Fabio Morábito

Fabio Morábito

Fabio Morábito

Nació en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México. Escribe poesía (Lotes baldíosDe lunes todo el año, obra por la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1992, y Alguien de lava), relatos (La lenta furiaLa vida ordenada yGrieta de fatiga, compendio por el que fue galardonado con el Premio Antonin Artaud de Narrativa en 2006) y novela (Caja de herramientas). También cultiva el ensayo y la literatura infantil (Cuando las panteras no eran negras, que consiguió el Premio White Raven en 1997). También es traductor de italiano, y ha traducido la obra poética completa de Eugenio Montale y el Aminto de Torquato Tasso, entre otras muchas obras poéticas y en prosa[1].

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23 de abril

Ocho de la mañana. Ya dieron con tu paradero. Saber cómo pudieron llegar hasta aquí, donde te sentías tan seguro donde nadie te conocía, ya no tiene importancia. Sólo piensas que para ser un pelotón de fusilamiento son muchos. De espalda a la ventana, inmóviles, uno idéntico al otro como hilera de cilindros, te observan sin hablar mientras te vistes. Debieron entrar por el balcón, porque el papelito que acostumbras colocar en el quicio de la puerta para cerciorarte a tu regreso de que nadie ha entrado en el cuarto, sigue ahí, encajado a media altura entre la puerta y su marco. No te acuerdas dónde leíste que cuando lo fusilan a uno lo hacen a un metro y medio de distancia, los cañones apuntando al corazón, casi mordiéndolo. El impacto de las balas excava una fosa grande como un guante de box.

Coges un cigarrillo del paquete que está sobre el buró y lo prendes mientras la hilera de cilindros te observa. Seguramente entraron por el balcón, te repites. Sabes que ya hiciste lo tuyo: vestirte, peinarte un poco, coger un cigarrillo, simular cierta calma. Ahora les toca a ellos y sólo puedes esperar que se den prisa. Alguien hace correr el pasador con una llave y la puerta se abre. Es la señora Juanita, la dueña de la pensión. Entra con su paso apurado, en la mano el trapo azul con que se hace la limpieza. Por un momento temes que estos puercos le puedan hacer algo. Ella se acerca con su sonrisa de siempre: —Buenos días —dice, y empieza a quitar el polvo de la mesa. De pronto los mira, se vuelve hacia ti, te sonríe: —Llegó usted tan tarde anoche, señor Lozano, que ni se dio cuenta—. Vacía el cenicero y te mira con reproche: —¡Y pensar que son las mejores cortinas de la ciudad, las mejores!

 

Fabio Morábito
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 287

José Eddier Gómez

José Eddier Gómez

José Eddier Gómez

(Versalles, Valle. 1951)

Periodista, de gran trayectoria en el Valle del Cauca, Colombia. Autor, poeta y escritor de libros. Editor del periodico cultural humoristico “El Chiquito”

Presidente de la Fundación “Gente Creativa”

 Cumpleaños: 2 de Noviembre

 Afición: La Lectura

 Obras: Nai-Bor (Relatos Breves); Canto al filo del abismo (Poesia); Los motivos del fuego (Novela); El evangelio según Gibran (Ensayo ganador del premio internacional de la embajada del Libano-1999); El Primer Día (Poesía); Piel Adentro (Poesia); Vueltas de Perro (Novela); Suspendido (Relatos muy breves); Corrumbia (Ensayo-2011)[1].

Primeros relatos

Los primeros relatos hablan de una mujer coronada por una extraña aureola que, al descender sobre la montaña del norte, dejó una transparente brisa, dulce y vaporosa, capaz de extasiar a todos los seres de la tierra. Descendió luego por las colinas hasta el valle, donde los hombres angustiados esperaban la señal. Al verla, todos sintieron el gran amor que inspiraba su aliento y bajo su cobijo cultivaron la tierra y se sintieron felices hasta que, en medio del jolgorio, ella desapareció. Los hombres se inquietaron hasta pelearse los unos contra los otros, pues cada uno sospechaba del otro que la había escondido en su cabaña. Así vinieron las guerras que despedazaron a los hombres y otra vez el dolor y la muerte. Pero la mujer no volvería porque ya había cumplido su destino.

José Eddier Gómez
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 283

El encuentro

Felipe, de andar muy masculino, muy macho, como corresponde a los hombres de su tierra, salió del hotel donde se había celebrado la reunión anual de su club. Eran las once de la noche y como se hallaba cerca de la Zona Rosa, hacía allá se dirigió, alegrándose de que ninguno de sus amigos fuera con él, porque deseaba encontrar una buena hembra y no compartirla.

Y no tardó mucho en encontrarla ¡Si hasta parecía que lo estaba esperando! Alta Frondosa, aunque de caderas estrechas, de labios carnosos y sedoso cabello, como a él le gustaban. La invitó a tomar una copa y lo demás fue instantáneo.

Tres horas después, Felipe caminaba como sonámbulo por las calles de Reforma. No sabía cómo, pero había ocurrido. Ya en la intimidad de un hotel, al desnudar a la mujer, se percató de su sexo, pero en ese momento sus labios estaban unidos a los de ella y por ningún motivo la habría apartado de sí.

Se llamaba Estela, le dijo, y como en película de amor, prometió esperarlo al año siguiente, en ese mismo sitio.

Lo que molestaba ahora a Felipe, mientras caminaba por Reforma era la disminución de su hombría, pero, pensó eso sería su secreto, y sabía también que nada le impediría asistir a la cita, el próximo año.

Al día siguiente, en los pasillos del aeropuerto, mientras esperaba la indicación para abordar el avión que lo llevaría de regreso a su casa, Felipe vio a Estela, a unos metros de distancia, despidiendo con un beso en la mejilla a un hombre que se encontraba de espaldas a él. No resistió la tentación de acercarse, con la intención de saludar a la mujer, sin importarle su compañero.

Ella lo vio a su vez y sin decir “agua va” se colocó a su lado, plantándole un apretado beso. Felipe miró por encima del hombro de la muchacha al hombre que la acompañaba. Era Rodolfo Zúñiga, su amigo de siempre, con quien venía cada año a la reunión del club.

Guadalupe Alcántara Ferrer
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 281

Si…

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Si Adán y Eva no hubieran sido expulsados del paraíso; si Sócrates no hubiera sido condenado a beber la cicuta; si Galileo no hubiera sido excomulgado; si Juana de Arco no hubiera sido quemada viva en la hoguera; si Colón no hubiera descubierto América; si usted no existiera; si yo no existiera, entonces, habría que escribir otra minificción.

John Hunter
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 279