El compromiso

Sentía yo un extraño vaivén y al mirar hacia abajo me encontraba muy cercano al pavimento, sucio, cuajado de toda clase de desperdicios. Junto a mí, dos zapatos negros caminaban cadenciosamente a ras de unos pantalones grises que abanicaban sus pasos siguiendo el movimiento. Particularmente me era desagradable quedar entre las ruedas de los automóviles al cruzar las calles, y más aún mi vecindad con los perros que me rozaban con sus cuerpos pestilentes y me veían de tú a tú. Pero lo peor fue que uno de ellos, golosamente, pasó su lengua acuosa por mi cuello. Atrás de mí, oía el gotear serpenteante de un líquido espeso.

Los zapatos negros subían ahora una pequeña escalinata de piedra; después siguieron un largo pasillo por donde iban y venían muchos pares de zapatos blancos, que al adherirse con rapidez sobre las interminables carpetas de hule, unían los chasquidos de sus pasos a las voces de altoparlantes monótonos que llamaban sin cesar a no sé quiénes.

Después se cerró la puerta por la cual habían penetrado los zapatos negros y el pantalón gris. Pero yo no podía comprender mi situación. Quería recordar su causa para ubicarme, hasta que levanté la vista y me enteré de que una de mis manos me llevaba asido por el pelo.

Entonces recordé que había aceptado aquel compromiso.

Por eso llevaba yo mi propia cabeza cortada a entregarla como donador para un trasplante.

José Barrales V.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 338

Incomprensión

Estallaba de cólera, al verse arrancado de golpe del Paraíso. Aspiró mucho aire, con intenciones de expelerlo todo junto en una protesta que los dejaría tiesos. ¡Él no quería salir!

Pero lo único que consiguió fue un aullido.

—Qué raro —comentó el obstetra—. Ni le pegué en la cola todavía.

Carlos María Federici
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 336

L’homme qui insiste

Tanto insistió aquel hombre de sucia corteza, que un día (el sol era verde) la mujer le dijo:

—Está bien: entra.

Inmediatamente el hombre empezó a golpear con una tabla su exterior de charco hasta lograr una apariencia de soldadito de plomo. La mujer lo tomó sin gran emoción por el bracito derecho —y lo introdujo en su boca. Lo masticó lentamente, escupió las sobras, bebió un sorbo de agua y terminó por cepillarse los dientes con pasmosa tranquilidad.

Miguel Covarrubias
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 335

Las aves

A veces, por las noches, aparecen en el cuarto pequeños animales alados, bastante raros, pero no me causan pánico, sino todo lo contrario, me deleito viéndolos revolotear durante horas y horas entre las paredes del cuarto. A nadie le he contado sobre ellos.

A veces los encuentro en la calle jugando con los niños. Ellos tampoco les temen. Algunos niños les han contado a sus padres sobre estas misteriosas aves y los padres solo han sonreído y han dicho que solo son fantasía, que no existen. Pero ellos deberían creer, porque éstos animales cuando encuentran a personas que no creen en ellos, los atacan y les sacan los ojos. Estas aves sí existen.

Roberto Castillo Udiarte
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 334

Las predicciones

Fueron llegando a todos los puntos del globo a la convención anual: magos hindúes de larga túnica y turbante blanco; arúspices egipcios de ojos oscuros y barba triangular; hechiceros africanos con el cabello como panal de abejas; brujos ingleses altos y rubios, con la frente nimbada de un misteriosos halo de clarividencia; adivinos suramericanos de tez cetrina y la mirada huidiza y ambigua de quienes llevan 400 años viendo cómo se terminan dinastías y comienzan esclavitudes en un eterno devenir cuya duración resistía el paso de los siglos y del silencioso conformismo del odio resignado y cobarde; futurólogos norteamericanos, portadores de inmensos legajos de cinta perforada, tarjetas de computador y grabadoras G. E. y toda clase de adivinos, pitonisas, escrutadores del porvenir y perceptores de los acontecimientos que deberían suceder durante los días, semanas y meses del año no comenzado aún.

Sentados en grupos de doce en trece mesas, doce de las cuales representan cada una un signo zodiacal y en la última, en medio del semicírculo formado por los demás, compuesta por los respectivos jefes de grupo y el presidente de la asamblea, se hacía el estudio y clasificación de los sucesos. Una mesa para los terremotos, otra para los asesinatos políticos; la de los huracanes, los accidentes de aviación y los ferroviarios; la de los matrimonios célebres y los divorcios famosos; derrocamientos y revoluciones; escándalos, devaluaciones, muertes importantes y conquistas especiales. Trabajaban febrilmente pues al día siguiente, primero de enero, la prensa del mundo debería registrar con gran despliegue la lista de sucesos que habrían de verificarse durante el fatídico e inmediato año bisiesto de 1972.

Empezó el gran reloj del salón a dar las doce campanadas de media noche cuando los jefes de grupo firmaban los pliegos de predicciones de casa mesa y los entregaban al presidente, quien los metía en su valija negra para leerlos en la conferencia de prensa que tendría lugar a continuación, 20 pisos más debajo de aquel No. 73 del edificio Fortuna. Transcurría apenas el primer minuto del nuevo año y no se habían apagado los acordes de la última campanada cuando la sala toda apareció estallar con horroroso estruendo y la nariz azul y gigantesca del avión, apareció envuelto en llamas por el amplio ventanal y penetró hasta el fondo del piso acompañado de hierros retorcidos, lenguas de fuego, gasolina ardiendo y cuerpos mutilados impulsados como piedras de catapulta por la onda de la fragorosa explosión…

Omar Ospina García
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 333

El asombro, siempre el asombro

Corre el hombre por el callejón. Las paredes son altas, blancas, intocables, inalcanzables. Corre perseguido por el implacable hombre que quiere cobrarse en él, con su vida, todas las afrentas que el mundo le ha escupido en los labios.
Sabe que los ojos llenos de redecillas blancas, espesas, pobladas por cupulitas, no lo ven, que no les importa incluso distinguir en él una piel de blancura enfermiza y una boca abierta a golpes de fatiga, una frente invadida por el sudor y un corazón a punto de perder el equilibrio. Nada. Cada uno cumplirá el papel que hasta ese momento nadie sabe cómo finalizará.
El acosado llega al término del callejón, retrocede y empuña entonces la lanza que se apoyaba en uno de los altísimos costados blancos. Hierven sus ojos ante todo lo que miran y no miran. El perseguidor recoge la otra lanza apoyada en el otro muro altísimo y arremete contra el hombre agotado que para el primer golpe. Detiene otros dos más y al fin cae inerme al suelo caliente y áspero.
Aparece entonces la mujer que emite un aterrador ¡nooo…! Que inmoviliza los reflejos del que lanza en mano ensartaría con vigor al caído. Resuena el ¡nooo…! Con tal fuerza y en sucesiones infinitas hasta crear la paralización total.
Aún ahora nuestros oídos escuchan la definitiva negación y nuestros ojos contemplan una mirada rellena de pavor, una mueca de fiereza y tres gestos de asombro, fundidos para siempre.

Miguel Covarrubias
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 331