La máquina desintegradora

Un anciano corre por la acera de la calle, su mirada, que de lejos no ve, lanza desde la distancia un agudo deseo de llegar. Los que estamos en la fila lo miramos sin participar en lo más mínimo de sus emociones. El anciano es sólo eso, un estorbo más que podría estar en la fila, adelante o tras de mí, esperando como todos. El sentiría lo mismo si se encontrara en esta situación y mirara correr a un niño hacia acá. Lo aseguro.

El vejestorio tarda en llegar, su desesperación va en aumento a cada débil zancada. Por el otro extremo de la calle una señora apurada le gana el lugar y se convierte en una vértebra más de la serpiente humana que formamos, en espera, para ser desintegrados bajo la promesa cósmica de ser reinstituidos en otro mundo mejor. Ya los primeros botones rojos han sido oprimidos, se deja sentir el calor sofocante y húmedo que desprenden las máquinas. Los robots que habrán de conducirnos a la sala desintegradora vienen en camino.
Escucho súbitamente una voz exasperada que me dice: ¡Joven, joven! ¿Cuánto de tortillas?

Rubén Alvarado
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 319

El retorno

A Homero Sánchez, veterano de Viet
Nam que, ahora ciego vende “Cocas”
a la puerta de un “bule” Neoyorkyno.

Y ella —tu mujer—, antes de que te sientes a la mesa te anticipaba que no habrá cena porque se acabó el gas y el pinche gasero no pasó en toda la mañana, así que tendrás que llevar a toda la familia a cenar a “El escondite de Ulises”, la mejor y más intelectual taquería del barrio para que los niños —y tú también, pues no es cosa de que luego de un día de super chinga te acuestes sin cenar— coman unos tacos de carnitas, acompañados de su respectivo y obligado refresco embotellado (agua fresca no, por aquello de la tifoidea)…

Y mientras la familia se prepara para salir, tú piensas: “Carajo: esta Penélope de seguro estuvo tejiendo toda la mañana su pinche tapetito ese y no se dio cuenta cuando pasó el mula gasero… Esto se lo voy a descontar del gasto…” Y después de hacer un cálculo más o menos que no afecte tu presupuesto, furiosamente le das una patada a Argos, tu pulguiento perro lanudo que, fiel a su espejo diario, chilla y mueve la cola, agradecido de tu vuelta al hogar…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 318

El manco de Lepanto

Era siete de octubre de mil quinientos setenta y uno. En pleno mar Mediterráneo luchaban dos armadas: la turca de Mehemet Sirico, contra la europea capitaneada por Juan de Austria. Musulmanes contra venecianos, pontificios y españoles.

Frente a frente, se encontraban un soldado turco con un español. De un arcabuzazo, el turco le destrozó la mano izquierda al español.
Sin el menor gesto de rencor, el español dijo: Gracias; y con la mano derecha se puso a escribir el Quijote.

José Barnoya
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 311

Cierta mañana

Mamá levantó la almohada. Un caballito de azúcar se ocultó bajo las sábanas. Suspiró fastidiada y de un manotazo arrancó la sábana. Sí. Ahí estaban: mariposas de papel, caballos alados, peces de colores, pequeños elefantes verdes, flores de cristal, insectos metálicos.
Mamá ladeó la cabeza, puso las manos en la cintura y un coraje viejo le fue iluminando la mirada.

—Gabriel —gritó de repente—, Gabriel, escuincle del demonio, ¡otra vez soñando con los ojos abiertos!

Virginia del Río
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 310

Cábala

Nunca he creído en la superstición, pero, cuando murió mi madre, vi siete mariposas negras en mi sueño, exactamente siete días antes que ella muriera. Lo mismo ocurrió con papá y con mi hermano Alberto.
Ahora, vivo solo en casa y hace siete días que no puedo dormir.

Tomás García Cerezo
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 307

Falla imposible

Obsesivamente se obligaba a ser puntual, muy puntual en todas sus tareas. Cumplía sus compromisos con el mismo rigor durante las veinticuatro horas. Tan exacto era, que al llegar a su última cita un minuto tarde, tuvo que atrasar su reloj sesenta y un segundos, para morir a tiempo.

Gonzalo J. González Calzada
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 301

Visita al psicoanalista

Me encuentro recostado, sin quererlo, en un sofá, analizando las grietas del techo y formando figuras con ellas. Admiro, a través del ventanal, las nubes que flotan. Me asombro de su intensa blancura que contrasta con el claro azul del cielo. ¿Por qué se mueven tan rápido si en el consultorio el tiempo transcurre tan lentamente?

Desganado, adormecido, el psicoanalista interrumpe mis pensamientos con un forzoso: “¿En qué piensas?”

¡Odio la intromisión! Considero que pierde su tiempo con mi caso y que está consciente de ello.

¿Cómo explicarle que he encontrado una gallina en el techo?

Silencio. Prefiero no responder, sino crear figuras con las grietas del techo gris. Es divertido: además de la gallina, su polluelo, un borrego, un papalote…

Sin darme cuenta, grito. Emito un alarido, largo, estridente, insoportable, agudo… interminable. Me incorporo estupefacto.

El psicoanalista se despabila rápidamente. No sale de su asombro cuando mira, perplejo, como del techo se desprenden la gallina, su polluelo, el borrego, un papalote…

María Luisa Pérez Tovar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 297

Hechicería

El día que descubrí el primer trébol de cuatro hojas tuve la premonición de que mi destino iba a cambiar, pero cuando el jardín se llenó de ellos y los encontraba en todas partes, en la banqueta, en Chapultepec y hasta en las yerbas de guisar, tuve la certeza de mi buena fortuna, sobre todo, cuando después de la toma de posesión del nuevo gobierno, aquel secretario de Estado que fue compañero de parrandas de mi marido, se comenzó a portar con él como un verdadero mago, a tal grado, que casi sin darnos cuenta nos convertimos en nuevos ricos.

Se usaba en aquellos tiempos presumir de suntuoso abolengo, y para demostrarlo se arreglaban las casas con muebles antiguos, que los dueños aseguraban ser heredados, aunque quién sabe. Nosotros poseíamos algunos, no precisamente por su autenticidad, sino por habernos comprado en La Lagunilla antes de que se pusieran de moda. Naturalmente que eran insuficientes para amueblar la mansión que en escasos meses adquirimos. Buscando aquí y allá, encontramos una parienta deseosa de deshacerse de lo que ella llamaba vejestorios, y entre otras cosas adquirimos una recámara que mi marido insistió en colocar en nuestro cuarto. Yo, que soy sentimental hasta la cursilería, tuve un ataque de nervios, pues no quería separarme de la que él me regaló al casarnos.

Probablemente debido a la tensión nerviosa comencé a sentir una especie de cansancio matutino y a tener por la noche pesadillas muy raras, en las que siempre aparecían salones enormes muy elegantes, y chicas vestidas como en la época porfiriana, ellas y yo cantábamos y bailábamos con señores apuestos unos y otros horrorosos, pero siempre tratando de quedar bien con nosotras; además se servirán bebidas, y yo que no tomo ni una, no por virtud, sino porque sencillamente me caen mal, brindaba muy a gusto hasta el amanecer. Lo que pasaba después no quiero ni contarlo, ya que en el desbarajuste de la alucinación llegué a engañar a mi marido.

Una noche me sentí paranoica, pues sucedió algo increíble: estando totalmente despierta sentí llegar a mi esposo que, como siempre, no encendió la luz y al poco tiempo estuvo a mi lado. Momentos después sonó el teléfono y escuché con asombro su voz al otro extremo de la línea. Bueno, ¡con un demonio!, entonces ¿con quién estaba yo acostada?

Alarmada consulté al médico que me recetó pastillas tranquilizantes, suprimí el café, me hice hacer unas limpias, y por fin visité a una cartomanciana, que después de tender la baraja sobre una mesa señaló la sota de espadas, asegurándome que vendría de fuera una mujer, ni blanca ni morena, ni alta ni baja, ni vieja ni joven, pero que seguramente resolvería mi problema.

Efectivamente, unos días más tarde llegó a visitarme la persona que nos vendió los muebles y que presentaba las características descritas por la cartomanciana. Siendo de toda mi confianza, le platiqué la triste historia de mi vergüenza y la preocupación por mi salud mental.

Apenadísima me reveló haber experimentado las mismas vivencias que yo, desapareciendo éstas al cederme la recámara, de la cual acababa de enterarse, que había pertenecido a una casa de chicas fáciles, allá por los años anteriores a la revolución. No cabía la menor duda, aquello era un hechizo ¿Cómo explicarlo? ¿Vuelta al pasado? ¿se impregnarían los muebles con las vibraciones de aquellas gentes? ¿Qué misterio ocultaba? Fuera lo que fuera y aunque casi me cuesta el divorcio, malbaraté la recámara. Sin embargo, no quiero ser hipócrita. A veces me arrepiento. ¡Pasé tan bien aquellas noches!

Aurora Argudín Pavón
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 295

El toque de oro

La noticia subía y bajaba por los caminos, entraba en casas y tabernas, ora en un murmullo, ora a viva voz, uniformando las caras en una mueca de admiración e incredulidad. Las manos que transformaban lo que tocaban en oro era el tema que como buen vino llenaba las bocas de guerreros, sacerdotes, nobles, mendigos. A lo lejos, en los jardines reales, todo había cambiado de color. Olivos, rosales, fuentes, columnas, carruajes, todo resplandecía a la luz del mediodía, cual si fuera un pedazo de sol incrustado en el amplio valle.

Sin embargo, en el palacio había gran preocupación. Por primera vez en muchos años, el rey se había demorado en bajar a comer. Fue entonces cuando alguien gritó desde los aposentos reales. En un abrir y cerrar de ojos, toda la servidumbre había acudido al lugar. La multitud se congregaba alrededor de la estatua, mezclando risas y expresiones de asombro. Delante de un bacín se encontraba una réplica perfecta del rey, toda dorada, con las ropas caídas a la altura de las rodillas. Las manos de oro, sostenían un pene también de oro, del cual escurría una última gota de orina.

Carlos d´Arbel
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 274

La comida del distraído

107-108 top

Llegó al lujoso restaurante y el mesero, por descuido, en lugar de ofrecerle la carta, le entregó la cuenta.

El cliente vio la abultada suma y sin más pagó añadiendo una generosa propina.

Salió a la calle sintiéndose terriblemente satisfecho: la comida había sido magnífica, los vinos también y el postre insuperable; caminaría un poco para ayudar a la digestión.

René Avilés Fabila
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 261

Luz Emilia Aguilar Zinser

Luz Emilia Aguilar Zinser

http://youtu.be/UYRooT5tpzY

Luz Emilia Aguilar Zinser

Egresada de la carrera de Literatura Dramática y Teatro, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM., ex becaria del Centro Mexicano de Escritores.

Ha sido co editora de la sección editorial y el suplemento Enfoque, del periódico Reforma, donde además colaboró con artículos sobre la obra de Miguel Angel de Quevedo, sobre los parques nacionales de México, entrevistas, reportajes, coberturas de encuentros internacionales y como columnista de 1997 a 2002.

Ha sido colaboradora de las revistas Siempre!, Escénica, Correo Escénico, El Ciudadano, Nexos, Paso de Gato, con artículos sobre teatro, cultura y crónicas de la ciudad de México.

Traductora de cuentos y obras de teatro. Ha sido jurado en diversos certámenes de dramaturgia y creación teatral.

Se ha desempeñado en la Dirección Artística del Encuentro México Puerta de las Américas y la Muestra Nacional de Teatro.

Realizó la investigación histórica y colaboró en la redacción del libro El campo en el México Moderno, de María Elena Azpíroz, Editorial Sextante.

Compiló en un sistema digital la revista México Forestal, y realizó para ello un amplio estudio introductorio a la historia ecológica de la ciudad de México y la obra de Miguel Ángel de Quevedo.

En colaboración con la Secretaría de Medio Ambiente del Gobierno de la Ciudad de México y GM Editores hizo la base de datos y el portal de Internet en el que se puede consultar dicha revista, con sus estudios, resúmenes y notas.

Actualmente trabaja en la biografía de Miguel Ángel de Quevedo y colabora con una columna semanal en el periódico Excélsior, entre otras publicaciones[1].

Luces

Vaciarme en palabras, dibujarme en letras. Pero si me miro en fragmentos, me indago en pedazos. Me defino y a la vuelta de la esquina me descubro distinta. A veces me veo como un estallido de palabras que rebotan huecas como los ruegos en las cúpulas de las iglesias, otras como un atajo de pelo obscuro que no se deja peinar, que se acomoda a su antojo, lacio, terco, enredado en la espalda y que se quiebra para no cubrirme ¿para no ahogarme?

Tengo la piel muy blanda por dentro y ahí atesoro lo querido en el desorden de los años, en los días de sol y de lluvia, de una tarde en Irlanda. Soy una historia de Coyoacán donde crecí atónita al descubrirme en las formas de las rocas y en los ojos de animales asustados.

Puedo decirte que tengo veintiocho años en el cuerpo y un infinito de noches de luna en vela para ver cómo nace el día, para ver algún día cómo nací yo, la mitad de Luz y Emilia, porque dicen que nací doble y que la otra parte de mí se ahogó para que yo viviera.

Con unos ojos sin fondo, de todos los colores, me gusta mirar el agua que resbala siempre diversa en las hojas de muchos verdes en las que no escribo. Tengo en la memoria el olor de la ropa limpia que evoca la noche previa al colegio de monjas agarradas, de pechos ocultos entre vendas de deseos, almas cautivas de los corredores de cemento en la vieja escuela de niñas ricas que rezan entre risas.

En mis dedos guardo el olor de la mano partida de mi nana que olía a ajo y a naranja cuando después del desayuno me llevaba a misa de ocho a San Antoñito. Me llevaba a la fuerza, porque la mañana del domingo me daba una horrible nostalgia y prefería hacerme bolita entre las sábanas a mirar la cara herida de sangre del cristo atrapado en el cristal. Y guardo también entre mis dedos la tibieza de una luz que recogí en unos muslos colmados de historia y de saber que me hicieron canto de agua, una luz que se fue con la noche y no regresó.

Tengo la nariz larga como la de los antepasados muertos en los retratos que mi abuelo colgó en la biblioteca, larga e intolerante al polvo de os libros, como la de mi padre, que me enseñó a apreciarlos a su manera y que con los años descubrí que no era la mía.

Pero lo que más me gusta de mi cara es mi boca golosa que ha probado los dones del mar y de la tierra sin agotarlos, mi boca desobediente que habla y habla, por lo que seguramente no engordo y ando como un hilo de viento. Me gusta ir dejando mis pasos regados por las calles, para que suenen, porque no quiero que me olviden y porque a mi último refugio debajo de la tierra quiero llevarme una cascada de recuerdos para hacerme así la ilusión de que viví mucho, de que viví.

Luz Emilia Aguilar Zinser
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 259

Cazadores de fantasmas

107-108 top

BOLONIA, 29 de junio. (ANSA) —Cazadores de fantasmas de toda Italia se concentraron alrededor de la Roca de castillo de Mondaino, en la región de las Marcas, con la esperanza de sentir o ver el fantasma que desde hace un tiempo se encuentran en dicho lugar. Fueron los carabineros quienes denunciaron la presencia del fantasma, que les hizo pasar noches infernales, fastidiándolos con ruidos sobrenaturales, mientras prestaban servicio en el castillo.

Agencia ANSA
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 255

El compadre Molina

Antes de venir a verte, maté al compadre Molina. No te asustes, dentro de lo que cabe creo que no padeció. Nomás se le fruncieron los labios y luego se fue padelante sin soltar un pujido. Allí mismo, frente al estero de las mojarras, hice un pozo bien hondo y lo enterré amortajado con el suadero de su caballo. ¿Tas oyendo? No me veas con esos ojotes de vaca recién parida, al fin y al cabo el difunto ya descansa en paz y a mí no me queda otra que volver con los carrancistas del general Patiño; si me quedo aquí, capaz que me afusilan. Me vine de Coahuila pensando en el gusto que te iba a dar, pero apenas me acerqué al pueblo, me dieron el chisme. ¡Qué lástima! Más de tres veces el compadre Molina me sacó de apuros; no se rajaba nunca, ni con pesos ni con el máuser y menos si se les ponía enfrente una vieja franjolina como tú. No, no te arrecholes en ese rincón, no te voy a pegar, aunque me gustaría amarrarte a las trancas del chiquero y que tragaras lo mismo que los puercos.

Agarra tus tiliches y lárgate que ya no aguanto las ganas de reír a carcajadas por el último favor de mi amigo. No sé cómo diantres te metiste con él. ¿Recuerdas la llaga que el compadre traía más enconada que el piquete de un pinolillo? ¿Te acuerdas de sus dolores de cabeza y de lo amolado que estaba por las riumas? Ojalá que sí, porque ora te va a pasar lo mismo; él ya no tenía remedio: se hubiera muerto de esa enfermedad que pegan las pirujas.

José Luis Velarde
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 254

Germán Espino Sánchez

Germán Espino Sánchez

 

Germán Espino Sánchez

Doctor en ciencia política por la Universidad Autónoma de Barcelona

Últimas Publicaciones:

(2009) Publicación del libro La república del Escándalo, coeditado por la Editorial Fontamara, IEQ y la UAQ

(2009) Publicación del artículo The transformation of political communication in Mexico (1994-2006) en la Journal of Global Communication, Vol 2, No. 1. Editado por la Global Communication Research Association, Sidney. (Revista indizada)

(2011) “La transformación de la comunicación política en las campañas presidenciales de México”, Revista Convergencia 56 (revista indizada), Mayo-agosto, Universidad Autónoma del Estado de México, México.

(2012) ¿Cyberrevolución en la política?, Editorial Fontamara. México. (Libro en prensa)

(2012) Garza, Martagloria y Germán Espino, Querétaro: democracia de dos bandas. Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro. Querétaro. (Libro en prensa)

Reconocimientos, premios y distinciones:

En la Maestría en Comunicación y Política por la UAM Xochimilco obtiene Mención de honor por sus calificaciones y haber presentado la tesis en tiempo.

En el examen de doctorado obtiene la mención Cum Laude con la tesis “El nuevo escenario de la comunicación política en las campañas presidenciales de México”)

Reconocimiento por haber obtenido una de las mejores evaluaciones de los estudiantes en los cursos impartidos en el semestre julio-agosto 2009

Reconocimiento a perfil deseable por PROMEP (2009-2012)

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1 (2010-2013)

 

Cargos relevantes que ha desempeñado:

(2001-2002) Director del periódico Tribuna de Querétaro

(2006-2007) Editor de suplementos en el periódico nacional Milenio, diario

(2010) Coordinador del Diplomado en planeación de campañas electorales y marketing político, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro[1].

La eternidad no pasa en balde

Cuando Dios Padre murió, todos en el cielo sabíamos que Dios Hijo le sucedería en el trono eterno.

Pero vino un dios griego, Zeus, que también decía ser hijo de Dios Padre. Dios Hijo, que no podía dudar de la castidad del padre, negó al griego; pero éste rompió los siete sellos y demostró ser hijo del Padre. Dios Hijo tuvo que reconocer el desliz del Padre.

Entonces de todas partes surgieron dioses que rompían los siete sellos: Brahma el hindú, Atón el egipcio, Huitzilopochtli el mexicano, Alá el árabe, Manitú el norteamericano, Niord el escandinavo,… una constelación infinita de dioses que venían primero de toda la Tierra y después de todos los rincones del universo.

Cuando me desterraron al Purgatorio por el exceso de población, el cielo ya era una democracia.

Germán Espino Sánchez
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 248