El escritor

El escritor decidió, de un tirón, escribir sus obras completas. Sentóse ante la máquina de escribir y comenzó a teclear. Su poderosa rapidez hacía que el papel casi se quebrara. Durante veinte siglos, el escritor, escribió y escribió. Al fin, viejo, con aspecto de Matusalén y olor a polillas futuristas, puso el punto final. Dejó lista la última frase. Le dolían los riñones y la milenaria espalda despedía un llagado olor acre. ¡Tantos siglos sentado! Al levantarse del asiento percibió un gran error: había olvidado colocar cinta en la maquinilla…

Con aire agotador caminó lentamente hacia el pequeño armario, tomó la agria pipa que reposaba junto a una vieja pistola cuarenta y cinco, encendió el aromático tabaco, con los ojos entornados puso su mano sobre la cinta y la colocó en la maquinilla…

Marcio Veloz Maggiolo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 50

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Verbo

Le crecía la lengua a razón de pulgada y media por minuto. Pronto la misma, fina y espumosa, le llegó al suelo. Quiso guardarla en uno de los bolsillos de su americana. No pudo. Su movimiento impedía cualquier intento de aprisionarla. Nadie sabe, nadie se imagina, cómo pudo el señor Jantipo hacer un nudo y ahorcarse con sus propias palabras.

Marcio Veloz Maggiolo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 50

El soldado

Había perdido en la guerra brazos y piernas. Y allí estaba, colocado dentro de una bolsa con la cabeza fuera. Los del hospital para veteranos se compadecían mientras él, en su bolsa fuera, pendía del techo y oscilaba como un péndulo medidor de tragedias. Pidió que lo declarasen muerto —vieja costumbre norteamericana para mutilados de guerra— y su familia recibió un mal día el telegrama del Army: “Sargento James Tracy, Viet-Nam, murió en combate”.

La madre lloró amargamente y pensó para sí: “hubiera preferido parirlo sin brazos ni pernas; así jamás habría tenido que morir en un campo de batalla”.

Marcio Veloz Maggiolo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 49

Marcio Veloz Maggiolo

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Marcio Veloz Maggiolo

Nació en Santo Domingo el 13 de agosto de 1936. Narrador, poeta, ensayista, crítico literario, arqueólogo y antropólogo. Hijo de Francisco Veloz Molina y Mercedes Maggiolo. Cursó su educación primaria en la Escuela México y la secundaria en el Liceo Presidente Trujillo y la Escuela Hostos; se graduó de Bachiller en esta última en 1957. Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (1962) y Doctor en Historia de América de la Universidad de Madrid (1970). También hizo estudios superiores de periodismo en Quito, Ecuador. Fue subsecretario de Estado de Cultura, Director del Departamento de Investigaciones del Museo del Hombre Dominicano, Director del Departamento de Antropología e Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Director-fundador del Departamento de Extensión Cultural de la misma universidad y Director del Museo de las Casas Reales. Además, se desempeñó como Embajador en México, Perú y Roma. Entre los múltiples galardones que ha recibido por su obra creativa figuran: Premio Nacional de Poesía (1961) con Intus; Premio Nacional de Novela (1962) con El buen ladrón; Premio Nacional de Novela (1981) con La biografía difusa de Sombra Castañeda; Premio Nacional de Cuento (1981) con La fértil agonía del amor; Premio Nacional de Novela (1990) con Materia prima; Premio Nacional de Novela (1992) con Ritos de Cabaret; Premio Nacional de Literatura (1996) y Premio Feria Nacional del Libro (1997) con Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas. Parte de su obra narrativa y ensayística ha sido traducida al inglés, italiano, francés y alemán. Es uno de los escritores dominicanos contemporáneos más prolífico y más difundido nacional e internacionalmente.

Obras publicadas

Literarias:  El sol y las cosas (1957), El buen ladrón (1960), Creonte y seis relatos (1961), Intus (1962), El prófugo (1962), Judas – El buen ladrón (1962), La vida no tiene nombre (1965), Los ángeles de hueso (1966), Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo (1969), De abril en adelante (1975), Sobre cultura dominicana (1977), De dónde vino la gente (1978), Sobre cultura y política cultural en la República Dominicana (1980), La biografía difusa de Sombra Castañeda (1981), La palabra reunida (1981), Novelas cortas (1981), La fértil agonía del amor (1981), Apearse de la máscara (1986), Florbella (1986), Cuentos, recuentos y casicuentos (1986), Poemas en ciernes y Retorno a la palabra (1986), Materia prima (1990), Ritos de cabaret (1992), El Jefe iba descalzo (1993), Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1996). El hombre del acordeón (2003), La mosca soldado (2004).

Antropológicas y científicas:  Arqueología prehistórica de Santo Domingo (1972), El precerámico de Santo Domingo, nuevos lugares y su posible relación con otros puntos del área antillana (en colaboración con Elpidio Ortega, 1973), Esquema para una revisión de nomenclaturas arqueológicas del poblamiento precerámico de las Antillas (en colaboración con Plinio Pina y Manuel García Arévalo, 1974), El Caimito: un antiguo complejo ceramista de las Antillas Mayores (en colaboración con Elpidio Ortega y Plinio Pina, 1974), Cayo Cofresí, un sitio precerámico de Puerto Rico (obra conjunta, 1975), Arqueología de Yuma, República Dominicana (en colaboración con Mario Sanoja, Iraida Vargas y Fernando Luna Calderón, 1976), Medio ambiente y adaptación humana en la prehistoria de Santo Domingo, 2 vols. (1975 – 1976), Arqueología de Cueva de Berna (obra conjunta, 1977), Arqueología de Punta Garza (obra conjunta, 1977), Arte indígena y economía en Santo Domingo (1977), Pipas indígenas de Santo Domingo y Puerto Rico (1978), Investigaciones arqueológicas en la provincia de Pedernales (obra conjunta, 1979), Las sociedades arcaicas de Santo Domingo (1980), Vida y cultura en la prehistoria de Santo Domingo (1980), Los modos de vida mellacoides (en colaboración con Elpidio Ortega y Angel Caba, 1981), La arqueología de la vida cotidiana (1981), Estudio arqueológico del poblado circular precolombino de Juan Pedro (en colaboración con Elpidio Ortega, 1986), Panorama histórico del Caribe precolombino (1990), La fundación de la villa de Santo Domingo (en colaboración con Elpidio Ortega, 1991) y La Española antes de Colón (1993).

Por todos estos méritos literarios y culturales, se le dedica la IXFeria Internacional del Libro Santo Domingo 2006[1].

 

La herencia

Durante años estuve mirándolo. Tenía el don de imitar mis gestos. Movía los labios tan lentamente como yo; pensábamos del mismo modo. Llegué a convencerme de que éramos gemelos y de que no fuimos siameses por puro milagro… Ayer mi madre me dio la desagradable noticia: el gato de la casa había roto el enorme espejo herencia de mi abuela.

Marcio Veloz Maggiolo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 49

Parábola de la parábola

Según los fieles del Zen, la Salida del Lucero Matutino dio la Iluminación a Buda. De Venus fueron traídos también el Trigo y las abejas.

Los Magister Nebulae suelen reunirse, cada cierto tiempo, en un lugar secreto de la Galaxia. Allí pasan Revista a las Cosas y deciden la Creación o el Juicio Final de los Mundos.

Ellos dispusieron, en su más reciente Encuentro, que cierta Palabra, en cierto Planeta, ya debería ser pronunciada. Pero esa Palabra sólo podrá ser pronunciada por cierta Persona.

Y en su Espera estamos.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 48

Requiem para Narciso

“Una forma de ángel se hallaba
junto al borde de una fuente”
Paúl Valéry.

Jamás tuvo una fuente clara para mirarse en ella a toda hora. Hasta que un día alguien le dio un espejo, un pequeño, un pequeño espejo de bisutería, y con él descubrió el mundo, el universo todo, la gloria de la Creación.

Vio su imagen en el espejo, y se convenció de que era hermoso. Enamorado profunda y sinceramente de sí mismo, llenó las horas y los días con su propia contemplación, hasta enfermar. Separado por su voluntad del grupo, sus compañeros medraban alrededor suyo, intrigados por la extraña ocupación de auto amarse a que se entregaba.

Él trataba de asir su imagen, y desesperaba por el esfuerzo inútil: no podía poseer al ser amado. Al fondo de la superficie azogada, aparecían aquellos dos dulces ojos, aquella bien perfilada nariz, la boca fresca, el viril mentón, tan cerca todo y al mismo tiempo tan lejos.

Pero no se había dejado morir tan desesperadamente, tan dolorosa y desesperadamente, si no hubieran ordenado que le quitaran el espejo: el Director del establecimiento no iba a permitir aquel objeto en manos de un simio.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 47

La infidencia

Estrada cabrera fue el más sanguinario —el más malvadamente hermoso— de todos los tiranos centroamericanos, lo que es decir bastante tratándose de una región que los ha tenido de antología.

Arévalo Martínez recoge en “¡Ecce Pericles!” un hecho oriental ocurrido en Guatemala: una noche ya muy tarde, presentóse ante la guardia que custodiaba la entrada al Palacio Presidencial un individuo, pretendiendo a todo trance hablar con Su Excelencia.

—Le va en ello la vida —repetía a los oficiales de guardia, para justificar su urgencia.

El visitante fue recibido.

—Señor Presidente —comenzó—: ocho hombres hemos jurado matarlo; pero a mí me ha remordido la conciencia y le daré los nombres de sus enemigos…

Cabrera contempló con profundo desprecio al infidente, y llamó a varios soldados.

—Amarren a este hombre —ordenó— y denle cincuenta palos.

Aterrado, pálido, el hombre se arrodilló ante el tirano:

—¡Señor…! ¡Por qué…?

—Porque usted es el último en decírmelo. Sepa que sus siete compañeros ya han estado aquí.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 46

La consulta

Tengo razones fundadas, doctor —dijo el hombre de impoluto traje blanco, pacientemente recostado en el diván del psiquiatra—, para suponer que padezco de una personalidad dividida.

El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico.

La consulta duró casi dos horas, hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta.

En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
—¿Lo confirmaste? —preguntó el hombre de negro. —No sé —fue la respuesta del hombre de blanco.

Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 44

La cabina

Todo ocurrió por culpa de aquella llamada telefónica. Si no hubiese sabido el número de memoria no hubiera pasado nada. Habría tenido que regresar a casa, consultar la agenda y hubiera sido entonces ya tarde para telefonear, para hacer aquella llamada urgente, que irremediablemente debía de hacer.

Había un buen trecho hasta la cabina y el sol caía furioso y vertical sobre el paseo. Caminó despacio, bajo la fronda de los árboles, notando cómo las suelas de sus zapatos se pegaban al asfalto reblandecido por el calor.

Dentro de la cabina hizo girar pausadamente las cifras. Oyó el zumbido continuo, distante, pero nadie respondió al otro lado de la línea.

Volvió a llamar. Siempre hay alguien que jamás recibe respuesta, aunque se desgañite y enronquezca, y marque insistentemente, una y otra vez un número de teléfono. Esperando, siempre esperando. Empujó la puerta para salir pero no consiguió abrirla. Asió con fuerza el pomo pero la puerta no cedió. Sobresaltado golpeó los cristales pero nadie le vio por culpa de los carteles publicitarios adosados a las paredes de la cabina.

Se lastimó los nudillos, rompió su cortapluma y la puerta continuó cerrada. Inútil. Nunca saldría de allí. Calculó cuánto tiempo podría resistir. No mucho, desde luego. Ya apenas podía respirar. Sudaba copiosamente y la cabeza le daba vuelta.

Se dejó caer, con las piernas encogidas, y esperó. Afuera, la multitud pasaba presurosa, ensimismada.

José Costero
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 42

El suicida

¿Qué cómo pudo ser…? Sencillamente así:

¡Desisto!; ¡Vaya oportuna impertinencia de suspender la lectura y precisamente unas líneas antes de terminar mi intento!

De entonces, todo mundo que llegaba casi al final de aquel libro, se sorprendía de no encontrar la conclusión. Los más, suponen que el personaje terminó suicidándose.

Miguel Flores Ramírez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 41

Liberación

La realidad era tangible; pero él quería conservar el dudoso beneficio de la duda. Después de trece años de matrimonio, de unión, todo se quebró y sin que ambos hubieran querido evitarlo, habían pasado ya tres años de indiferente separación. Pero él podía asegurar que todo seguía igual. Aunque ignorase todo cuanto a ella se refiriese. El conservar a los tres hijos de ambos, lo hacía ya sentirse hermafrodita, si acaso, ella fue receptáculo, pero no madre.

Por eso, cuando supo que ella, muy lejos, sin saber dónde, iba a ser madre por cuarta vez, él sintió que dejó de ser padre, que dejó de ser madre, que dejó de ser hombre. Fue entonces que se liberó

Luis García Bonilla
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 38

Juan Cervera

Juan Cervera

 

Juan Cervera Sanchís

 

Hijo de Juan Cervera Rueda y de Asunción Sanchís Jiménez, vino al mundo en la villa axatiana (Axati), hoy Lora del Río, Sevilla, ESPAÑA, el 24 de octubre de 1933. En 1968 Llega a México, donde reside. En su país publicó desde muy joven en revistas literarias de Andalucía y de otras regiones de España. Ejerce el periodismo tanto en España como en México.

Juan Cervera pertenece a la estirpe de los poetas que poseen un diestro dominio de las formas tradicionales y clásicas de la poesía (soneto, décima, lira) que le convierten en una voz original y auténtica dentro del panorama poético actual. Acaso su principal virtud no sea otra que la de parecerse sino a Juan Cervera.

Su manejo formal no le ha impedido el juego de la experimentación. En España la prestigiosa colección Adonais dio a conocer su libro El Prisionero (1970); en 1982 obtuvo el premio Azor con el libro En las Nubes, que se otorga en la ciudad de Barcelona. Su extensa bibliografía alcanza más de cuarenta obras editadas desde el año 1960 ( Canciones de un muchacho que veía venir la muerte ) y 2005 (Sonetos del amor, de la vida y la muerte ).

Su primer libro, “El muchacho que veía venir a la muerte”, 1960, (poesía) aparece bajo el sello de AGEM, Madrid, España, los más recientes, primero y segundo tomo de su obra poética, que rebasa las mil páginas, y recoge su producción lírica desde el citado poemario al año 2006, ha sido impreso también en la capital de España por el Grupo Cultural Bohodón, este 2007, con la colaboración de los Ayuntamientos de Tres Cantos, Comunidad de Madrid, Lora del Río, Provincia de Sevilla, y Caja Madrid.

Cervera Sanchís es esencialmente poeta, aunque cultiva el relato y ejerce el periodismo. Entre sus libros en prosa destacan “Los ojos de Ciro” (relatos), Katún, México, 1984, y “El caos es maravilloso”, Editorial Domes, México 1985, “Poesía de México y del Mundo” (ensayo) Instituto Politécnico Nacional, México 1994, y su libro de entrevistas con pioneros de la industria del petróleo. “Pemex: pasión y destino”, Instituto Mexicano del Petróleo, México 2005.

La poesía de Juan Cervera Sanchís ha sido traducida el bretón, al francés, inglés, italiano, portugués y japonés.

El 6 junio de 2004, en la Plaza de Andalucía de su pueblo natal (Lora del Río) fue descubierto un busto suyo, obra del escultor Germán Pérez Vargas, donde sus paisanos quisieron inmortalizarlo. Ya, con anterioridad, el Ayuntamiento de Lora del Río había puesto su nombre a una calle del pueblo.

Juan Cervera Sanchís, como periodista e investigador, tiene inédito un libro titulado “Ajedrez: Pasión y Misterio”, fruto de sus charlas con relevantes maestros del ajedrez en México.

Asimismo prepara otro libro, igualmente de entrevistas, con personalidades de las letras y las artes, entre los que destacan, entre otros, Luis Buñuel, José Gorostiza, Manuel Rodríguez Lozano, Carlos Pellicer, Rodolgo Usigli, Jaime Torres Bodet, Juan José Arreola, Blas Galindo, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, David Alfaro Siqueiros, Juan Soriano, Ermilo Abreu Gómez y Luis Spota, con los que tuvo la oportunidad de conversar.

Cervera Sanchís, con “Sonetos del Ajedrez” añade a su producción literaria una nueva y sorpresiva nota de su inagotable estro poético[1].

La rueda

Era la tarde de las norias. Los burros morían tras sus anteojeras, el agua se escurría por los cangilones besada por el sol. En las huertas trinaban los verderones y los mirlos. Por el camino, cuerda de esparto, venía un hombre con barba de semanas, sombrero de palma y vara de acebuche en la mano. Sobre la espalda traía un mugroso zurrón, en la mirada un mar de cansancios. Alzó la cabeza y se detuvo, clavando en la tierra su vara, luego se sentó sobre un megalito dejando su zurrón a un lado, sobre un real de yerba que allí trataba de vivir. Respiró, se quitó el sombrero y se pasó la mano por la sudorosa frente:

—Al fin —susurró. Tras las huertas estará en el río. No habrá cambiado desde el día que me fui. Pero ¿y ellos?

El hombre sintió como un espadazo frío en mitad del pecho. Luego continuó su soliloquio:

—Hace tanto tiempo que no veía estas huertas. Parece como un sueño todo lo vivido. Yo creí que la vida estaba tras los horizontes, más allá de aquí. Ahora sé que no.

El hombre había rodado mucho por la vida, pero se cansó de rodar y quiso volver, aunque sabía lo difícil que era que la rueda volviera realmente a la primera vuelta. Sus ojos estaban muy gastados. Ya no era el mismo que partió aquel día… Aquel día…

— — — —

Se ponía el sol, el horizonte se amorataba como la primera varicosa de un dios enfermo. El hombre se levantó, tomó su vara, su zurrón… Caminó.

Era el anochecer de las norias. Los burros, sin anteojeras, sueltos en la fragante y verde gloria de los prados, aunque trabados, eran felices. En las huertas o cataban las aves. El camino dejó de ser una cuerda de esparto. Murciélagos, la luna…

El hombre caminaba bajo la estrellada frazada de la noche, sin sombra que alargar por los suelos. Las huertas se quedaron atrás. Estaba llegando, olía a río, a lima, a juncos… sus carnes se abrían de emoción. Pero al subir la barranca roja pudo ver a río que no estaba. El río sólo había existido en su imaginación. El hombre pensó en ellas, buscó la blancura de la casa… No había tampoco casa. Nada había allí de lo que desea encontrar. La rueda jamás vuelve, pensó. De repente se hizo cargo de la realidad. El, Julio Díez, estaba muerto, había muerto muy lejos y todo aquello no era más que la ilusión de su ilusión. El último chispazo de su fantasma. Quiso vivir, agarrarse a la vida. Y todo se borró para siempre.

Juan Cervera
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 30

Nuestra influencia en los extraños

¡BANGGGH!

Sonó el tiro que Efrén sin querer dejó escapar sobre el piso de la cantina a medianoche de un sábado en Ciudad de México.

—¡AAAUGGGH!—, sólo exclamó Raj al ser muerto por un tiro bajo la barba en un mercado de Bombay el mediodía del mismo sábado.

Nadie se explica de dónde surgió ese disparo de tan rara trayectoria.

Xavier Mexia R.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 28

Héctor Manjarrez

Héctor Manjarrez

 

Héctor Manjarrez

Nació en la ciudad de México el 28 de octubre de 1945. Poeta, narrador y ensayista. Ha sido profesor de comunicación en la UAM–X; editor en ERA Ediciones. Colaborador de Crítica, El Ángel del periódico Reforma, Fractal, La Jornada, Letras Libres, entre otros. Becario del CME, 1971; de la Fundación Guggenheim, 1973; y del Fonca, 1989. Miembro del SNCA 1994-2000 y 2004. Premio Diana Moreno Toscano 1970. Premio Xavier Villaurrutia 1983 por No todos los hombres son románticos. Premio José Fuentes de Mares 1998 por Ya casi no tengo rostro. Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada 2008 por El bosque en la ciudad.

Obra publicada

Cuento: Acto propiciatorio, Joaquín Mortiz, 1970. || No todos los hombres son románticos, ERA, 1983. || Ya casi no tengo rostro, ERA, 1996. || El horror es familiar, CONACULTA/Aldus, La Centena, 2001. || Anoche dormí en la montaña, Era, 2013.

Ensayo: El camino de los sentimientos, ERA, 1990. || El bosque en la ciudad, ERA/CONACULTA, 2007.

Novela: Lapsus, Joaquín Mortiz, 1971. || Pasaban en silencio nuestros dioses, ERA, 1987. || El otro amor de su vida, ERA, 1999. || Rainey, el asesino, ERA, 2002. || La maldita pintura, ERA, 2004. || Yo te conozco, ERA/UNAM, 2009.

Poesía: El golpe avisa, ERA, 1977. || Canciones para los que se han separado, ERA, 1985[1].

 

 

Psicodrama desde el puente

Para Antonia (fillips).

Esto, dixit ella cubriéndose la cara pero sus perfiles eran de buen mirar, espeluznante. Él asintió: escuchó el zumbido de los helicópteros, y murmujeó balbuciendo ciertas falacias románticas. Todo aquello era, sin defecto, bastante. Chiflaban las balas perdidas. (Las balas ganadas, como las empatadas, eran en gérmenes tenebriles mucho más discretas, y se entiende.) Había horrificios de diámetro diverso en objetos, sujetos e inclusive en sustantivos sueños. Una fuente generalmente desperdiciada machucó interdientes que nadie sabría nunca cuántos espectadores no pudieron ver nada.

Había total unanimidad de discrepancias respecto de sí, o no, era un naufragio explosivo. No hay redención, decretó sonoramente en Reverberante Obíspero Junípero, que en mal momento se quedaba sin fe, el agua trepándole por dentro de la sotana. Su fatua blasfemia perdiose en el decrépito que acompaña a los bombardeos con mahjongg. Aquello era una carnicería, y no de las más mejores. Los hombres y las mujeres primero, exhortaba una voz, pero era un piloto enemigo. Oseaque permanecieron todos escuálidos, si no eunucos, en la desmedida en que era posible.

Sin duda atacaban los pentacomunistas, que en el pasado ya se había sospechado y deplorado. Sus cuerpos se fueron aproximando. Puso la zarpa clasemedia en estertor del hombro de ella. Se hubieron sonrojado si no hubieran estado horripilantes por todo lo que sucedía. Pero el mar se enrojecía.

Te doy lo que tengo de más valor, dijo ella con firme sotto voce y señalando la pulsera de oro y la virginidad, ambas que él (quien quedará sin nombre) encartó con ávida dignidad. Entre tantos, el buque se iba a pique y decrecía el terror conforme abandonaban la lucha los difuntos. A poco y lisis? oró Junípero.

Ellos se contaron entre los supernumerarios. Un observoyeur neutral los rescató y condujo a tierra firme.

La horda en la playa los exclamó con entusiasmo, pero se obnubilaron de hacer aclaraciones a los micrófonos que los acostaban. La supuración que todos acabaron haciendo fue que eran obvios.

Héctor Manjarrez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 26

La lección

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Pan amaba a Eco, su vecina: Eco ardía por un sátiro saltarín, y el sátiro, y el sátiro se perecía por Lida. Tanto como Eco amaba al sátiro, el sátiro amaba a Lisa y Lisa a Pan. Así los inflamables Eros. Tanto como cada uno de ellos amaba a quien le odiaba, cada uno de ellos odiaba a quien le amaba. Y enseñaré esto a los que son extraños a Eros: “Amad a quienes aman, con el fin de ser amados por ellos”.

Mosco
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 312

Lewis Carroll

Lewis Carroll

Lewis Carroll

1832-1898

Charles Lutwidge Dodgson era el nombre verdadero del autor de las “Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas” (Alice’s Adventures in Wonderland), y de “A través del Espejo” (Through the Looking Glass). Nacido en Daresbury, Inglaterra, era el mayor de 11 hijos: cuatro varones y siete niñas. A los 18 años, ingresó en la Universidad de Oxford, en la que permaneció durante cerca de 50 años, y en la que obtuvo el grado de bachiller y se recibió de preceptor. Fue ordenado diácono de la Iglesia Anglicana y enseñó Matemáticas a tres generaciones de jóvenes estudiantes de Oxford, y lo que es más importante, escribió dos de las más deliciosas narraciones que se han producido en el campo de la literatura.

Poco es lo que hay que decir, aparte de estos hechos, acerca de la vida del Reverendo Dodgson. Vivió 66 años tan tranquilamente como puede hacerlo cualquier otro hombre, y el trabajo y ocupación de su vida, así como su diversión favorita, fueron las Matemáticas. Padeció, de insomnios durante toda su existencia, y pasaba noches enteras despierto, con los arduos problemas matemáticos dando vueltas en su cabeza, y tratando de descifrarlos. Escribió diversos libros sobre la materia y el más interesante de ellos se titula: Euclides y sus modernos rivales.

Sus cuentos vieron la luz con el seudónimo Lewis Carroll. Quizá la razón de esto fuera su extraordinaria timidez ante las gentes, es decir, ante los adultos. Tenía pocos amigos en la plenitud de su desarrollo y crecimiento, y como era tímido, se retrajo de los adultos y creó sus amistades entre los niños, especialmente entre las niñas pequeñas; los comprendía perfectamente y era su natural y delicioso compañero. Fácilmente tomaba parte en sus juegos; inventaba siempre algunos nuevos y les contaba cuentos e historias.

La Alicia real y verdadera era la hija de su amigo el diácono Liddell, la cual, mucho más tarde, relató cómo esos cuentos caprichosos que aún deleitan a los lectores de todas las edades y de todos los países les fueron referidos a ella y a sus dos hermanas: “Muchos de los cuentos del Sr. Dodgson nos fueron contados en nuestras excursiones por el río, cerca de Oxford. Me parece que el principio de “Alicia” nos fue relatado en una tarde de verano en la que el sol era tan ardiente, que habíamos desembarcado en unas praderas situadas corriente abajo del río y habíamos abandonado el bote para refugiarnos a la sombra de un almiar recientemente formado. Allí, las tres repetimos nuestra vieja solicitud: cuentenos una historia, y así comenzó su relato, siempre delicioso. Algunas veces para mortificarnos o porque realmente estaba cansado, el Sr. Dodgson se detenía repentinamente diciéndonos: esto es todo, hasta la próxima vez; ¡ah, pero ésta es la próxima vez!, exclamábamos las tres al mismo tiempo, y después de varias tentativas para persuadirlo, la narración se reanudaba nuevamente”.

Alice se publicó en 1864, y A través del espejo, en 1871. Ambas fueron ilustradas por el famoso dibujante inglés John Tenniel. Estos libros han sido posteriormente ilustrados por otros muchos artistas, pero los magníficos dibujos de Tenniel continúan siendo los favoritos. Otras publicaciones de Lewis Carroll son: La caza del Snark (The Hunting of the Snark) (1876) y el cuento poco leído Silvia y Bruno 1889 y 1893[1].

El soñado

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—Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabe?

—Nadie lo sabe.

—Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?

—No lo sé.

—Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si ese rey despertara, te apagaría como una vela.

Lewis Carroll
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 308