Murallas

138-141 top
Me fui empequeñeciendo entre las sábanas, haciéndome bolita. Es algo que les aprendí a los perros que duermen en la calle. Busqué un rincón en la cama y comencé a edificar los muros. Hice los primeros con los pliegues de la cobija, muy débiles, pero un primer intento al fin. Coloqué la almohada entre los dos y así permanecí en silencio hasta que me sorprendí trazando en el aire un rezo con los labios solamente, sin emitir sonidos. Entonces dejé de hacerlo y preferí mantenerme en guardia por un rato esperando el ataque de un invasor que quizá no quería invadir. Sudaba. No pestañeaba. Tal vez esta noche si trataría de librar los obstáculos que yo construía con más y más fuerza. De ser así, ¿cuál era mi defensa?, ¿dónde dejé el aceite hirviendo? Nunca lo encuentro.

Me envolví todo lo despacio que pude para no despertarlo, sin siquiera descubrir mis senos, apretados contra las rodillas, y me enredé en el camisón, en las sábanas, en mis murallas protectoras que me asfixiaban, y una vez más, como a diario, me amortajé por el resto de la noche.

María Amparo Escandón
No. 138 – 141, Enero – Diciembre 1998
Tomo XXX – Año XXXIV
Pág. 137

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