Irrupción de la sabana

103-104 top
Un león ataca a un rebaño de antílopes y mata a uno de ellos. Los antílopes huyen a gran velocidad. Sin dejar de correr, solicitan mi protección y mi consejo. Yo les abro la puerta del balcón los dejo agolparse en el living comedor, estremecidos, con sus largos cuernos vibrando como antenas. Con su estiércol abono los canteros, sus cuernos me sirven para ovillar madejas. Pero la puerta del balcón sigue entreabierta y sé que un día penetrará por ella el enemigo: un león (otro o el mismo), una epidemia, un inspector municipal.

Ana María Shúa
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 389

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Inconfesable

Para Luis

A las seis en punto cada tarde, piensas en las vírgenes dispuestas, las casadas ofendidas y las viudas deseosas que te buscan. Recuerdas con detalle las danzas de siete velos y las noches desveladas de las que los hombres te hablan. Llevas en la memoria las cabalgatas de amor y los sueños perversos que las feas y las hermosas te cuentan al oído día con día. Y te preguntas por qué tú, precisamente tú, tienes que saber tanto de líquidos recién paridos y de aromas secretos, cuando después de la misa de cinco y media, dejas en la sacristía tu casulla morada.

Ana María Carrillo
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 388

…Ya de esto hace casi tres meses

—Transportes Regionales del Norte, diga usted…

—Necesito un flete fuera de la ciudad.

—¿A dónde hay que ir a recogerlo?

—Plinio 311, entre Cicerone y Horacio, Polanco.

—¿A dónde se va a llevar?

—A San Luis Potosí; avenida Cuauhtémoc 210.

—¿Qué es lo que se va a llevar?

—Un hoyo más o menos grande; como de dos por tres por dos cincuenta metros de altura.

—¿Cuánto pesa más o menos?

—Muy poco, casi nada, es nomás un hoyo.

—De todos modos, le mandaré un camión grande… Es por volumen.

—¿Cuánto me va a costar?

—Le cobraremos veinte mil pesos.

—De acuerdo. ¿Pueden recogerlo mañana a las ocho de la mañana?

—Sí, allá estaremos.

El camión llegó puntual. El chofer y los macheteros cargaron el hoyo con cuidado y sin mayor dificultad.

—¿No lo amarran? —pregunté.

—No, no es necesario; cabe casi exacto en la caja.

—¿Pero no se resbalará en la subida?

—No, va detenido con la redila de atrás.

El viaje empezó bien. Yo le temía a la calle empinada de a la vuelta y fui hasta la esquina. Sucedió lo que sospechaba: al ir subiendo por la calle empedrada, el camión se zangoloteó mucho y en una de esas, el hoyo rompió la redila y se salió por la parte de atrás.

No fue eso todo lo malo, sino que para volver a cargarlo, el camión se echó de reversa, y como el piso estaba mojado, patinó y se cayó en el hoyo.

Y ahí empezó de verdad el problema, porque debiendo de ser yo el que reclamara, la compañía me echó la culpa; que porque la carga era peligrosa; y fuimos a dar a la Delegación donde se armó un lío.
Total, que el Juez nos puso a cada quién una multa: a ellos por causar tanto trastorno en la vía pública y a mí porque el hoyo quedó ahí a media calle. Y ahora, como no hay presupuesto para nada, pues ahí está el camión tirado dentro del hoyo.
… Ya de esto hace casi tres meses.

Miguel Cházaro G.
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 387

Salmónidos

Es universalmente reconocido que los salmones concurren a desovar al lugar donde nacieron. Para ello recorren enormes distancias en el mar y luego remontan el río hasta la naciente. Allí depositan sus huevos, en el mismo sitio donde sus padres depositaron los suyos; y también sus abuelos. Me gusta pensar que hay un único lugar en el mundo, bajo las aguas de un río que no conozco, hacia donde concurren todos los salmones de la tierra en la época de la procreación. Allí, Dios depositó el huevo del primer salmón.

Raúl A. Brasca
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 384

Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia Antillón

(Guanajuato, Guanajuato, México, 22 de enero de 1928 – Mejorada del Campo, Comunidad de Madrid, 27 de noviembre de 1983)

 

Jorge Ibargüengoitia fue ante todo un literato con alto sentido crítico. El humor de sus cuentos, sus novelas, sus obras teatrales y sus artículos periodísticos es de un sarcasmo fino y salvaje.

La manera como utilizaba su ágil prosa para diseccionar y destazar, para ridiculizar y poner en evidencia a sus personajes —muchos de ellos personajes del poder político y económico, ya fuese a nivel nacional o en el microcosmos de la provincia mexicana— era su fórmula para dinamitar la historia y la realidad oficiales, para hacer trizas el mito de las instituciones y del desarrollo estabilizador, en una época en la cual el PRI era el partido hegemónico en México.

Su madre enviudó poco tiempo después de casada y el pequeño Jorge creció entre mujeres —su mamá, sus tías— cuyos deseos fueron que se hiciera ingeniero. Entró a la Facultad de Ingeniería de la UNAM, pero la dejó faltándole dos años para terminar la carrera. A este respecto escribió: «Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. […] Faltándome dos años para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión […] Más tarde se acostumbraron».1 Se inscribió entonces en Filosofía y Letras porque quería ser dramaturgo y tomó la clase de Teoría y Composición Dramática que daba Rodolfo Usigli. Al recibirse se hizo docente y ocupó el cargo de Usigli, a quien nombraron embajador.

En 1962, publicó la obra El atentado, con la cual ganó el Premio Casa de las Américas, y a partir de allí, paradójicamente, decidió hacerse novelista. Los relámpagos de agosto (1964) fue su primera novela y la que lo llevó a comprender que había elegido su camino. Se trata de una farsa feroz acerca de la última fase de la Revolución mexicana y de la conformación de la clase político-militar mexicana. En Los relámpagos de agosto se observa ya el Jorge Ibargüengoitia gran satírico. También escribió cuentos, lo cual derivaría en su aclamado libro La ley de Herodes de 1967.

Vendrían en adelante otras obras importantes: las novelas Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y Los pasos de López (1982) —las últimas cuatro forman parte de lo que podríamos llamar las novelas del “Plan de Abajo”, por desarrollarse, aunque en diferentes épocas, dentro de la geografía de esa ficticia entidad federativa tan parecida a Guanajuato— y los volúmenes recopilatorios de sus artículos publicados básicamente en Excélsior y Vuelta. De entre estos destacan Viajes a la América ignota (1972), Sálvese quien pueda (1975), Autopsias rápidas (1988) e Instrucciones para vivir en México (1990).

A Ibargüengoitia no le gustaba que lo consideraran un simple humorista ya que se trataba de un escritor serio y riguroso, ordenado y meticuloso. Su personalidad también fue seria, aunque con sus amistades más íntimas se relajaba.

El escritor decidió irse a vivir a París junto con su esposa, la pintora inglesa Joy Laville — quien ilustró las portadas de todos los libros que publicó en la editorial Joaquín Mortiz— y en la capital francesa se dedicó a trabajar de manera muy intensa en la que sería su séptima novela, situada según se sabe en la época de Maximiliano I y Carlota de México. Por eso, cuando le llegó la invitación para un encuentro de escritores en Bogotá, se mostró reacio a asistir. A último momento decidió hacerlo y abordó el Vuelo 11 de Avianca, en un Boeing 747 que se estrelló cerca del Aeropuerto de Madrid-Barajas, el 27 de noviembre de 1983. Llevaba consigo el borrador de una novela en preparación, el cual se consumió con él. En el mismo vuelo viajaban el poeta y novelista peruano Manuel Scorza, el matrimonio formado por el crítico literario uruguayo Ángel Rama y la crítica de arte argentino-colombiana Marta Traba y la pianista catalana Rosa Sabater.

Sus restos descansan en el parque Antillón, en Guanajuato, bajo una placa de cerámica tipo talavera que reza: «Aquí yace Jorge Ibargüengoitia, en el parque de su bisabuelo, que luchó contra los franceses.»

El Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato otorga anualmente el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia.

En 2000 se abrió al público, tras tres años de gestiones ciudadanas, la primera biblioteca pública (de la Red Nacional que coordina el Conaculta) con el nombre de Jorge Ibargüengoitia, en San Bartolomé, Guanajuato[1].