperezándose, y ella empezó a corretear por la hoja de papel. Piero tomó un lápiz verde y en una esquina dibujó una lagartija. La lagartija cobró vida y devoró a la arañita. Piero sonrió.

—Piero… ¿qué estás haciendo? —preguntó mamá desde la cocina.

—Nada, mami —dijo Piero mientras dibujaba un elefante en la pared.

 

Virginia del Río
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 327

El espectador

Muchos ojos lo miraban, la gente hablaba de él; por fin, por primera vez en su vida dejaba de ser aquel hombrecillo insignificante, ya no era el simple espectador, se había convertido en el personaje central de ese día, en el tema de los comentarios, en el actor principal… La emoción lo inmovilizaba, trató de sonreír y no pudo… Tampoco notó el movimiento, cuando unos hombres lo levantaron y lo colocaron en el féretro.

Luis Quijano Rivera
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 323

David Cienfuegos Salgado

David Cienfuegos Salgado

David Cienfuegos Salgado

Es Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Guerrero (1988-1993). Maestro (1994-1996, 2006) y Doctor en Derecho con mención honorífica por la UNAM (1997-2000, 2006).

Diploma de Estudios Avanzados en Derecho Administrativo por la Universidad Complutense de Madrid (2000-2002). Especialista en Derecho Constitucional y Ciencia Política por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales de Madrid (2002-2003). Diplomado en Altos Estudios Internacionales en la Sociedad de Estudios Internacionales en Madrid, España (2001). Máster en Justicia Constitucional y Derecho Electoral por la Universidad de Castilla-La Mancha y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (2008-2009).

Se ha desempeñado como Técnico Académico (1994-2000) e Investigador (2006) de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; Profesor-Investigador en el Departamento de Estudios Institucionales de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa (2005-2006). Ha impartido clases en posgrados de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, Modelo (Yucatán), Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Veracruzana, Regional del Sureste (Oaxaca),  y Universidad Autónoma de Guerrero, así como en los posgrados de la Escuela Libre de Derecho de Sinaloa y El Colegio de Guerrero.

Desde 2007 es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel I (2007-2012); nivel II (2013-2016).

Desde 1995 es profesor de asignatura en la Facultad de Derecho de la UNAM, donde también imparte clase en la División de Estudios de Posgrado. Es profesor por oposición de las asignaturas “Argumentación Jurídica” y “Derecho Procesal Constitucional”

En el Poder Judicial de la Federación ha sido investigador (2000) y secretario de investigación (2000-2001) del Instituto de la Judicatura Federal; secretario auxiliar (2005) y desde diciembre de 2006 secretario de estudio y cuenta en la Sala Superior del Tribunal Electoral, donde a partir de septiembre de 2009 es miembro de la Carrera Judicial. Desde el 30 de mayo de 2012 es integrante del Comité Académico del Instituto de la Judicatura Federal.

Ha coordinado y compilado diversas obras colectivas, entre otras: Guerrero: Una visión histórica (Gobierno y Congreso del Estado de Guerrero, 2000, 2001, 2009); Ideas para fundar la nación mexicana (Porrúa, 2006); Constitucionalismo local (Porrúa, 2005); Marbury contra Madison. Una decisión histórica para la justicia constitucional (Editora Laguna, 2005, 2007); Historia constitucional de las entidades federativas mexicanas (Porrúa, 2007); Política criminal y justicia penal. Reflexiones para una reforma urgente (FEJ, 2007); La función judicial (Porrúa, 2008); Estudios de derecho procesal constitucional local (Editora Laguna, Universidad Autónoma de Coahuila, 2008); La Prueba. Estudios de derecho probatorio (Editora Laguna, Gobierno del Estado de Coahuila, 2009); Las elecciones de gobernador en México. 2002-2007 (Editora Laguna y otras coeditoras, 2009); El derecho en perspectiva. Estudios en homenaje al maestro José de Jesús López Monroy (UNAM, Porrúa, 2009);  Colección de Constituciones de los Estados Unidos Mexicanos que incluye la General, las de los estados y el estatuto del Distrito Federal, vigentes al 15 de marzo de 2010 (Fundag, CEDEM-UNACH, ELDS, ELDP, Editora Laguna, 2010);

Entre sus obras destacan: Vigencia y evolución de la Constitución guerrerense de 1917 (Instituto de Estudios Parlamentarios “Eduardo Neri”, 2000); La Constitución guerrerense. Una visión histórica y político-institucional (Fundación Académica Guerrerense, El Colegio de Guerrero, 2003, 2006 -en coautoría con Raúl Calvo Barrera-); Matemáticas aplicadas al derecho (Porrúa, 2004, 2010); El derecho de petición en México (UNAM, 2004); Ensayos sobre el estado de Guerrero (El Colegio de Guerrero, 2005); Políticas y derechos lingüísticos (Porrúa, 2005), Historia de los derechos humanos (CODEHUM, 2005); Procesos “judiciales” de la independencia mexicana (Suprema Corte de Justicia de la Nación, 2006 -en coautoría con Rafael Estrada Michel-); Justicia y democracia. Apuntes sobre temas electorales (El Colegio de Guerrero, 2008); Derecho administrativo del Estado de Guerrero (UNAM, Porrúa, 2009 -en coautoría con Jorge Fernández Ruiz-); Guerrero. Historia de las instituciones jurídicas (UNAM, Senado de la República, 2010); El juicio de revisión constitucional electoral (TEEM, 2011); Régimen jurídico electoral del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos (IEPEN, El Colegio de Guerrero, 2012); La prueba en el derecho electoral mexicano (TEEM, 2012 -en coautoría con Carlos Báez Silva-).

Fue director fundador (1995-1997) de la revista Lexturas guerrerenses de la Fundación Académica Guerrerense y Director ejecutivo de Res Pública. Revista de la Asociación Iberoamericana de Derecho Administrativo. Actualmente es Subdirector editorial de la revista Lex. Difusión y análisis. Pertenece a los consejos editoriales y consultivos de diversas publicaciones periódicas nacionales y extranjeras.

En 1997 obtuvo la medalla Ignacio L. Vallarta, otorgada por la Facultad de Derecho de la UNAM, en 2003 obtuvo el premio jurídico Alberto Saavedra Torija y en 2007 recibió la Condecoración Juan Álvarez, ambos otorgados por el Gobierno del Estado de Guerrero.

Es miembro de la Fundación Académica Guerrerense; Director General de El Colegio de Guerrero. Miembro del Consejo Consultivo del Instituto de Estudios Parlamentarios “Eduardo Neri” del Congreso del Estado de Guerrero; del Consejo Académico del Centro de Estudios de Derecho Estatal y Municipal de la Universidad Autónoma de Chiapas; y, del Comité Académico del Instituto de la Judicatura Federal[1].

…de Ricardo Chávez Castañeda

Decir la verdad desde los géneros literarios:

 una historia personal del cuento.

                                                     Ricardo Chávez Castañeda

Primero la confesión. Soy cuentista. Y, sin embargo, en veinticinco años he escrito poco cuento porque nací en una mala época para el género. No soy el único traidor. Represento a muchos. Traicionamos al cuento porque elegimos llevar nuestra necesidad de expresión a otro género literario donde pudiésemos ser leídos. Lo que me pregunto y quiero preguntarme hoy con ustedes es ¿qué no hemos podido decir, transmitir, contar, por esta decisión de darle la espalda? O más importante aún: ¿Qué no hemos podido ver?

Cada género literario es una máquina de observación y los traidores dejamos de ver cierta parte del mundo humano por cambiar el visor a través del cual lo observábamos. Mi hipótesis: perdimos el género que más allá de dar cuenta de una vida (como lo haría la biografía o la autobiografía) nos permitía penetrar en el mayor misterio de cualquier existencia humana: su punto de quiebre, el momento en el cual cada persona se divide en un Antes y un Después.

En la época en que escribí mis primeros cuentos, las editoriales ya te decían claramente: No, cuento no; no vende, no tiene lectores.  Me pregunto si ¿de verdad se fueron los lectores antes que nosotros? ¿Si de verdad la traición empezó por allí? Porque si así fuese, nosotros habríamos sido una mera consecuencia. Lo que quiero decir es que eso hablaría de algo más interesante que el mercado editorial y las ventas y bla bla bla. Revelaría a toda una época dándole la espalda al género; y en este desdén se hallaría una especie de síntoma con el cual podríamos hacer un intento de diagnóstico o emprender una investigación detectivesca.

Prefiero hacer la tentativa de un diagnóstico: la época que le ha dado la espalda al género del cuento es una época ultrarrealista. Por lo tanto. A) han sido privilegiados aquellos géneros que creen que lo que se ve a simple vista es la verdad. Por ejemplo, la crónica, el testimonio y demás géneros periodísticos o ligados al periodismo. B) ha sido encumbrado en pedestal el género que cree que para decir la verdad hay que mostrarlo y decirlo todo o sea al género que cree que la verdad está en el exceso. Por supuesto, me refiero a la novela dentro del los géneros de ficción, y a las memorias (sea en forma de biografías, autobiografías, diarios, correspondencias) dentro de los géneros no ficcionales. C) se ha dado la espalda, por consecuencia, al único género narrativo que cree que la verdad ni está en el exceso ni se halla en la superficie de las cosas; es decir, hemos perdido, con el género cuentístico, la conciencia de que la verdad no puede ser contemplada a simple vista sino que a la verdad hay que cazarla o hay que construirla. Y para ello se requiere de una fórmula, de una estructura, de un artificio, de un mirador, o como quiera llamársele. Claro, me refiero al cuento.

Es importante recordar lo que hemos olvidado: no basta la voluntad de querer conocer “la verdad”. “La verdad” es un arduo camino y es un largo proceso, y es preciso recorrerlos para hacérnosla accesible. Es decir: buscarla, identificarla, atraerla, meditarla y modelarla. Nuestra época hiperrealista piensa que el cuento no vale porque ninguna de sus historias reza “Basada en un hecho real”.

Lo suyo es un artificio, nos dicen abierta o implícitamente.

No saben que atinan en el blanco y que su aseveración no es ninguna afrenta. La llamada artificialidad es una necesidad del género mismo pues siendo la verdad invisible a los ojos, hay que crear una trampa para atraerla: la trampa es el género mismo.

Soy un obseso, como todo autor, y la obsesión que tengo o que me tiene cogido a mí, es la necesidad casi sádica de exponer a un personaje a una situación límite. Siempre he creído que es en ese momento cuando emergen las esencias humanas, mismas que – mientras en el cuento definen si un personaje sobrevivirá o no a su catástrofe- , nos estarán revelando a nosotros sus escritores y sus lectores cuál es el repertorio humano para superar la fatalidad.

Hace poco me deslumbró tal revelación de que justamente eso es el género del cuento: un género creado para ser testigo precisamente del encuentro entre una persona y la coyuntura existencial que le amenaza.

Cuando era adolescente, yo tenía una amiga y un amigo, y esos amigos míos tenían a su vez una hermana y un hermano. Con el correr del tiempo, cada uno de ellos, por su cuenta, sin conocerse -la hermana de mi amiga y el hermano de mi amigo- acabaron arrojándose al vacío, y yo me quedé en choque. Estuve tanto tiempo cerca de ellos, tanto tiempo en las inmediaciones de su camino a la muerte voluntaria y no lo vi venir. Peor aún, ambos suicidios se llevaron años en cumplirse y nadie de nosotros pudo hacer nada por detenerlos, por retenerlos. Lo que he ido entendiendo es que realmente no existió la posibilidad de dar ayuda, no, por lo menos, en aquel presente que es cuando yo los conocí. Cuando yo los conocí ellos vivían ese largo periodo suyo de la consecuencia que un cuento ya no necesita narrar.

Lo que sorprendí pensando es que quizá si hubiésemos estado en el pasado, en su pasado, cuando todo eso empezó, algo habríamos podido hacer.

Ahora creo que quizá fue allí cuando descubrí que el único género capaz de brindarme ayuda para no ahogarme en el dolor y en la incomprensión era precisamente el cuento.

La muerte es la situación más radical para el ser humano. Esta situación extrema ayuda a entender aquello a lo que se dedica el cuento: cazar los instantes que definen una vida.

Vayamos con mesura: todos los géneros literarios son trampas para seducir a la vida, para retenerla en las palabras, para convencerla de que nos muestre sus misterios y nos comparta sus secretos. Como cualquier trampero lo sabe, cada presa exige un artefacto distinto: no es lo mismo atrapar un lobo que apresar un zopilote. Según yo, según mis intuiciones, el arte-facto que es el cuento se especializa en la fatalidad. Es una máquina literaria destinada a rastrear la grave consecuencia de lo que hacemos o dejamos de hacer, de lo que nos hacen o nos dejan de hacer. “A toda acción corresponde una reacción”, “a toda causa corresponde un efecto”, diría la física del cuento, así haya que esperar pocos o muchos años en una vida humana para que ocurra la reacción correspondiente, para que el efecto de una pretérita causa, que se ha extendido a través de los años en forma de secuelas, llegue a término.

Pienso que todo género literario es una creencia. La creencia del cuento es que las existencias humanas se definen en un sólo momento de su vida. Ese momento capital divide las vidas en antes y después. Es decir, todo lo que ha precedido al momento crucial de una vida acaba revelándose como un ingenuo ANTES y todo lo que sobrevendrá a ese momento se manifiesta como un fatalista DESPUÉS. El cuento entonces intentaría recoger justo ese instante, la bisagra de una existencia. Por ello el cuento es breve: le basta con dar cuenta del momento en que una subjetividad humana se descubre, literal o metafóricamente, parada en la cornisa. Por eso mismo el cuento cree que no son necesarios los antecedentes –  es decir,  carece de relevancia relatar aquello que ha debido sucederle previamente a una persona para conducirle a su momento fatal-, ni es necesario paradójicamente mostrar los “procedenetes”, llamémosle así a los momentos en que se vaya completando “la grave consecuencia” de lo que sucedió una vez.

En el breve instante existencial recogido por el cuento – si es elegido bien- estarán contendidas ambas larguísimas secuencias del Antes y del Después.

Por eso el cuento es sutil y sugerente por necesidad.

La teoría del iceberg propuesta por Hemingway encontraría aquí una interpretación distinta: la masa descomunal de hielo que se oculta bajo la superficie de una historia contiene ese ANTES y ese DESPUÉS de una existencia en la cornisa. Piensen, como yo, en aquel hermano de mi amigo. Él se arrojó del puente por desamor, más finamente dicho, por haber sido desamado. Pero fue muchos años después del término de su relación romántica. Es de suponer que su momento coyuntural, su momento fatal, vino cuando su novia decidió en el último momento no casarse con él. Hemos oído cantidad de historias semejantes: el arrepentimiento del novio o de la novia que no acuden a la cita, la interrupción imprevista de una ceremonia matrimonial por el develamiento de un secreto, la interrupción de un enlace por causa del accidente trágico de uno de los futuros esposos, bla bla bla. Pero esta “misma historia” melodramática que hemos oído sobre una boda no concretada, no conduce a todas las personas al mismo lugar existencial. La manida y sobada historia de la boda interrumpida condujo al hermano de mi amigo a una larga extinción – para mí él fue el primer ser triste, abiertamente triste, que recuerdo: ya sin defensa, ya sin resistencia, ya sin encubrimiento; y fue para mí también el primer fantasma en vida que recuerdo: blancura envuelta en ropas negras; y ahora digo que asimismo fue para mí “el último romántico”, “el último Werther” – porque su larga extinción, la grave consecuencia que devino del fin de su amor, la inevitable reacción a la vieja acción de desamor, lo alcanzó en aquel puente por el que diariamente pasaba yo: el puente que da a los carriles de una autopista siempre transitada y siempre de vértigo.

Lo que no puedo parar de preguntarme desde aquel lejano entonces es: ¿sabía él que se iba a arrojar, es decir, lo planeó, lo previó, pudo anticiparlo?… ¿O fue un arrebato? Y también me pregunto: ¿Entonces por qué tanto tiempo después?… ¿Había estado esperando que algo que lo retuviera o, justo lo contrario, fueron los años que le llevó desasirse y deshacerse de todo lo que lo sostenía en esta vida?

Mi creencia es esta: si yo escribiera un cuento que le hiciera justicia, no, no justicia, si yo escribiera un cuento que le hiciera verdad a él, a su fatalidad, la historia debería concentrarse sólo en el momento en que la chica está diciéndole que no se casa con él – o bien el cuento debería concentrarse en sus inmediaciones: el momento inmediatamente anterior o en el momento inmediatamente posterior- y nada más. La magia del cuento es que si yo lograra, con esa sencillez de recursos característico del género, elegir bien el momento en que su vida se condenó, podría hacerles intuir/presentir/saber a todos ustedes aquello que hubo antes en esa vida pero sobre todo lo que vendría después.

La magia buena y la magia mala del cuento es que en mi historia estaría sucediendo hasta la eternidad solamente en ese momento donde ella le dirá, le está diciendo o le acaba de decir que no puede casarse con él. Si yo le hago verdad al hermano de mi amigo,  cada lector, también hasta la eternidad, sabrá, cuando lea la historia, sabrá sin saber cómo, que su vida acaba de ser decidida en este momento; es decir, que su muerte, la experiencia humana más radical, acaba de empezar.

Coincidimos muchas personas amantes del género en que los grandes cuentos empiezan cuando se acaban. Es decir, que es en el momento en que el lector lee la última palabra escrita en el papel, cuando en verdad empieza a suceder el cuento en su cabeza, en su alma, en su corazón. Quiero pensar que sucede así porque al concluir la lectura, que es la punta del iceberg teorizada por Hemingway, comienza a emerger en el alma, el corazón y la cabeza del lector aquella gigantesca masa de hielo que estaba oculta y que empezará a susurrarles la historia de lo que le sucedió al personaje antes de este momento coyuntural, pero sobre todo le susurrará la historia de lo que sucedió después aunque todavía no haya sucedido.

Leer y escribir cuento es un entrenamiento existencial. Un ejercicio perceptual y mental para empezar a narrarnos de un modo distinto a las personas con las cuales nos vamos cruzando en la existencia. Un modo de afinar la intuición para empezar a descubrir, en las vidas reales que están a nuestro alrededor, sus puntos de quiebre.

Lo que quiero decir que quizá este es el costo de vender el alma por el género cuentístico. El desarrollo de una triste sabiduría que nos llevará, a nuestro pesar, a perfeccionar la visión de la fragilidad humana allí donde más nos duele: en nuestras personas amadas.

Especializarnos en el fatalismo nos puede ir tornando en incómodos augures, en videntes despreciables. ¿Se imaginan realizar biografías o autobiografías que se limitaran a deducir si las personas residen todavía en su ANTES o ya transitan en su obtuso DESPUÉS; biografías o autobiografías cuya intención sería concentrarse en ubicar el posible punto de quiebre de toda una vida?

Dije que mi obsesión era crear situaciones límites donde mis personajes en el trance de vida o muerte (vida o muerte mental, vida o muerte afectiva, vida o muerte social, vida o muerte física) me mostraran las esencias humanas que tendríamos que compartir todos nosotros y que llegado el caso serían nuestro último recurso para salvarnos.

Creo que la bondad, dentro de la maldad implícita que vertebra al cuento, está justamente aquí: lo que queremos hacer es coleccionar estrategias de supervivencia.

Es en este sentido que puede pensarse que toda buena historia es un contagio, un parásito, una enfermedad. Un lector no sale indemne de un buen cuento precisamente porque el cuento no soltará al lector hasta que el lector vea al personaje arrojándose por el puente por el lado del Después, pero también hasta que el lector vea al personaje siendo llevado a la cornisa donde la coyuntura de su vida está terminando con su Antes.

Los lectores estarán parasitados, contagiados, enfermos, habitados por esta historia concentrada en una aparente decepción amorosa más hasta que logren ver precisamente que no es una historia amorosa más, no para este hombre, no hasta que consigan ver al hermano de mi amigo a punto de salirse de la vida por la inexistente puerta de abajo; es decir,  hasta que lo vean haciendo lo que el cuento no necesitó contarles: lanzándose desde un suelo que se le hunde bajo los pies y que le guarda una última esperanza y una última utopía, inesperadas ambas, impertinentes ambas, tan locas como él: alas, amor mío, alas, por favor.

Sin saberlo, los lectores estarán tocados por una nueva manera de percibir la existencia. Sin saberlo, estarán decidiendo si mudarse a este triste observatorio de la fragilidad humana por una razón fundamental: quizá pueda prestar ayuda: prestarles ayuda, o bien ayudarles a prestar ayuda.

Escritores y lectores de cuento somos hermanos de un mismo mal y de un mismo bien. Sucede que cuando el parásito, contagio, enfermedad que es un buen cuento quiera abandonar a su lectores después de cumplido el cometido de la revelación, seremos nosotros, los lectores, quienes no dejaremos a la historia marcharse de nosotros. Más que enamorados de una historia, nos hemos enamorado de la visión y del mirador y del recurso de sobrevivencia que quizá no sirvió al personaje pero que acaso nosotros logramos entrever. Estamos marcados por la historia en particular que fue el cuento leído y por la posible variante que sería su antihistoria,  pero también estamos marcados por el género, por esta cosmovisión y por su creencia que nos parecen, de pronto, apropiadas, pertinentes, afines: la fatalidad existe pero acaso también existe la posibilidad de interrumpirla.

Nosotros, como aquella célebre novela de Ray Bradbury “Farenheit 451”, nos convertimos entonces en recipientes vivos de una historia y de todo un género literario y de toda una posibilidad de no perder la vida.

¿No es eso lo que desearía todo escritor de cuentos? Ser el nuevo hogar y el nuevo brote de la epidemia cuentística.

S‎í y no. Todo escritor de cuentos quiere sobre todo asir una de las más tristes verdades de la existencia humana: nuestra vulnerabilidad y las mil rutas para destruirnos que tiene la vida. Quiroga se especializó en ver todos los finales trágicos con que la naturaleza nos está esperando: venenos, hormigas, accidentes, pulgones, etc. Cortázar se especializó en ver todos los finales trágicos que lo extraordinario nos depara en las esquinas más ordinarias y comunes de la vida. Onetti se especializó en ver todos los finales trágicos a que los seres humanos nos empujamos los unos a los otros. Rulfo se especializó en ver todos los finales trágicos a las que una vida triste y desamparada nos va orillando. Y así.

La otra historia es la de la hermanan de mi amiga, ¿recuerdan? La hermana de mi amiga parecía una niña normal hasta que descubrió a Dios o hasta que Dios la descubrió a ella. Poco a poco Dios la fue ocupando hasta que ella abandonó todo lo que no era Dios: dejó estudios, dejó amigos, quiso dejar a su familia muchas veces, pero su familia salía a buscarla y la traía de vuelta esa misma noche o días después. Su misión era Dios y contagiar a Dios, así que predicaba. Para mí, su misión de predicar ya era un comportamiento suicida porque ella –siguiendo quizá la consigna cristiana de que quien necesita a Dios está entre los pecadores y no entre los justos- salía a buscarlos por las noches y en los barrios más rabiosos del norte de mi ciudad. Descubrió el suicidio, al mismo tiempo que la vergüenza de seguir viva, después de su primer intento de matarse. Lo intentó tantas veces que sus cinco hermanos y sus padres se turnaban para no dejarla sola ni en casa ni fuera de ella. Alguna vez tuvo que haberse liberado de todas las vigilancias y todas las tentaciones de volver a fallar, se subió en un edificio y se arrojó de la azotea.

Como se habrán dado cuenta, con la hermana de mi amiga relaté más los efectos del descubrimiento de Dios que la causa de esa necesidad de lo divino que súbitamente debió de haber irrumpido en algún momento de su vida.

Así es el cuento. Un género maestro no para mostrar causas – acaso ese género sería la memoria o la biografía o el psicoanálisis – sino los efectos.

Lo que muestra el cuento es el momento en que el efecto comienza o está por comenzar. ¿En cuál momento de la historia de la hermana de mi amiga tendría que concentrarme yo para, como dije, no hacerle justicia sino para hacerle verdad? ¿En qué momento se definió su vida y todo lo que vino después sólo fue consecuencia, un túnel cuya única salida era la azotea de un edificio?

A diferencia de lo sucedido con el hermano de mi amigo, aquí el momento coyuntural y la cornisa no son fácilmente conjeturables.

Es aquí donde da comienzo la difícil labor de la búsqueda de la verdad que es el cuento. Imaginen la manida visión de la laguna, la piedra cayendo en su centro y el oleaje hecho anillos que se expanden por el agua, órbitas de efectos que se desplazan siempre hacia las orillas de la laguna. ¿Cuándo cayó la piedra en medio de la laguna que era la hermana de mi amiga? ¿Y qué fue la piedra? Eso es lo que me sigo preguntando aún.

Las historias de mis amigos y sus hermanos suicidas son reales. Pero un cuentista no necesita- como se cree en esta época ultrarrealista- historias reales. Antes de leer “Una rosa para Emily” de William Faulkner  yo ya estaba obsesionado con las personas que se rebelan contra la muerte con la única posible rebeldía que tenemos al alcance de la mano: no dar el cadáver de nuestra persona amada. Siempre he querido escribir esta historia. Parece morboso y quizá lo es. Yo me defiendo diciendo: quiero saber a qué clase de persona tendría que morírsele qué clase de persona para empujarlo a tal extremo de locura rebelde y quiero saber quién es ese alguien que mantendría de allí y para siempre un cadáver en su casa, en su cama, en su alma, en medio de todas y cada una de sus ideas hasta el final de su vida, y quién es ese cadáver que sería convertido entonces en símbolo de vida, en símbolo de nuestra victoria sobre la muerte. En el fondo me preocupa una de las tragedias Onettianas: lo que nos mal-podemos hacer los seres humanos los unos a los otros, por ejemplo, una novia que dice que mejor no, por ejemplo una familia que siembra a un Dios que terminará  por precipitar a su hija hacia la inexistencia, por ejemplo, una persona que simplemente se nos muere.

Lo que me interesa indagar, por encima del mal-poder, es el bien-poder. Es decir, lo que podemos hacernos los seres humanos para prestarnos ayuda y así librar del mejor modo posible nuestro propio momento coyuntural

¿Qué es el cuentista entonces?

Retomando la metáfora de la piedra, la laguna y el oleaje producido, creo que los cuentistas son aquellas personas obsesionadas en hacer un inventario de las piedras, de los lagos y de los efectos que pueden ser producidos con los encuentros de ciertos lagos y ciertas piedras, es decir, personas obsesionadas en hacer una compilación de todas las convergencias que pueden destruir una existencia humana.

Por eso un cuentista es incapaz de ignorar tragedia alguna de la vida. Allí donde suceda una tragedia, el cuentista se detendrá para empezar la peliaguda labor de reconocer la causa y el pretérito origen de la piedra que produjo hoy en día tal efecto radical.

Los cuentistas acabamos siendo conocedores de piedras y de vulnerabilidades humanas. O sea, de los riesgos que supone el mundo para el ser humano y de las debilidades existente en todos nosotros donde golpes bien dados nos romperían. Un cuentista sabe y nunca olvida que la existencia no deja de lanzarnos pedradas. Un cuentista sabe y nunca olvida que cada uno de nosotros posee una fisura, el manido <<talón de Aquiles>>, aquello que de ser alcanzado te condenará a la caída.

Por eso el cuento no crea personajes sino personifica las grietas humanas.

Por eso el cuentista acaba trazando su propio mapa de las vulnerabilidades.

Por eso todo buen cuentista acabo encarnando una teoría de la debilidad.

¿Quién quisiera dedicarse a este trabajo?, me pregunto hoy aquí con ustedes, ¿A quién puede interesarle crear tal cartografía de la fatalidad?

A lo mejor lo único que yo quiero es entender el misterio de  la naturaleza humana que puede condenar una existencia en un único instante. A lo mejor lo único que quiero entender -cuando escribo cuento, es decir, cuando contemplo la vida desde el mirador de este género- es cómo pudieron salvarse los hermanos de mis amigos.

Confieso entonces -para dar cierre a esta reflexión- una última creencia que es mía y que es más que poética es una ética.

¿Mi última creencia? Creo en la utopía.

Creo, y por eso amo al género: creo que el cuento puede salvar vidas.

Creo que si yo lograra contar la verdad de los hermanos de mis amigos, quizá otros hermanos y otros amigos no tendrían que llegar al cielo para después arrojarse desde allí.

Creo y eso es todo. Creo, creo, creo, y quizá no es sino una última esperanza y una última utopía, inesperadas ambas, impertinentes ambas, tan locas como yo: alas, amor mío, alas, por favor.

Pero no me importa.

Ricardo Chávez Castañeda

 Ricardo Chávez Castañeda