Beatriz

103-104 top
Beatriz lo observó sobre el puente y se sintió sobrecogida por su mirada. El florentino la siguió con la vista y ella bajó los ojos al pasar a su lado.

—¡Con cuánta intensidad puede amar ese hombre! —pensó—. El amor puede llevarlo hasta el infierno, puede convertirse en su infierno. Se sintió tentada. Pero luego, al recordar la pureza de su frente y el ascetismo de sus labios apretados:

—Aunque me daría miedo ser amada por alguien así, carente de toda ternura, porque ¿qué mujer podría representar para él el Paraíso?

Olga Harmony
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 338

Anuncios

El cuerpo del delito

103-104 top

El cadáver yacía en posición decúbito dorsal, al pie de uno de los estantes de la biblioteca. Junto a su cabeza se halló un libro llamado Diccionario de la Lengua Española con todas las hojas en blanco. El cuerpo estaba sepultado bajo una montaña de palabras, mismas que le sirvieron de oración fúnebre.

Raúl Renán
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 363

Mitiline

—¡Al fin solas!

—¡Al fin solas!, dijo ella también a su simétrica manera. Y sin más preámbulo comenzó a desnudarse cálida y silenciosamente, disfrutando cada movimiento previo a aquél acercamiento en que, con inmenso placer, accedió a acariciar lenta muy lentamente, su imagen en el espejo.

Miguel E. Ramírez Macías
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 362

Los condominios

103-104 top
Compartíamos ruidos, aromas, las carencias del suministro de agua, el llamado siempre imprevisto del carro recolector de basura. No obstante siempre nos sentimos extraños, recelosos. Éramos condóminos por accidente, y por accidente resulté el condómino del 12.

Los condóminos somos incapaces de brindarnos apoyo; nos sentimos solos, por eso observamos por las ventanas buscando descubrir aspectos íntimos de nuestros vecinos, y aceleramos el paso cuando encontramos a otro por el miso pasillo. Día a día nos vamos integrando como grabados o para hacer más evidente el mal gusto, como papel tapiz en las paredes de las grandes construcciones.

Un día la condómina del 427 invadió el tendedero de la del 833. Entonces la cosa comenzó a tomar sentido, los bandos se fueron definiendo, en realidad pocos nos conocíamos entre sí, pero lo importante era no quedar al margen de esa primer batalla general de condóminos. En realidad, lo de los bandos fue sólo un decir, porque la guerra fue de todos contra todos.

Se sellaron ventanas, las puertas fueron reforzadas por fuertes rejas de hierro. Las reglas estipulaban que se valía todo: acuchillados, acribillados, y hasta dinamitados. Los muertos quedaban sangrantes en los pasillos o “patios comunes” sin que nadie se atreviera a recogerlos. Las únicas restricciones en las reglas eran las siguientes: sólo estaba permitido combatir por las noches cuando se cortaba la energía eléctrica y se prohibía dañar las antenas de los televisores. En las mañanas, los condóminos salían con sus trajes, sus corbatas, sus bolsas y tacones. Saludaban con un impersonal “buenos días, vecino”, recogían a sus muertos y los arrojaban a un colector común.

Después salían a sus respectivos trabajos; las escuelas hacía tiempo que habían sido clausuradas.

Por la tarde, los condóminos regresaban con nuevas provisiones de alimentos y armamento. Yo, en realidad, no he combatido. Paso las noches bebiendo y, en ocasiones, escribo; sólo he recibido 3 atentados: Preparo mi sexta copa, cuando timbran mi puerta.

Recojo mi escopeta recortada y, por el ojo mágico, observo una figura enana y deforme; al abrir cautelosamente, descubro a una niña de seis años con su indispensable muñeca degollada bajo el brazo. La niña me sonríe y dice: “señor: ¿no tiene niños que jueguen conmigo?”.

José Manuel Valenzuela Arce
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 358

El mito de los ocho

103-104 top
Juan Carlos, Fernando, Ursicino, José Luis, Patricio, Margarito, Mustafá y Samuel Guillermo, nacieron por equivocación, tal cual reza el manuscrito que dejaron las viejas brujas del Dvórvoda (Jessica, Desdémona y Bloody). Hay quienes afirman que perecieron en la nieve, otros dicen que trafican ganado en la estepa siberiana, y hasta existen algunos que no descartan la posibilidad de haberlos visto en alta mar cazando cachalatos. Si de vejez no perecieron, valientes y eróticos jóvenes habrán sido. Posiblemente eternos. De pociones mágicas equivocadas, andarán sembrando el gen de la potencia, cambiando la faz del mundo con una infinidad de rasgos diferentes, naciendo y muriendo a plano sol en la pampa o a mil metros de profundidad en el Océano Atlántico, o volando helicópteros más allá de las nubes. Dicen que arribaron a Buenos Aires a mediados de algún agosto, a presenciar el exterminio de ancianos. Dicen también que Margarito violó una monja y José Luis se dio a la bebida. Mil cosas se comentan y todas improbables. Hay quienes sostienen que son ocho enanos eructadores y simpáticos. Otros hablan de gigantes equilibristas. Se les describe como mercenarios, como hermafroditas o como sementales. Se los hace desembarcar en liberpool, organizar un festival pop en Australia, atentar contra la vida del Papa, vender tonteras en una calle de Honk-Kong, y al mismo tiempo morir en un campo de concentración chileno a fines de 1973. Toda biografía que se haga de ellos, por fuerza es relativo y roza lo mitológico

Rogelio Ramos Signes
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 338

Monstruo en China

103-104 top
Pekín, China tiene su propio “Monstruo del Lago Ness”. Esta vez atisbando en Lago Karas, al noroeste del país, según informó hoy la agencia oficial Xinhua. El monstruo, que fue avistado por primera vez por pastores mongoles y kazakos, cuando se disponía a devorar un caballo, vive en el remoto Lago Karas, de 40 kilómetros cuadrados de extensión y ubicado en las montañas Altai, cerca de la frontera noroccidental con la Unión Soviética.

Agencia EFE
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 351