El vampiro

Madre gritaba a desgañitarse; padre vino a mediar yo salí de la casa. Los vientos traían la tarde y el aire fresco; caminé sin descanso, sin tino. En la arboleda, los pájaros y las chicharras me donaron la calma. No alcancé a ver lo que proyectaba una sombra que se dirigía hacia mí y que me hizo rodar por el pasto. Tendida en el suelo, de cara al firmamento, le vi borrosamente de pie al frente mío. Con las manos abrió su inmensa capa negra y se abalanzó de inmediato sobre mí; me cubrió toda, cual una sombra hecha materia, haciéndome sentir como una pollita cubierta por las enormes alas de su protectora. Así recibí la oscuridad de su deseo desbordante, hasta que otra sombra más universal nos tapó a los dos. Tres días con sus noches estuvo aferrado a mi cuerpo, clavándome esos colmillos fluidos que con potencia devoradora me sustraían la sangre y la vida. Cuando volví a la conciencia lívida, sin alientos, con palidez de amortajada, le busqué con ansias; se me hacía imperativo conocer al verdugo que tanto tiempo me había acariciado. Alcé entonces mi cabeza miré en rededor, y no estaba; solo encontré sobre mi vientre desnudo, adormilado y vencido por la violencia del sol, y con las alas abiertas abrazándome, un negro murciélago con su hocico de ratoncillo jadeante.

Aníbal Lenis
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 264

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