Relato No. 1

138-141 top
…Entonces el genio me dijo que me concedería un deseo.
Le pedí que acabara con las armas nucleares, y ordenó que se activaran todas a la vez.

Claudio de Castro S.
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 117

Los irresistibles

138-141 top
Un día estaba Dios pelando una naranja. De pronto, se acercó un niño; la criatura se quedó mirando cómo el Señor pelaba despaciosamente la naranja y, al término, con ambas manos partía la fruta y comía uno de los gajos. El niño continuó mirándolo. Entonces Dios le dio al infante toda la naranja; se levantó, sacudió su manto y acarició la cabeza del niño, que se quedó sonriente, complacido, devorando la naranja de cuyos gajos se metía hasta tres en la boca.

Desde esa vez, si un niño se acerca a un hombre que está pelando una naranja, se sabe que es para él.

Luis Alberto Chávez Fócil
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 114

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

(Madrid, 1580 – Villanueva de los Infantes, España, 1645) 

Escritor español. Los padres de Francisco de Quevedo desempeñaban altos cargos en la corte, por lo que desde su infancia estuvo en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en el colegio imperial de los jesuitas, y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid, ciudad ésta donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su rivalidad con Góngora.

Siguiendo a la corte, en 1606 se instaló en Madrid, donde continuó los estudios de teología e inició su relación con el duque de Osuna, a quien Francisco de Quevedo dedicó sus traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca vertido al español.

En 1613 Quevedo acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado, y participó como agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas entre las repúblicas italianas. De regreso en España, en 1616 recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Acusado, parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de Venecia, sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y como consecuencia, de la caída del duque de Osuna (1620); detenido, fue condenado a la pena de destierro en su posesión de Torre de Juan Abad (Ciudad Real).

Sin embargo, pronto recobró la confianza real con la ascensión al poder del conde-duque de Olivares, quien se convirtió en su protector y le distinguió con el título honorífico de secretario real. Pese a ello, Quevedo volvió a poner en peligro su estatus político al mantener su oposición a la elección de Santa Teresa como patrona de España en favor de Santiago Apóstol, a pesar de las recomendaciones del conde-duque de Olivares de que no se manifestara, lo cual le valió, en 1628, un nuevo destierro, esta vez en el convento de San Marcos de León.

Pero no tardó en volver a la corte y continuar con su actividad política, con vistas a la cual se casó, en 1634, con Esperanza de Mendoza, una viuda que era del agrado de la esposa de Olivares y de quien se separó poco tiempo después. Problemas de corrupción en el entorno del conde-duque provocaron que éste empezara a desconfiar de Quevedo, y en 1639, bajo oscuras acusaciones, fue encarcelado en el convento de San Marcos, donde permaneció, en una minúscula celda, hasta 1643. Cuando salió en libertad, ya con la salud muy quebrantada, se retiró definitivamente a Torre de Juan Abad.

Como literato, Quevedo cultivó todos los géneros literarios de su época. Se dedicó a la poesía desde muy joven, y escribió sonetos satíricos y burlescos, a la vez que graves poemas en los que expuso su pensamiento, típico del Barroco. Sus mejores poemas muestran la desilusión y la melancolía frente al tiempo y la muerte, puntos centrales de su reflexión poética y bajo la sombra de los cuales pensó el amor.

A la profundidad de las reflexiones y la complejidad conceptual de sus imágenes, se une una expresión directa, a menudo coloquial, que imprime una gran modernidad a la obra. Adoptó una convencida y agresiva postura de rechazo del gongorismo, que le llevó a publicar agrios escritos en que satirizaba a su rival, como la Aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día (1631). Su obra poética, publicada póstumamente en dos volúmenes, tuvo un gran éxito ya en vida del autor, especialmente sus letrillas y romances, divulgados entre el pueblo por los juglares y que supuso su inclusión, como poeta anónimo, en la Segunda parte del Romancero general (1605).

En prosa, la producción de Francisco de Quevedo es también variada y extensa, y le reportó importantes éxitos. Escribió desde tratados políticos hasta obras ascéticas y de carácter filosófico y moral, como La cuna y la sepultura (1634), una de sus mejores obras, tratado moral de fuerte influencia estoica, a imitación de Séneca.

Sobresalió con la novela picaresca Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, obra ingeniosa y de un humor corrosivo, impecable en el aspecto estilístico, escrita durante su juventud y desde entonces publicada clandestinamente hasta su edición definitiva. Más que su originalidad como pensador, destaca su total dominio y virtuosismo en el uso de la lengua castellana, en todos sus registros, campo en el que sería difícil encontrarle un competidor[1].

Mercè Rodoreda

Mercè Rodoreda

Mercè Rodoreda

(Barcelona, 1909 – Romanyà de la Selva, 1983)

Escritora española en lengua catalana. Miembro de la generación literaria forjada en el exilio republicano, su novelística se considera una de las más destacadas de la posguerra en el ámbito de su lengua.

De formación autodidacta (sólo recibió educación escolar entre los siete y los diez años), llegó a la literatura a través de la poesía popular y publicó tempranamente por su cuenta la novela Sóc una dona honrada? (1932). Ingresó al periodismo político en defensa de sus ideales catalanistas, en Clarisme (1933-1934). Este mismo año, la publicación de las novelas Del que hom no pot fugir y Un dia en la vida d’un home le abrirían las puertas a la publicación de cuentos en las páginas de La Publicitat. La siguiente novela, Crim (1936), cierra un conjunto novelesco del que la autora posteriormente renegaría.

Durante la Guerra Civil española trabajó en el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya y en la Institució de les Letres Catalanes. En 1938, en plena guerra, publicó Aloma, novela psicológica en la que la protagonista, Aloma, aún adolescente, se entrega a una relación amorosa con un hombre maduro. En ella destaca ya la utilización de símbolos poéticos, una de sus constantes: en especial aquí la flor, que evoca la caducidad de la vida y, en el contexto del relato, representa la infancia y la felicidad; otros símbolos serán el espejo, el agua o la paloma. Aloma apunta ya algunas constantes de su producción: atención preferente al mundo femenino e inclinación hacia una novela psicológica con tonos poéticos y simbólicos.

Al término de la guerra se exilió, y la primera larga etapa, en París y Burdeos, supuso una larga interrupción de su obra, pero también la maduración y el acopio de experiencias y lecturas que, a la larga, beneficiarían a su narrativa. Tras la colección de relatos breves Vint-i-un contes (1958), y aprovechando un período de relativa estabilidad en Ginebra, donde trabajó como traductora en distintos organismos internacionales a partir de 1954, escribió la novela que le proporcionaría mayor celebridad: La plaça del Diamant (1962). Tiene como protagonista a una mujer humilde, la Colometa, que en voz propia, es decir, en un tono coloquial (literariamente insólito en la literatura catalana), relata los dramáticos episodios de su vida: amor, angustia, guerra, hambre, desesperación, resignación. Los elementos socio-históricos se alían a los míticos, y un toque de poesía impregna (como un pálpito de vida) toda la confesión del personaje.

Fue una constante en su obra la elección como protagonistas de personajes femeninos que encarnan diferentes momentos y fases de la vida de la mujer: en El carrer de les Camèlies (1966) quien cuenta su vida es Cecília, una marginada forzada a prostituirse. Su vida será reconstruida a través de pequeñas confesiones, de detalles tenues y dispersos. El contexto histórico se hace menos explícito a partir de la novela Jardí vora la mar (1967), donde el narrador es un jardinero que explica su particular punto de vista sobre una tragedia amorosa, y en La meva Cristina i altres contes (1967), a partir de la cual el narrador omnisciente se compatibiliza con el uso de la perspectiva interna a través del soliloquio y del estilo indirecto libre. Estas dos últimas obras abren una nueva etapa, dominada por el desencanto y la soledad premonitoria de la muerte, a la que se sumará Mirall trencat (1974), con la vida y la desintegración de todo un universo familiar como temas.

En 1973 regresó de su exilio y se instaló primero en Barcelona y luego en el pueblo de Romanyà de la Selva, cerca de Girona. Sus últimas obras fueron Semblava de seda i altres contes (1978), Viatges i flors (1980) y las novelas Quanta, quanta guerra! (1980) y La mort i la primavera (1986), publicada póstumamente. Escribió también varias piezas teatrales: El parc de les magnòlies, El torrent de les flors y El maniquí. Póstumamente salió a la luz una buena parte de su producción poética bajo el título Agonia de llum. Poesia secreta de Mercè Rodoreda (2002). Entre los numerosos galardones que recibió cabe mencionar el Sant Jordi (1966), el Premio de la Crítica (1967), el Ramón Llull (1969) y el Premio de Honor de las Letras Catalanas (1980)[1].