Sirenas

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Como es bien sabido, hay en todos los puertos del mundo por lo menos una taberna donde, a cambio de un vaso de vino o de algunas monedas, algún viejo marinero relata a los viajeros sus largas travesías y sus amores breves e intensos con las sirenas. ¿Habrá bajo el mar lugares donde las sirenas viejas narren sus antiguos amores con los marineros?

Luis Bernardo Pérez
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 8

Mariano Silva y Aceves

Mariano Silva y Aceves

 

Mariano Silva y Aceves

(La Piedad Michoacán, Michoacán, 1887 – 1937)

Fue un novelista, filólogo y cuentista mexicano. Estudió su último año de carrera en la Escuela Nacional de Jurisprudencia donde obtuvo su título de abogado en 1913. Veinte años después obtuvo el grado de doctor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Fue docente en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Altos Estudios.

Ocupó el cargo de rector interino de la Universidad Nacional Autónoma de México de octubre a diciembre de 1921. Impulsó el estudio e investigación de la lingüística, así como la creación de las carreras de lingüística romántica y lingüística de idiomas indígenas de México.

Falleció en el año de 1937[1].

El bastón cobarde

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Cuando el bastón salía de las manos temblorosas del abuelo, era para quedarse firme en un rincón, siempre lejos del ruido y de la gente. En la calle se animaba un poco más, pero nunca azotaba a un perro ni hacía rodar por el suelo una hoja de árbol.

Era un bastón sin mucha gracia, con el puño encorvado y lo demás rígido y recto. Siempre que lo buscaban para amenazar a alguien, andaba perdido, como si tuviera miedo.

Mariano Silva y Aceves
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 3

138 – 141

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Andrómeda
Tamara de Lempicka
Óleo sobre tela 99 x 65 colección privada.

Tamara radicó en la ciudad de Cuernavaca desde 1974 hasta su muerte en 1980. En cumplimiento de sus deseos, sus cenizas fueron esparcidas por su hija en el volcán Popocatépetl.

No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV

El grito

Pesadez de tierra en los huaraches cansados. La brecha retorciéndose humilde. Vientecillo tímido y helado de diciembre. De nuevo la cantinela de su madre: —Ya verás hijo, cómo la Virgen te alivia. Hoy es día doce oye a todos, ya verá hij… Y de nuevo la desesperación de no poder hablar y contestar sólo con un gruñido.

Horas y pasos esperanzados, Magueyes. Terregales. “Monos” de milpas secas. Sol. Aire. Calor y frío. Otra vez la cantinela materna: —Ya verás hijo, hoy es día doce… ya ver…

Pronto aparece entre ellos la ciudad, altiva y ruidosa. Rosario de carros. Humo y masificación. Un puñado de peregrinos se les juntan amistosos: —¿Usté también va a la Villa? —P´allá vamos. Vo´a pedirle a la “Morenita” que cure a m´hijo. Desde que nació no habla el probe.

Rápido llegar a la basílica de campañas alborozadas. Rosarios. Cirios. Alabanzas. Mar de gentes. Los dos hambrientos de pan y de esperanza entrando a codazos y empujones al recinto colmado de murmullos, con olor a gente, a cirios, a plegarias…

Están hincados. El rostro de ella —anciano rostro de arrugas nobles— clavado en el rostro canela de la Virgen. El rostro infantil —como barro recién hecho—mirando asombrado; los candiles —arañas luminosas— y los pilares grandototes, y los santos entumidos, y los mármoles veteados, y sus manos y las de la Virgen ¡iguales y morenas! y… —Vámonos, hijo, ya verás cómo la Virgen te cura, yo ya se lo pedí.

Salen con las manos enlazadas y latiendo la esperanza. Ya hay más gente, casi imposible andar. Codazos, empujones y apenas consiguen avanzar tres pasos. En el suelo, ante los ojos pobres del hijo, ha caído vibrante una moneda de a peso. Se suelta de su madre y se arroja avaro inocente, a recogerlo…

Cuando se levanta, apretando triunfal el peso, una ola humana lo separa de su madre. Angustia. Desesperación. Gruñidos. Y luego un grito nuevo y fresco —el grito del milagro— se escapa de su garganta y se estrella, muriendo, en la indiferencia de la muchedumbre:

—¡Mamáaaaaa…!

J. David Barbosa M.
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 344

Barbacoa

—Mañana vas a hacer barbacoa de conejo —le dijo por enésima vez Antonio a su mujer. Cogió su rifle 22 y se fue al campo como todos los domingos por la tarde.

Subía por verde lomas y atravesaba calveros. Como estaba convencido de que era un cazador desafortunado no se afanaba gran cosa. Le complacía ver al Sol cuando, atrás de un varazal, como vidrio estrellado, se ponía rojo de ira antes de hundirse en cerros azulosos. Un pájaro se ponía a cantar de repente como enloquecido y luego pasaba huyendo y se perdía entre ramajes.

Si veía algún conejo. Éste iba ya dando saltos prado arriba. Antonio sabía que iba a correr unos cincuenta metros, se detendría algunos segundos moviendo el hocico y que salvaría una distancia semejante para refugiarse en una barranca o en un matojo. Entonces con mil precauciones había que encontrarlo para dispararle. No lo lograba porque lo distraía una brillante nube, estirada como flecha de oro, o una flor que curioseaba en la grieta de una peña.

Aquella noche entró Antonio en su casa y se extendió en la cama con un profundo suspiro.

—Qué, ¿vamos a comer la barbacoa mañana? —le preguntó su mujer con velada ironía, como lo había hecho muchas veces.

—ya no esperes nunca el famoso conejo. Figúrate que lo vi, lo seguí el tramo que sabes, luego empecé a buscarlo con paciencia y tiento y lo encontré. Allí estaba como temblando. Le apunté, pero algo se movió junto a él. Me fijé bien: eran dos conejitos así de chiquitos.

Norberto García Jiménez
No. 55, Noviembre 1972
Tomo IX – Año IX
Pág. 341

Los números de 2013

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 120.000 veces en 2013. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 5 días para que toda esa gente la visitase.

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