Enigmas interiores

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Vivimos en un mundo en que todo debe ser explicado. El tribunal interroga y la policía, mal organizada, observa desde afuera nuestros enigmas interiores. En Giorgio de Chirico, los accesorios, los muros, las arcadas, las sombras, las estatuas ecuestres, las legumbres, todo es sospechoso. Imagino una pesquisa policiaca dentro de una tele suya, como si fuera en la recámara de un poeta. Sería preferible callar o dejarse guillotinar. En mi recámara, el menor objeto es un testigo que declara en mi contra.

Jean Cocteau
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 40

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Gerard Klein

Gerard Klein

Gerard Klein

(1937)

Es un escritor de ciencia ficción y distinguido economista francés. Fue el primero de una nueva ola de fans de ciencia ficción convertidos en escritores, inspirados en la ciencia ficción estadounidense.

Comenzó a publicar una serie de relatos influidos por Bradbury en 1955. En 1958, escribió una novela que seguía el estilo de A. E. van Vogt , Le gambito des étoiles(1958), para «Fantastique Rayon». A partir de ese momento se convirtió en un nombre importante en la literatura de ciencia ficción.

Klein siguió con Le temps n’a pas d’odeur (1963) para «Présence du Futur», y la popular saga de Argyre, que describe la historia futura del hombre. Escrita para el sello Fleuve Noir de «Anticipación» bajo el seudónimo de Gilles d’Argyre, la saga se componía de cinco novelas, entre ellas el thriller Los asesinos del tiempo (Les tueurs du temps, 1965).

En 1969, Klein, quien para entonces se había convertido en un crítico de renombre y ensayista, puso en marcha la prestigiosa ‘Ailleurs et demain’ editora de ciencia ficción de Robert Laffont. Allí publicó una novela nueva e importante, Los señores de la guerra(Les seigneurs de la guerre, 1971) , y una colección de cuentos, La loi du Talion (1973), publicada en España en dos partes, La ley del talión y Bajo las cenizas. Desde entonces, Klein ha dedicado todas sus energías a su trabajo como editor, antólogo y economista[1].

La divina ecuación

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Fue un trabajo abrumador, para dejarlo sin aliento.

Diez años estuvo metido en la biblioteca, sin salir, llenando hoja tras hoja, volviéndolas a leer, viajando por el prodigioso mundo de matemáticas que creaba lentamente.

Al llegar al décimo año, vio perfilarse la silueta del resultado. La última ecuación. La perfecta solución La prueba matemática de la existencia de Dios.

Tuvo que contar con numerosos factores, edificar un modelo exacto y teórico del universo, reunir un millón de coordenadas, atarlas todas en apretados manojos, quemar todo y pesar sus cenizas. Pero ahora conocía la última ecuación, escribía, la demostraba. Sencilla como era, cubría un millar de hojas. Trabajó veinte horas diarias. Y en tres meses de trabajo agotador, dio fin al trabajo, descubrimiento final del genio humano.

Trazó la última línea, dibujó amorosamente la última letra, la subrayó, y dudó un momento, antes de poner la palabra “fin” en mayúsculas.

Y entonces la voz todopoderosa, majestuosa y aplastante tronó de todas partes y de ninguna. Pegó un salto, asustado.

—Está bien, —le dijo la voz— me has encontrado. Ahora te toca a ti esconderte. Voy a contar un millón de años. Y no hagas trampa.

Gerard Klein
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 36

Historias verdaderas

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Alrededor de la ciudad hay trescientas sesenta y cinco fuentes de agua, otras tantas de miel, quinientas de perfumes, aunque éstas son mucho más pequeñas, siete ríos de leche y ocho de vino… Pero lo que hace más agradables los festines, es que cerca del lugar donde se efectúan hay dos fuentes, una del Placer y otra de la Risa, de las cuales beben todos los comensales al principio del banquete… Todas las mujeres son comunes y nadie tiene celos del vecino.

Luciano
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 32

Leo Szilard

Leo Szilard

Leo Szilard

(Budapest, 1898 – La Jolla, 1964)

 Físico húngaro nacionalizado estadounidense. Profesor en la Universidad de Chicago, estudió la reacción de los rayos gamma sobre el berilio, utilizada posteriormente para producir neutrones. Colaboró con Fermi en el estudio de la fisión del uranio y en la construcción de la primera pila atómica.

Formado en la Universidad de Berlín, por la que se doctoró en 1922, Leo Szilard ejerció la docencia en esta misma institución hasta 1933, cuando la llegada al poder de Hitler lo determinó a establecerse primero en Inglaterra (hasta 1937), donde realizó sus primeras investigaciones sobre física nuclear, y luego en Estados Unidos, país al que se trasladó invitado por la Universidad de Columbia.

En 1938, el químico alemán Otto Hahn demostró que, al bombardear una muestra de uranio con neutrones térmicos, se obtiene bario radiactivo. Sin embargo, el átomo de bario es mucho más ligero que el de uranio, lo cual le llevaría a la conclusión de que el átomo de uranio se había partido por la mitad, se había fisionado. Era algo tan increíble que únicamente se atrevió a comunicarlo a una antigua colega, Lise Meitner, quien publicó, en 1939, la idea de la fisión, que despertó gran interés entre los científicos de la época. Niels Bohr sugirió poco después que el isótopo del uranio-235 era el que experimentaba la fisión. Leo Szilard fue quien comprobó de inmediato la certeza de esta sugerencia, y demostró además que, en cada fisión que experimentaba el átomo de uranio, se liberaban dos o tres neutrones, lo que implicaba la posibilidad de producir una reacción de fisión nuclear en cadena que iría acompañada de una enorme cantidad de energía.

Con estos conocimientos resultó posible la fabricación del arma más devastadora de la historia, la bomba atómica, en cuyo diseño y construcción participó Leo Szilard, en colaboración con Enrico Fermi, en el marco del Proyecto Manhattan. Al igual que otros científicos que impulsaron el proyecto, lo abandonó tras la destrucción en 1945 de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, y promovió el uso pacífico de la energía atómica. Por su activismo en favor de la paz y del desarrollo científico responsable recibió en 1959 el premio Átomos para la Paz[1].