Darío Jaramillo Agudelo

Darío Jaramillo Agudelo

Darío Jaramillo Agudelo

(Santa Rosa de Osos, Antioquia, 28 de julio de 1947)

 

Poeta y escritor colombiano, reconocido internacionalmente como uno de los mejores poetas de su país del último siglo.

Darío Jaramillo Agudelo es un importante escritor colombiano, nacido en Antioquia el 28 de julio de 1947. Estudió abogacía y economía en la Universidad Javeriana de Bogotá y durante más de dos décadas trabajó en el Banco de la República de Colombia, a cargo de la actividad cultural, la red de bibliotecas a nivel nacional y la red de museos. Asimismo, colaboró con la revista Golpe de Dados, en los consejos de redacción, y con la fundación Simón y Lola Guberek. En el año 89, perdió un pie a causa de un atentado que ni siquiera lo tenía como objetivo; a raíz de este hecho, el ritmo de su vida, tanto anímico como físico, se vio afectado y asegura que fue un nuevo punto de partida. Justamente, en esa desgracia encontró una buena razón para comenzar a dedicarse a la novela, ya que su antigua inquietud no le había permitido dedicarse con paciencia a este género.

Darío pretende que sus novelas causen los mismos efectos en sus lectores que sus poesías. A través de sus letras, busca ahondar en la intimidad de los personajes y no detenerse en su vida pública. Destacamos sus poemarios “Historias” y “Poemas de amor”, sus novelas “Cartas cruzadas” y “La voz interior” y su ensayo “Poesía en la canción popular latinoamericana.[1]


La tía

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Una tía es un aparato pequeño, acostumbrado a cierta clase de preguntas difíciles de responder; en determinado momento de su vida suelen inflarse hasta semejar un globo, corriendo siempre el inminente peligro de salir volando como un zepelín, riesgo que logran evitar dando continuos grititos que espantarían al más tolerante de los directores de orquesta, gracias a los cuales también eluden el peligro de estallar salpicando todo de azúcar, chocolate y bombones.

Darío Jaramillo
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 307

Venidas

Después que la humanidad murió de autopodredumbre, hubo una especie de milagro, recomenzó la vida, y poco a poco el Hombre renació. Andando el tiempo, Él vino de nuevo, pero esta vez era negro. Eones más tarde, el ciclo se repitió con ligeras variantes; las cosas no habían mejorado. Él retornó, pero con el ser de una mujer. Cuando, tras el último suicidio colectivo (a causa de una guerra bacteriológica), el proceso de re-creación exigió una Venida más, Él volvió a probar con la receta primitiva: Un humilde hijo de carpintero, nacido en un pesebre.

Parecía cansado.

Carlos María Federici
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 306

Otra oportunidad

La humanidad en pleno se reunió en magna asamblea. Nadie sabía de qué se trataba. Muchos pensaron en el juicio final, cuando las trompetas se escucharon, pero nada había sido aún destruido, por lo que la idea del fin del mundo fue desechada.

Se escuchó entonces la voz de Dios: ¡Este era el último día del mundo, pero algo me hizo decidir que no lo fuera! Muy pocos se hubieran salvado si en estos momentos hiciéramos el juicio, así que habrá una segunda oportunidad…!

La humanidad se relajó, reconfortada.

—¡Pero desde ahora —siguió diciendo Dios— y en vista de la poca capacidad de los cuerdos para gobernar, el mundo será entregado a los locos. Tal vez ellos consigan la Salvación de la especie!
La humanidad calló, bajó la cabeza y se retiró compungida.

Agustín Cortés Gaviño
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 305

La paronomasia doce

Según un computador electrónico, este cuento brevísimo y estrambótico es un cero a la izquierda verídico.

Érase que se era un filomático que se pasaba las noches en vela, jugando con las equis, las yes y las zetas.

Tenía la cabeza hecha una cafetera por las once paronomasias completas: Paso, peso, piso, poso, puso; pase, pese, pise, pose, puse; raja, reja, rija, roja, ruja; rata reta, rita, rota, ruta; carro, cerro, cirro, corro, curro; malla, mella, milla, molla, mulla; mana, mena, mina, mona, muna; para, pera, pira, pora, pura; pala, pela, pila, pola, pula; maro, mero, miro, muro; papa, pepa, pipa, popa, pupa.

Y desfrunciendo el ceño, nuestro moderno Arquímedes, eureka la paronomasia doce, una pica en Flandes mas el secreto de la Esfinge.

Felicítote lector inteligente. Tú también has dado en la tecla, en el clavo y en la yema: has encontrado en este relato una de las cinco palabritas de la paronomasia doce. ¡Y qué palabra tan grosera es la numero cuatro! ¡Cómo contamina cada vez el medio ambiente pletórico ya de brechas, sapos y culebras!

Ángel Consuegra Marín
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 302