Secreto

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El hombre que renuncia a la omnipotencia y canta su dolor, experimenta una felicidad espiritual que está unida a un duelo profundo. Su lamento por la pérdida irremplazable que él mismo se ha causado, expresa el sufrimiento de toda la creación y encuentra de esta manera su consuelo. Esta nota trágica reside en todo el arte mágico. La sombra de Engidu dice a Gilgamesh lo siguiente: “Si te revelo la ley de la vida, que he mirado, te sentarás en tierra y llorarás.”

Walter Muschg
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 64

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Como salvar a un nene

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La sirvienta de un arquitecto vino a informar a su patrón que un mal señor Augerau quería verlo cuanto antes.

—Le dices que espere un momento— contestó el arquitecto, pues estaba desayunando.

Media hora más tarde, el arquitecto recibió al señor Augerau. Este le pidió el plano de un edificio que había construido tres años antes.

— Señor –le preguntó el arquitecto—; ¿puedo saber para qué quiere el plano?

El Augerau le explicó que su hijo, de tres meses de edad, había caído por el recogedor  de basura y que el plano le sería muy útil para horadar en el sitio donde se suponía que el bebé podía haberse detenido, y así rescatarlo.

El arquitecto preguntó por qué no había llamado a la patrulla. El señor Augerau le dijo que les había enviado un mensaje, y que contestaron cuatro días más tarde aconsejándole que se dirigiera al dueño del edificio, pero éste indicó que no podía hacerse nada sin el plano de la casa, y por esa razón se había permitido escribirle pidiéndole una cita. Añadió que se había adelantado antes de obtenerla, en vista de lo urgente de la situación.

—En efecto –dijo el arquitecto—, es muy urgente, y es seguro que el bebé tendrá hambre.

— ¿Hambre? No lo creo –afirmó el señor Augerau, pues le hemos hecho llegar varios litros de leche pasteurizada. Algo habrá tomado para aguantar hasta la llegada de los albañiles.

—¿No cree que el niño pueda haberse herido en su caída? Se interesó el arquitecto.

—Los periódicos dicen que no —contestó el señor Auguerau

—En tal caso, no hay que preocuparse –decidió el arquitecto—. Yo también soy padre de familia, y precisamente debo llevar a mi mujer y a mis hijos al campo. Sólo estaré con ellos un día y regresaré el miércoles. Mientras, diré que busquen el plano del edificio, y el jueves podrá llamar por teléfono a mi secretario. Es lo mejor que podemos hacer.

El señor Augerau dio las gracias y se fue mucho más tranquilo.

 
Jorge Luis Borges
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 60

El robo

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El sueño en si tuvo poco de singular, desde luego, que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado

Francisco Tario en TAPPIOCA INN
No. 14, Año 1965
Tomo III – Año II
Pág. 64

Tomás de Mattos

Tomás de Mattos

Tomás de Mattos Hernández

(Montevideo, 14 de octubre de 1947)

 

Es un escritor, columnista y abogado uruguayo, autor de cuentos y novelas, entre las que figuran ¡Bernabé, Bernabé! y La puerta de la misericordia.

Nacido en Montevideo, se radicó desde sus primeros días en Tacuarembó, donde en la década de 1960 integró el llamado Grupo de Tacuarembó, al que pertenecían una gran cantidad de artistas de distintos géneros de ese departamento. Entre ellos se encontraban Eduardo Milán, Numa Moraes, Eduardo Darnauchans, Eduardo Larbanois, Carlos da Silveira, Eduardo Lago, Julio Mora, Enrique Rodríguez Viera, Víctor Cunha, Washington Benavides y Carlos Benavides.

Su novela ¡Bernabé, Bernabé!, sobre la muerte de Bernabé Rivera luego de la Matanza del Salsipuedes, fue distinguida en Uruguay con los premios «Bartolomé Hidalgo» y del Ministerio de Educación y Cultura en 1988.

En 2002 se editó su novela La puerta de la misericordia, una recreación del relato bíblico sobre la vida de Jesús.1 En 2010 publicó El hombre de marzo. La búsqueda, novela histórica sobre la vida de José Pedro Varela.2

Fue director de la Biblioteca Nacional de Uruguay, entre 2005 y 2010.

Es académico emérito de la Academia Nacional de Letras del Uruguay y columnista de la revista semanal Caras y Caretas[1].

La tortura de Satanás

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Cuando al fin pude llegar a la alcoba de Satanás, me sorprendí. Las paredes lucían algo como una pana roja, y los bordados de oro eran frecuentes y hasta aburridores. La cama tenía un colchón sin duda mullido, y las sábanas estaban tan almidonadas que no me dejaron ver ninguna de las formas de una mujer de cara perfecta. Pese al resplandor rojizo que se filtraba por las ventanas, allí nadie sudaba ni sentía necesidad de ventiladores o de bebidas refrescantes. Satanás era rubio, casi albino y hermoso.

—Pero, ¿no sufrís? – protesté sin temor, porque yo no tengo nada que temer. Se incorporó, abandonó su cigarrillo en un cenicero y me dijo que sí, que sufría. Al rato se fue si un apuro, dueño de su tiempo.

Decidí preguntarle a la mujer.

Ella permaneció de espaldas, se desperezó, me mostró una axila entalcada que parecía una telaraña, y cuando ya creía que se había quedado dormida, me respondió:

—Nada… Tener que ser Satanás

Tomás de Mattos
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 53

Contra adúlteros

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Que si una mujer, muy pagada de su familia y de sus cualidades, es infiel a su esposo, el rey la haga devorar por los perros en un lugar muy frecuentado. Que condene a su cómplice, el adúltero, a ser quemado en un lecho de hierro, calentado al rojo, y que los ejecutores alimenten sin cesar con leña, hasta se queme el perverso.

SIN AUTOR en LEYES DE MANU
No. 14, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 42