Desvío de amor

Mientras miraba horrorizada el desmesurado crecer de su vientre, dejó de amar los ojos de fuego del centauro.

Guadalupe Olalde
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 339

Los beneficios de la costumbre

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Esta tarde el techo de mi casa podría caerse. Podría caerse sobre mi cabeza. Abrir un hoyo en el piso y arrastrarme bajo tierra. Diez, veinte, treinta metros bajo tierra, lo suficiente para no volver a salir de allí. ¿Quién ha dicho que el aire o la luz son necesarios? ¿Quién se ha empeñado en hacernos vivir entre los otros? Esta tarde no ha sucedido absolutamente nada y es precisamente eso lo que la hace especialmente detestable. Las cosas sólo suceden en los periódicos nunca en un rostro o en un cuerpo. Las caras de la gente con la que me cruzo por las calles son exactamente las mismas de ayer o de hace un mes o un año. Nadie se atreve a detenerse un día a mitad de la tarde y abofetear al primero que pase o sacarse el pito y mear junto a un fatol entonando in tota voce el “Adiós a la vida” de la Tosca. Nadie fuma los cigarrillos al revés o camina de cabeza. Nadie compra el periódico y se sienta a cagar (y a leerlo plácidamente) a mitad del zócalo. Esta tarde es exactamente como todas las tardes. ¿Quién puede negarlo? Y después de vivir treinta o cuarenta años con la corbata al cuello y el maletín bajo el brazo, no me cabe la menor duda que terminaremos por acostumbrarnos. Nos hemos acostumbrado a tantas cosas: la bomba atómica, por ejemplo, las fábricas, los campos de concentración o una bonita lámpara de piel de judío. ¿Por qué no acostumbrarnos a una tarde como ésta?

Armando Pereira
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 338

En memoria de Herodes

Comencé el cuento. Los niños, con su vocinglería desafinada no me permiten pensar.

¿Cómo empiezo? Tengo en mente el bosquejo de árboles encantados que en vez de frutos, susurran la más delicadas melodías.

Pienso en horizontes que terminan en el espacio de la nada… la nada… ¡Ah! es un espejo mágico y yo soy una bacteria.

Continúan los gritos. Los niños no se ponen de acuerdo sobre qué caricatura van a ver. Lo resuelven a su manera: ganará el que llore más y mejor.

Y era un mundo en el que no podía haber nada… nada… ¡Ah! ¡Cómo que nada! Había todos los ogros del mundo que se engullían a estos pequeños monstruos y entonces el universo volvía a ser un buen lugar dónde vivir.

Elizabeth Curiel
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 335

Actuación en familia

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Cuando alguien, en las reuniones de familia, lo llama tío, invariablemente busca detrás de él al aludido, al verdadero tío de sus sobrinos, al que pueda mirarlos como necesariamente mira un tío. Él, sin lugar a dudas, no puede ser el tío de nadie, y todas esas palabras aparentemente dirigidas a él no hacen más que facilitar la escenificación de una farsa. Es como si su familia nunca hubiera sido su familia, como si un buen día hubiera caído allí, en medio de todos ellos y se hubiera visto obligado a participar del juego. Le asignaron un papel; al parecer, el papel del tío, y ahora inevitablemente tiene que representarlo, como un buen actor, hasta el final de la obra.

Armando Pereira
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 334

La vida de una feminista en el siglo XXI

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Despertar después de un tranquilo sueño estimulado por un proyector de imágenes beautifuldreams: desayuno preparado por una cocinera mecánica que está programada para utilizar extractor de jugos, cafetera, sandwichera, todo eléctrico; limpieza de la casa: una palanca pone en movimiento a los aparatos que aspiran el polvo y realizan el aseo; una máquina recoge la ropa sucia y la lleva hasta la lavadora y planchadora automáticas; el viaje a la oficina es un autogiro alimentado por energía solar y conducido por un robot; al regreso del trabajo la comida está lista en un horno de microondas computarizado; para distraerse en la tarde, pone un film en videocasetera; va a la cama, allí su marido inerte aguarda, le oprime el botón rojo que indica hacer el amor; finalmente pone el despertador de música electrónica para el día siguiente recomenzar la rutina.

René Avilés Fabila
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 329

Por aquello de las soledades

Los viejos cartabones de siempre. Una mujer, la vida, y el gran vacío de las inutilidades. Buscar la libertad, arañarla inclusive en los muros, lamerla en las hojas que caen por otoño de los árboles, engendrarse en aire imaginando espacios y concluir al final de muchos sueños con las manos llenas de arenas de otros ríos.

¿Y lo que va por dentro? Toda la rabia y las lágrimas de domingo, todos los azufres de demonios no resueltos, no mirados, ni siquiera tan sólo esbozados. Y las ganas de querer y el miedo revolviendo todo como en un enorme pastizal al viento; al atreverse, el osar; las yemas de los dedos siempre frías y el calor de los huesos formando caminatas en la mente. ¿Y todo eso por dónde? Por las calles con ruido, por los otros ojos ávidos, por los contactos inacabados, por el yo durmiendo ausencias y soles de otros tiempos.

Y así la soledad, y el miedo gustoso por la casa silenciosa, por la gota de agua que recuerda las mil monotonías; la rutina feroz como un escape que encierra ecos de guitarra en cajas de latón semi-oxidadas, soledad humeante, personal, inacabada, y el amor por lo verde, cobrizado tal vez por los lentos estares de las esperanzas.

Las sonrisas, cómo no, iluminando las labios en recuerdo de la siempre-alegría, aquella que ronda los espejos interiores. Y también la sonrisa que vive por las manos y se atreve en el punto exacto de los ojos, la que busca a destajo los signos de ternura para luego morirse entre los llantos.

El esbozo de mujer o de aquella niña que inventó silencios  subiendo por la luna creciente, mendigando las horas que realmente se viven y que duermen por ahora tras esos horizontes que suenan al descuido en el tic-tac de los relojes.

Y la mujer con miedo, la que transporta miedo a los cuatro costados de los miedos de otros, no entiende nunca nada; se pone un sombrerito agobiado de flores, mira hacia atrás el alma  en un revuelo de falta semi ajada, mientras julio le llueve las ventanas, se reconoce mujer, ausencia, tiempo malogrado, mujer sin oficio, pero mujer a su manera.

Beatriz Sanromán
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 327