Alfonso Chase

Alfonso Chase

Alfonso Chase

(Cartago, Costa Rica, 19 de octubre de 1944)

 

Es un poeta y ensayista costarricense.

Alfonso Chase Brenes nació en Cartago Centro el 19 de octubre de 1944. Es descendiente de familia norteamericana de origen hebrea. Cursó sus estudios primarios en una escuela de su ciudad natal y los secundarios en San José, en el Liceo del Sur. Realizó algunos estudios informales en México y Estados Unidos pero nunca obtuvo ningún título formal en universidad alguna. Toda su formación intelectual, cultural y literaria, es autodidáctica.

A través de sus innumerables cargos que ha desempeñado en diversas instituciones culturales y educativas del país, se encuentran, entre otras: profesor de talleres literarios en la Universidad Nacional, asesor en la Vicerrectoría de Extensión, investigador en la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje, Director de Extensión del Centro de Estudios Generales y otros cargos en dicha Universidad donde, por sus múltiples publicaciones y cargos ocupados en la educación superior se le concedió el título de Catedrático en 1989.

Toda su vida ha girado alrededor de la cultura oficial del país. Ha ocupado puestos de diversa naturaleza en casi todas las instituciones de Costa Rica: Editorial Costa Rica, Asociación de Autores, Ministerio de Cultura Juventud y Deportes, en donde actualmente ocupa la Dirección Nacional de Cultura, puesto al que recientemente renunció, y además ha ganado casi todos los premios que este país ha otorgado en diversas ramas del acontecer literario: Premio Magón, Aquileo Echeverría de cuento, poesía y novela, etc[1].

 

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Muñeca

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Un domingo descubrimos una muñeca en el desván.

Mi madre nos miró horrorizada y entonces todos recordaron, casi al unísono, que hacía cuarenta años se había extraviado la tía Raquel.

Alfonso Chase
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 17

El encantado camarón

El pescador recogió sus nasas: el día no había sido bueno. —Ni siquiera uno… —pensó.

Mientras terminaba de subir las redes a la pequeña embarcación, notó que había enredado en ellas un pequeño camaroncito. Lo cogió en sus manos, recordando el cuento de camarón encantado:

—Camaroncito duro, ¡sácame del apuro! —dijo sonriendo y lo tiró al mar.

Cuando ya se había olvidado del asunto, casi entrando en la bahía saltó un enorme pez a la frágil embarcación… y nunca llegó al puerto.

Tania Perdomo Carrillo
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 13

Los que tuvieron alas

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Había una vez un ángel que tenía una amante, y entonces Dios le dijo:

—¡Eh! ¿qué haces? ¿Por qué tienes una amante?

Y el ángel contestó:

—Señor, estoy muy solo; a esta mujer la encontré en el Paraíso, igualmente sola, de manera que pensé…

—¡Insensato! —respondió el Creador—¡ninguna mujer puede ser amante de mis ángeles, aunque se encuentren muy solos!

—Pero, Señor…

Y Dios se fijó en la mujer. Era bellísima, alta, distinguida, de cabellos dorados y ondulados; tendría unos 17 años de edad. El Señor pensó: “es hermosa”, pero acto seguido los expulsó del cielo.

Desde esa vez, el ángel y la mujer andan juntos: ella convertida en “María” vende pepitas en la calle y él, en trompetista ambulante.

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 12

La huelga

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Muy tempranito llegó el del sindicato, acompañado del dueño de la fábrica al que yo ni conocía. Me llamaron para hablar a solas porque según ellos, yo representaba el alboroto, los demás se quedaron callados, no lanzaron ni una mentada de madre pensando que el problema estaba resuelto; no sé cómo le hicieron para que mordiera el anzuelo, pero es bien cierto que hablaron muy bonito, me hicieron sentir importante, como si fuera uno de ellos. Yo quería decirles que no la chingaran, que pensaran en los hijos de los trabajadores, pero nomás se me ocurrió pensar en los míos y en el hambre que tenía. Luego les aventé la cobija a los compañeros que hasta me echaron porras y me fui en el carro del patrón porque me invitó a desayunar.

María Emilia Reséndiz
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 10