El cazador de ángeles

El de cazador de ángeles es un oficio duro. Hay que pasar días enteros con el olfato alerta para percibir el aroma a jazmín. Hay que remojarse en el rocío nocturno, secarse con rayos de sol y alimentarse de anhelos. Pero esto no era obstáculo para él. Además, desde sus sueños de niño había desarrollado la capacidad de ver a los ángeles. Pero atraparlos parecía imposible. Tarea de locos o de poetas.

Ideó mil trampas que cebaba con un néctar que preparaba con miel, azahar y luz de luna. Sin resultado. Entonces decidió emplear el poderoso arco y las saetas con punta de estrella. Al principio no tuvo éxito. Su primera presa fue una horrenda arpía, olorosa a Eternity. Y hasta cazó un demonio, de gesto soberbio y mirada de hielo. A ambos los decapitó.

A punto de desistir, un día derribó tres ángeles bellísimos, que cayeron estrepitosamente, sin conocimiento. Así capturó cerca de cincuenta. En tanto se recobraban, se sentaba a contemplarlos con arrobo. ¿Para qué los cazaba? ¿Será verdaderamente el afán por encontrar el eslabón entre el hombre y Dios? ¿O anhelaba una amor angelical? Los ángeles, tan pronto advertían lo que bullía en el pecho del depredador, trataban de huir, y al no poder escapar se disolvían en un intenso aroma a jazmines.

Por fin, un ángel ni desapareció ni se apartó más de él. ¿Por qué entonces no era feliz? Su alma le susurró la verdad: una vez caídos, los ángeles no le interesaban. Porque su vocación no era amar sino cazar.

Llorando, echó a volar a su fiel ángel hasta perderlo en un dorado macizo de cumulus-nimbos. No los cazó más. Ahora colecta mariposas.

Fernando Ríos Rosillo
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 138

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Murallas

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Me fui empequeñeciendo entre las sábanas, haciéndome bolita. Es algo que les aprendí a los perros que duermen en la calle. Busqué un rincón en la cama y comencé a edificar los muros. Hice los primeros con los pliegues de la cobija, muy débiles, pero un primer intento al fin. Coloqué la almohada entre los dos y así permanecí en silencio hasta que me sorprendí trazando en el aire un rezo con los labios solamente, sin emitir sonidos. Entonces dejé de hacerlo y preferí mantenerme en guardia por un rato esperando el ataque de un invasor que quizá no quería invadir. Sudaba. No pestañeaba. Tal vez esta noche si trataría de librar los obstáculos que yo construía con más y más fuerza. De ser así, ¿cuál era mi defensa?, ¿dónde dejé el aceite hirviendo? Nunca lo encuentro.

Me envolví todo lo despacio que pude para no despertarlo, sin siquiera descubrir mis senos, apretados contra las rodillas, y me enredé en el camisón, en las sábanas, en mis murallas protectoras que me asfixiaban, y una vez más, como a diario, me amortajé por el resto de la noche.

María Amparo Escandón
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 137

Deslenguado

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Un gentil hombre andaba enamorado de una dama, y como en ninguna manera ella pudiese venir en lo que le pedía, si no era sacándola de casa de sus padres, concertaron que para cierta noche la sacase, y fue así que el galán la llevó fuera del pueblo para ir con ella a otro lugar. Yendo por su camino, como hiciese muy buena luna, le dijo:

—Señora, más que buena noche hace para engañar putas.

La dama, como mujer cuerda, aunque hasta allí no lo había sido, calló, y andando por su camino le dijo:

—Señor, lo más principal y necesario para nuestro camino se nos olvida, y es cien ducados que había tomado a mi madre; por eso, volvamos por ellos, si os parece.

Él estuvo muy bien en ello, diciendo tener razón, y que era cosa que importaba, porque sin pan ni vino no se puede andar camino, aunque hubiese carne. Vueltos al lugar y a la casa de la señora, el galán quedó, después de entrada dentro, haciendo del armado a la luna, suspirando por su señora y su tardanza. Al cabo de rato, ella se paró a una ventana y le dijo:

—¡Ce, señor!

Él, como respondiese: Mi señora, ¿Qué manda Vm.?, replicó ella:

—Más que buena noche hace para engañar necios.

Y cerrada su ventana, se quedó el galán para tal.

Narración de la España renacentista
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 134

Ana Magdalena Bach

Ana Magdalena Bach

La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach

Tras la muerte de J.S Bach, su mujer, Ana Magdalena Bach, se fue quedando poco a poco en la miseria, llegando a subsistir únicamente de las limosnas que le daban sus vecinos.

La música de su difunto marido estaba comenzando a “pasar de moda” (la muerte de Bach en 1750 marca el fin del barroco en música en los libros de historia), y sus obras apenas continuaban interpretándose cuando un día llamo a la puerta de Ana Magdalena un antiguo alumno de su marido. Le rogo que escribiera las memorias de J.S Bach, pues estaba convencido de que en el futuro se reconocería el genio de su maestro.

Ana, en su soledad, resistiéndose a vender las partituras que le quedaban de su marido para poder comer y alimentar a las hijas que aun compartían techo y miseria con ella (abandonada a sus suerte por lo hijos mayores de Bach de su anterior matrimonio), comienza a escribir las memorias que a día de hoy, con sus escasas páginas, es un conmovedor y tierno libro de historia de la música.

Este es el argumento de una novela histórica que durante un tiempo pasó por autentica. De hecho la editorial Juventud, responsable de su edición española, aun conociéndose desde hacía tiempo el verdadero origen del libro, no menciona a la autora real en varias de sus sucesivas ediciones, creando confusión incluso hoy en día.

La novela fue escrita por la musicóloga inglesa Esther Meynel, pero en sus primeras ediciones (1925) salió a la venta como obra de autoría anónima, haciendo creer que era autentica. Más tarde, tras el enorme éxito que tuvo la novela y el entusiasmo que provocó su supuesta autenticidad, se dio a conocer a la verdadera responsable de los textos.

Salvo el encargo de la crónica por el alumno de Bach, todo el enunciado que he realizado para este artículo es real, y es que el libro pretende ajustarse a la realidad con toda la rigurosidad de la que es capaz Meynel a principios del siglo XX.

Dejando aparte la interesante concepción y anécdota que guarda la novela, este es un libro indicado tanto para estudiantes de música como para músicos o aficionados a la música de cualquier estilo[1].