Navegaciones

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En la noche nos hacíamos diminutos y nos subíamos al cuadro del comedor, aquel de barcos junto al muelle, y caminábamos en los camarotes y en los mástiles y en las mañanas las niñeras nos regañaban por el olor salino de nuestra piel y la humedad constante entre nuestras cobijas.

Alfonso Chase
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 64

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Balance

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Una mujer estaba sentada mirando a su marido. Él, estaba en cama borracho y era el vigésimo año de su casamiento. Cuando ella se casó con él creyó que sería feliz. Casada con un holgazán, borracho y bruto, su vida no había sido más que privaciones y miseria. Fue a la habitación contigua y se envenenó. Fue llevada al hospital y la salvaron, pero entonces la justicia la acusó de suicidio frustrado. Ella no dijo nada para excusarse, pero su hija se levantó y le dijo al juez todo lo que su madre había sufrido. Obtuvo la separación con la cual tenía que percibir quince chelines semanales. El marido firmó la sentencia de separación, y una vez hecho esto, sacó quince chelines diciendo: “Aquí tienes el dinero de la primera semana”. Ella lo cogió y se lo arrojó a la cara. “Toma tu dinero —exclamó— y devuélveme mis veinte años”.

W. Somerset Maugham
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 60

La ventana

Ya era de noche cuando salí de la oficina, la calle estaba sola y obscura. Había caminado sólo un poco, cuando al pasar frente a un viejo edificio escuché el llanto de un niño, que salía por una de las ventanas; me acerqué para ver si podía indagar lo que estaba sucediendo y logré escuchar con mayor claridad —¡ya no, por favor, ya no!— era el ruego y a intervalos se oían golpes que resonaban como chicotazos, seguidos por los gemidos de la criatura. Sin poder contenerme, me atreví a exclamar que dejaran al niño en paz y enseguida se hizo un silencio. Después de un instante, se asomó por el marco de la ventana el rostro del pequeño. Los golpes comenzaron de nuevo y contemplé como se estremecía con cada uno de ellos. No soporté más y traté de buscar ayuda; había caminado unos cuantos metros cuando escuché que el niño suplicaba —¡por favorcito no, no lo haga!—, me di la vuelta para ver lo que estaba sucediendo y lo vi colgado en la ventana, sujeto únicamente con una mano. Grité en el momento en que se precipitaba hacia el suelo, como si con el grito pudiera detenerlo. Su cuerpo golpeó en silencio. Logré sobreponerme y me acerqué a él. Se encontraba en un charco de sangre que le manaba de la cabeza, tenía los ojos abiertos y me miraba fijamente. Lo enderecé un poco y al tratar de ponerle mi chamarra bajo el cuello, escuché que susurrado me decía —gracias, señor, muchas gracias.

Oscar Dávila Jara
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 56

Saadi de Shiraz

Saadi de Shiraz

 

Saadi Shiraz

(1184-1291)

Fue un místico puro. Nacido en Shiraz, fue, desde su juventud, amante del placer y muy religioso. Estudió en Bagdad y fue iniciado en la escuela Nagshbandi de sufismo. Visitó países tan distantes como China, India, Abisinia, Marruecos y Turquía. Sus principales obras son el Bustán y el Gulistán.

Como poeta  escribió una serie de relatos y poemas sobre el amor fraternal, el amor al amigo, el amor a la bienamada, de manera muy particular, con una suerte de universalidad y romanticismo al mismo tiempo[1].

El zorro y los camellos

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Un zorro huía aterrorizado. Alguien le preguntó qué le sucedía, y el zorro contestó:

—Están llevando camellos para realizar trabajos forzados.

—Tonto —le dijeron—, el destino del camello nada tiene que ver contigo, que ni siquiera te le pareces.

—¡Cállate! —dijo el zorro—. Si un intrigante afirmase que soy un camello, ¡quién se preocuparía por liberarme!

Saadi de Shiraz
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 58