Genio

Tenía la idea más genial del mundo; pero era un desequilibrado emocional que nunca terminaba lo que empezaba.

Sin embargo, la idea (que era la más genial de cuantas se hayan concebido) fue como una semillita que no germinó y siguió esperando hasta que llegó el descendiente de la décima generación.

¡Lástima que era un pobre demente peligroso que terminó sus días en las inmundas habitaciones de un manicomio!

Pasaron las generaciones. La semillita, oculta en un código genético a través de los siglos, brotó un día, se desarrolló y dio frutos: seis millones de judíos muertos y sólo Dios sabe cuántos más.

Elizabeth Curiel
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 325

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Las ánimas de San Diego

Sintió cierta voluptuosidad ante la supercomputadora. Por fin su empeño y los muchos dólares invertidos tendrían recompensa. Antes de llegar allí había consultado a parapsicólogos y hechiceros, gurúes y nigromantes, rabinos y espiritistas, obispos y magos… Y hasta realizado algunas donaciones a los psicoanalistas, por las dudas. Pero ninguno había sabido responderle. Ahora, ante el aparato, volvía a sentirse poderoso. Casi tanto como cuando, en los años sesenta, pisaba bate en mano el campo de juego. Bastó una orden suya y el programador hizo tragar a la máquina varias preguntas: ¿Se juega béisbol en el más allá? ¿Se realizan campeonatos? ¿Son muchos los equipos? La computadora las masticó durante algunos segundos y, perezosa, sólo vomitó tres “si” y una línea de texto a modo de cierre: “El preguntón debuta el domingo en las Ánimas de San Diego”.

Estanislao Castro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 324

Mi tía Carolina

Como algunas islas que se forman en las desembocaduras de los grandes ríos, el hábitat de mi tía Carolina estaba integrado por desperdicios. Es decir, por cosas insignificantes, sólo para ella significativas. Un calzador con mango de plata; un pisapapel que nevaba sobre un pueblecito suizo en miniatura al darle el bote a una esfera de vidrio; un autógrafo del coronel Torrijos F. (que se dejaba arrancar la cabeza pero no la inicial), el coronel murió de susto por el temor de llegar a tener miedo; la dentadura postiza de su tío Olinto; los registros de primera comunión de todos sus sobrinos; un gancho de nodriza que perteneciera a la emperatriz Eugenia de Montijo, de quien mi tía Carolina se decía parienta por los Aparicio de Anoláima; el decreto de honores dictado por la gobernación para declarar “servidor emérito” a mi tío Antonino, cuando después de cuarenta y cinco años de sacrificio burocrático se desplomó sobre su escritorio con la pluma en la diestra y un cigarrillo “Legitimidad” en la siniestra, víctima de la ingratitud oficial y de un enfisema pulmonar. Mi tía Carolina guardaba todo, como la Virgen guardaba en su corazón las palabras de la Escritura, mientras crecía en gracia el Redentor. Guardaba unos versos de Ismael Enrique Arciniégas, recortados del Suplemento Literario de “El Nuevo Tiempo”. Guardaba un concepto jurídico según el cual pertenecía a su familia el camino de herradura sobre el cual el gobierno había construido luego —abusivamente— la carretera entre Cúcuta y Pamplona. Guardaba un soneto. Guardaba un camafeo. Guardaba un abanico, su alma era un desolado depósito de recuerdos. Un cementerio de cosas incongruentes. A mí me mostró un día mi tía Carolina un telegrama amarillento que decía: “Tu coma Carolina coma sigues siendo la dueña de mi corazón punto Peralta”. Mi tío Mateo no había dejado casar a mi tía Carolina con el coronel Peralta. Despechado, el coronel Peralta viajó desde el Socorro a Venezuela a principios de siglo y se hizo adjudicar de Juan Vicente Gómez la mitad de los petróleos de Maracaibo. Cuando puso el telegrama, ya Peralta estaba casado, lleno de hijos y paralítico, pero su corazón desahuciado seguía palpitando, febrilmente, por la mujer fascinante que había sido en su juventud mi tía Carolina.

Enrique Caballero
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 320

Ricardo Chávez Castañeda

Ricardo Chávez Castañeda

Ricardo Chávez Castañeda

Nació en la Ciudad de México el 5 de septiembre de 1961. Ensayista y narrador. Estudió psicología en la UNAM, el diplomado de la Escuela de Escritores de la SOGEM y la maestría en creación literaria en la Universidad de Nuevo México. Becario del INBA, en narrativa, 1991; del CONACULTA y el National Endowment for the Arts, intercambio de residencia, 1995 y del CONACULTA y el Ministerio de Cultura de Colombia, intercambio de residencia, 2000; del FONCA, 1992, 1997 y 1999. Premio de Cuento Jorge Luis Borges 1987, Argentina. Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1991 por La guerra enana del jardín. Premio del II Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez 1991. Premio de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991. Premio Nacional de Novela Juvenil FILIJ 1992, 1993 y 1994. Premio Nacional de Cuento Infantil FILIJ 1993. Premio Latinoamericano de Cuento 1994. Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1994 por La conspiración idiota. Finalista del Premio Internacional de Novela Negra Dashiel Hammett para obra publicada 1998, en España, por El día del hurón. Mención honorífica en el Concurso Internacional de Novela Casa de las Américas 1999, en Cuba, por La estación de la vergüenza. Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2001 por Fernanda y los niños secretos. Accesit en el Premio Internacional de Cuento Aresti en Bilbao, España en 2001 y en 2003. Finalista del Premio Internacional de Novela Negra Dashiel Hammett para obra publicada 2002, en España, por El final de las nubes. Primer lugar en la Bienal Internacional de Literatura Infantil Libresa-Julio Coba 2003, en Ecuador, por El beso más grande del mundo. Premio Nacional de Novela Baja California 2004 por El libro del silencio. OBRA PUBLICADA: Cuento: La noche seguía en casa, Gob. del Edo. de Morelos, 1991. || El diario del perro muerto, INBA/ICA/IMC, 1992. || Amores como naufragio, cajones y muertos, La Tinta del Alcatraz, 1993. || La guerra enana del jardín, Joaquín Mortiz, 1993. || Y sobrevivir con las manos abiertas. Una historia de todos los fines del mundo, Cal y Arena, 2001. || El fin de la pornografía, Sudamericana, 2005. || Ensayo: La generación de los enterradores. Una expedición a la narrativa mexicana del tercer milenio (en colaboración con Celso Santajuliana), CONACULTA/Nueva Imagen/Patria Cultural, La Letra y sus Alrededores, 2000. || La generación de los enterradores II (en colaboración con Celso Santajuliana), Nueva Imagen, 2003. || Crack: instrucciones de uso (en colaboración con Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, Jorge Volpi, Eloy Urroz), Mondadori, 2004. || Literatura para niños: Los Ensebados, CONACULTA/Amaquemecan, 1993. || Después las niñas invadieron nuestra historia, Libros del Tapir, 1993. || El secreto de Gorco, CONACULTA/Corunda, 1994. || Miedo, el mundo de a lado, CONACULTA/Corunda, 1994; Alfaguara, 2006. || Las montañas azules, IMC, 1998. || La valla, Everest, Punto de Encuentro, 2001. || La niña que tenía el mar adentro, Ediciones Castillo, 2001. || El beso más largo del mundo, LIBRESA, 2003; Ediciones Castillo, 2004. || Fernanda y los mundos secretos, FCE, 2004. || Las mil ciento trece capas del copo de nieve, Everest, España, 2006. || Mañanario, Everest, España, 2006. || Rigoberto y los lobos, Everest, España, 2006. || Salvavidas, Ediciones SM, 2006. || Novela: Para una evolución de la víctima negra en el cine, Tava, 1994. || El día del Hurón, Nueva Imagen, 1997. || Estación de la vergüenza, Nueva Imagen, 1999. || El final de las nubes (en colaboración con Celso Santajuliana), RBA, 2001. || La conspiración idiota, Alfaguara, 2003. || El libro del silencio. Novela sacrificio, Alfaguara/Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2006[1].

A Egipto

Atravesó los almácigos hacia el galpón donde guardaba las cosas. Afortunadamente no estaba puesto el candado.

Sintió, como siempre, un cosquilleo en la rodilla al cerrar el portón de una patada. Eso le hizo pensar que debería quitarse las botas para estar más liviano.

Subió la escalera en dos zancadas y, ya arriba, se asomó por la ventana para sentir un poco del vértigo que conocería cuando terminase de armar las alas. Entonces lo vio, en su eterno simulacro, vigilando la siembra levemente encorvado. Con él ahí no podía partir.

Eligió una hoz y bajó. Fue hacia el viejo muñeco de gesto inmóvil, lo destrozó como pudo y volvió al establo. Cuando terminó de pegar las últimas plumas que le faltaban, decidió el exacto punto desde donde lanzarse. La ventana le ofrecía la altura suficiente como para poder planear.

Aseguró las correas debajo de los brazos y en la espalda. Pudo ver el ocaso verdegris mientras tambaleaba en el borde del cobertizo. Aleteó y se fue volando. A Egipto.

Ariadna Ruffo
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 317